Las pisadas de mis botas resonaban en el pavimento frente al imponente palacio, la mayoría de los aldeanos habían salido de sus moradas al verme llegar, con la cabeza erguida y con una voluntad que hasta a mí me sorprendía.

Las puertas se abrieron dándonos la bienvenida, tras ella se encuentran los ancianos Traint, Sad, Krull y Kirim, vestidos tan elegantemente como la primera vez que los vi.

–Has vuelto princesa —hablo Krull con voz rasposa.

Mire a Anthony que está a mi lado, dándome el apoyo que necesito en estos momentos.

—He decidido volver no por ustedes, si no por todos aquellos que creen en mí.

Los ancianos se miraron entre sí.

—Pasemos al gran salón —terció Sad.

Anthony entró primero, mis pasos fueron lentos al andar tras ellos, al llegar a las escaleras vi a mi padre acercarse a nosotros con brillo en los ojos.

No dijo nada pero en cambio me envolvió en sus brazos, aunque él me había mentido, ocultado detalles tan importantes de mi vida no lo culpó, el dejó muchas cosas por mi y sigue siendo mi padre después de todo, lo quiero con mi vida.

Correspondí su abrazo, demostrándole lo cuanto que le extrañe.

—Es tan bueno verte hija —hablo mi padre con emoción impregnada en la voz—, pensé que ya no te volvería a ver.

—Eso nunca papá—respondí—, perdón por desaparecer.

El simplemente me miro y volvió a enrollarme en sus brazos.

—No tienes porque disculparte.

—Muy bien, esto es muy emotivo. Reencuentro de padre e hija, muy bonito pero les recuerdo que tenemos una guerra que planear —inquirió Traint, con fastidio palpable en la voz.

Lo mire de soslayo, maldiciéndolo en mi mente.

Mi padre codeó a Traint quien lo miró aun con fastidio.

Seguimos nuestro camino hasta el gran salón, era el único lugar junto a mi habitación que había visitado de Alfheim.

Como la primera vez que los había visto, Traint, Sad, Krull y Kirim se sentaron en sus respectivos asientos.

En el salón, parecían tenebrosos dictadores poseedores de una riqueza incalculable. Tome asiento junto a Anthony y mi padre en unos asientos frente a ellos.

— ¿Estás segura de esto? —hablo Krull, quien parecía el más amble entre ellos.

Esgarre y lo enfrente.

—Sí, no les queda de otra.

Krull atisbó a sonreír pero lo reprimió.

—Pues no —dijo —, pero necesitamos que estés dispuesta, esto no es para nada un juego de niños.

—Lo sé y no soy una niña —respondí a punto de un colapso nervioso.

Se quedaron callados y eso me puso aun más nerviosa.

Mire a Anthony quien miraba sus manos como si fueran la atracción mas fenomenal que sus ojos hayan visto.

—Desde hoy tendrás que venir aquí todos los días a la hora que te diga Altief, el será el encargado de tu entrenamiento.

Mire a Anthony y el asintió, dándome confianza.

— ¿Y si no soy capaz de matar a nadie? —digo con terror en la voz, la sola idea me da vértigo.

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