5- Marina

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El chico moreno que vivía en el tercero derecha acababa de tirar un periódico contra la puerta del balcón. En las dos últimas semanas, Marina había visto cómo el vecino decaía paulatinamente. Su aspecto era cada vez más desmarañado e, incluso desde el otro extremo de la calle, se le veían las ojeras.

Estaba pensando en cómo el confinamiento se cebaba en las relaciones cuando captó un movimiento en el tercero izquierda. ¡Vaya! Parecía que al final sí que había alguien en el piso a pesar de todo. De entre las cortinas grisáceas que ocultaban el interior, Marina vio salir una mano. Los dedos intentaron llegar al pomo de la puerta que daba al balcón y resbalaron por el cristal antes de llegar al suelo. Ante la ausencia total de movimiento de aquella mano, empezó a sospechar que algo iba mal. Entró a buscar unos prismáticos con los que enfocar la ventana del tercero izquierda, por si acaso la distancia le estaba jugando una mala pasada, pero no, allí estaba, una mano en el cristal a una altura de unos cincuenta centímetros del piso. Inmóvil.

—Mierda —susurró.

El chico flacucho salió al balcón y Marina vio los cielos abiertos.

—¡Hola! —gritó.

Él miró los prismáticos con algo de desconfianza.

—Hola.

—Oye, perdona que te dé la lata, pero ¿conoces a tu vecino del tercero izquierda?

—¿Por?

—Verás... creo que la persona que vive ahí... tiene problemas.

El muchacho levantó la cabeza hacia el balcón del tercero izquierda.

—¿Qué tipo de problemas? —preguntó.

—Bueno... lleva unos diez minutos en el suelo. Solo le veo la mano. Pero no se mueve.

—¡Vaya! ¡Mierda! ¿En serio? Deja que... ¡Espera!

Marina lo vio entrar de nuevo en su piso y cómo la luz de la escalera se encendía en el ventanuco entre los balcones. Pasaron unos minutos antes de que apareciera de nuevo.

—¡No contesta a la puerta! ¿Has llamado a alguien? ¿Una ambulancia?

—No.

—Bien, yo lo hago. A lo mejor se ha caído dentro. Ahí vive Matilde.

—Pensaba que no vivía nadie porque nunca hay luz.

Él ya no la escuchaba. Se dirigió al interior de la casa como una exhalación y volvió a salir al balcón hablando por teléfono.

—No sé si respira — decía—. No puedo entrar en la casa. La vecina de enfrente dice que no se mueve. Sí... no sé... unos ochenta años o así. Es que solo soy su vecino, no sé nada de su estado de salud. Vale, bien.

—¿Qué te ha dicho?

—Viene una ambulancia para acá. Y los bomberos. Y la policía.

—¿Los bomberos? ¿La policía?

Madre del amor hermoso, la que había montado.

—Es que no podemos entrar en el piso.

—¿No hay nadie que tenga una llave?

—Que yo sepa, no. No tiene hijos, solo una sobrina pero vive en Toledo.

La puerta del balcón del tercero derecha se abrió y el hombre moreno se agachó a recoger el periódico que había lanzado antes.

—¡Enrique! — El chico flacucho le hizo señas— ¡Enrique!

—¿Qué tal, Javi?

—Enrique, ¿puedes intentar saltar al balcón de Matilde?

—¡Al balcón de Matilde! ¿Estás loco?

—Esta chica de enfrente... perdona, no sé tu nombre...

—Marina.

—Marina dice que Matilde está caída en el suelo de su casa.

—Espera, a ver si veo algo. Sí. Dios mío. Se ve su mano en el suelo. ¡Miguel! ¡Miguel! Trae algo para romper un cristal.

El otro hombre de la pareja salió al balcón confuso.

—¿Qué dices, Quique?

—¡Corre! ¡Matilde está en el suelo de su casa y no se mueve! Voy a intentar saltar a su balcón.

Miguel titubeó.

—Hay tres pisos de altura, cariño —dijo—. Puedes matarte.

—Vienen para acá los bomberos —les gritó Marina.

—¿Y no hacemos nada mientras? —preguntó Javi. Se movía por su balcón como un león enjaulado.

—Creo que va a ser mejor que esperemos —aseveró Miguel.

A Marina le pareció algo trágico el silencio con el que los cuatro aguardaron a que la ayuda llegara. Matilde Hernández de la Rosa, natural de Galicia, viuda sin hijos, fue declarada oficialmente muerta una hora después. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora