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1. El comienzo del desastre

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NADIA

-No me gustas, pero aparentemente no tengo otra opción que salir a la calle siendo igual a vos. Ojala tuviese la posibilidad de cambiarte, de hacerte desaparecer para siempre.

La chica que ya no es una chica, sino más bien una mujer en formación, me mira con expresión sombría desde el reflejo del espejo de mi habitación. No puedo evitarlo, pero detesto todo de ella. Odio la forma en la que su cabello cae liso y sin vida sobre sus hombros. Odio sus kilos de más y sus muchas curvas.

Suspiro pesadamente mientras imagino lo bien que me sentiría si la chica del espejo y yo no nos pareciéramos tanto. Pero lamentablemente, esta es mi realidad. Soy la chica sosa y aburrida, "la gorda" como me llaman todos, la que puede gustarle solamente a hombres tan despreciables como Juan, mi ex, que me engaño con una cantante de rock que puede entrar sin dificultad dos veces en uno de mis jeans.

-¡Nadia! Una cucaracha! Tu casa tiene cucarachas!

El grito de espanto de mi hermana me obliga a abandonar mi ritual matutino de auto desprecio con el espejo y camino con toda la calma que me es posible hasta la cocina, donde veo a Mayte parada sobre una silla y con una mano puesta dramáticamente sobre su corazón.

-Sí, hay cucarachas, pero no te preocupes, no comen vegetarianas.

-¿Como podes vivir con cucarachas? Son asquerosas! - chilla, olvidándose por completo de que son las siete de la mañana y que odio profundamente el ruido cuando recién me levanto.

-Para empezar, saca los pies de esa silla y ponelos en el suelo, porque de verdad te digo, no van a comerte porque además de no comer vegetarianas, no les gustan las histéricas. Segundo, están acá porque a pesar de que hice de todo para terminar con ellas, parecen ser muy persuasivas en su intención de hacerme compañía. Así que dejá a los bichitos en paz, que están escondidos y solamente aparecen a la mañana, y vamos a desayunar.

-¿Estas segura de que no me van a hacer nada?

-Sinceramente no puedo creer que tengas 23 años.

-Que tenga 23 años no significa que tenga que amar a las cucarachas.

Niego con la cabeza dejando escapar una sutil sonrisita por las actitudes de mi hermana y vuelvo a meterme en mi habitación dispuesta a cambiarme para irme a trabajar, dejando arriesgadamente el desayuno en manos de Mayte.

No es que no me gusten los colores, pero vistiendo mayormente de negro puedo disimular un poco los kilos que tengo encima sin mi propio consentimiento. Me pongo un Jean azul oscuro y un sweater negro con cuello alto, porque que sea el primer día de clases después de las vacaciones de invierno significa que hace un frío insoportable.

Como es un día especial en la escuela rural donde trabajo hace tres años como asistente social, me pongo las botas marrones con tachitas color bronce que me compre con el aguinaldo del mes pasado.

Estuve esperando por este día mucho tiempo. Amo lo que estudié, y soy asistente social de corazón. En la escuelita rural donde me asignaron después de recibir mi título, hay muchos chicos que necesitan ayuda y todo el mundo hace oídos sordos a sus necesidades. Hago lo que puedo, pero es muy difícil mejorar su educación cuando todo el mundo tiene olvidada a esa porción de tierra donde 25 chicos del campo tienen la oportunidad de aprender, de formarse, y como si fuera poco de tener un almuerzo y una merienda medianamente decente. Hoy, después de muchísimo tiempo de abandono, la escuela va a tener nuevamente un padrino que pueda ayudar a su mejoría. Me hace mucha ilusión que por fin mi trabajo reciba una mano amiga para los chicos. Vengo escuchando rumores del sujeto que se ofreció a apadrinar la institución, pero no hay nada oficial. Nadie sabe su nombre, lo único que está confirmado es que es dueño de una empresa muy importante con sucursales en todo el país y que tiene mucho dinero, dinero que en una mínima proporción, podría hacerle muy bien a la escuela.

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