• Durante aquel caótico instante cuando mi vida estaba tendida sobre el delgado filamento de la muerte, logré captar con total nitidez la voz apesadumbrada de Jane que aún me mantenía prisionera en su abrazo protector y del cual pude sentir los temblores toscos que invadieron sus extremidades superiores.
La tenue transpiración que brotó de sus poros cutáneos empapó mis cabellos, las cuales danzaban al compás del acérrimo torbellino que destruyó gran parte de la casa.

— Hija mía...— susurró con dificultad.

Yo aún tenía los párpados fuertemente cerrados, tratando de custodiar mis retinas perturbadas por el temor a desfallecer.

— ¿Qué ocurre, mamá?— respondí cuando coloqué mi oído sobre su pecho para oír los latidos desbocados de su corazón.

Ella sólo dirigió la cabeza con dirección a mi nariz, mientras dejó escapar un largo y doloroso respiro.

— Tengo miedo a perderte— dijo sumamente acongojada, cuando una invasión de vaho emergió junto con su aliento.

Esquivé la mirada rumbo a su rostro sudoroso. Entretanto remojé mis labios quebradizos a causa de la deshidratación que padecía.

— Mamá, lamento tanto haberte maltratado. Mi enfermedad a veces me obliga a actuar de forma agresiva e inconsciente, pero ten por seguro que en todo este tiempo aprendí a amarte y a valorar tu cariño hacia mí— dije, abrazándola.

En mis adentros no existía ninguna esperanza viviente, ni siquiera una flama efímera de ilusión, pues todos mis sueños y sentimientos habían sido arrebatados por la perversidad de Slenderman que impidió a toda costa continuar luchando por la vida.

— Nunca te des por vencida, mi niña — me dijo Jane — No permitas que un error te desmorone. Recuerda que Jesucristo fue cruelmente azotado antes de ser crucificado, pero Él nunca perdió la fe en Dios y continuó su camino hasta volverse un héroe, salvador del universo —  añadió. Entretanto, limpió las lágrimas que inundaron mis mejillas.

Cerré los ojos intentando ordenar mis pensamientos.
Seré honesta, admito que en lo profundo de mi corazón aún yacía indestructible aquel romance enfermizo. Era inevitable callar mi corazón que gritaba a los cuatro vientos su nombre. Sin lugar a dudas, estaba desquiciadamente enamorada.

— Mamá, debo confesarte algo que tengo guardado aquí dentro y siento que lo debo liberar o de lo contrario me hará añicos el alma — dije apuntando el dedo índice contra mi pecho.

Jane indagó mi rostro con ojos curiosos, a la par que afinó la garganta para proclamar:

— Te escucho, mi niña.

Respiré hondo, encorvé los hombros y me armé de coraje, pues era el momento indicado para confesar este amor desgraciado que no terminaría hasta la muerte.

— ¡Todo es culpa mía!. Moriremos por causa del amor enfermizo que tengo hacia Jeffrey!. ¡Soy una niña idiota que se enamoró del chico equivocado!. Lo único que deseo es desaparecer de este maldito mundo donde nadie comprende mis emociones, mi comportamiento y mi corazón! — vociferé atormentada por los remordimientos, mientras azoté el puño contra el suelo.

Las lágrimas no tardaron un segundo en deslizarse a través de mis mejillas, haciendo que se fusionara con el grumo de sangre en mi piel.
No existía palabra alguna para describir aquella insondable tristeza que embargó mis sentimientos, producto de la trágica y peligrosa obsesión que sentía hacia Jeffrey.

— He intentado suicidarme varias veces, pero nunca logré mi objetivo. Ahora tengo la certeza de que Dios es verdadero, pues ha oído mis ruegos de muerte —  añadí. Entretanto, la hemorragia debilitó mi cuerpo, causando una avalancha de mareo incontrolable.

Instantáneamente, Jane presionó mi pómulo con su siniestra, procurando alinear sus pupilas contra las mías. Ella se encontraba realmente preocupada por mi salud mental, pues a pesar de todo, era Yo una loca esquizofrénica que vivía gracias a grandes dosis de pastillas antipsicóticas.

— Niña mía, no digas más esas palabras tan dolorosas. ¡Tú no eres culpable de nada!. Tienes un alma inocente condenada por un amor trágico e intransigente.

Con la poca energía que me restaba, coloqué la palma de mi mano contra su boca, intentando hacerla callar.

— ¿Qué sabes tú de un mundo interno que no logras ver?. ¿Cómo puedes tú saber?. No tienes idea de lo que siento, es como un fuego sofocante que incinera cada parte de mis entrañas. Eso es amor, porque duele con tan sólo pensar en su nombre — finalicé rompiendo con tantos recuerdos perdidos.

La delicada mano de Jane recogió el mechón de pelo que cayó sobre mis párpados superiores. Entretanto agitó sus manos contra mi hombro.

— Perdón mi niña. Te acompaño en tu aflicción. Yo también fui joven y me enamoré. Muchas veces cometí graves errores en nombre del amor. Aquel sentimiento tan hermoso, lleno de pureza y grandes sacrificios — sus palabras se oían dulces y verdaderas — Hija mía, ¿me dejarías darte un consejo?.

Mis ojos se incrustaron a los suyos para luego asentir con un leve respiro.

— Amar no es pecado y si te has enamorado, ¿qué importa lo que piense el mundo?. Aquí sólo es válido tu felicidad.

Jeff, mi peor pesadilla©¡Lee esta historia GRATIS!