4.- Enrique

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Enrique cerró el periódico con un gesto de desidia y observó a Miguel, que corregía en la chaise longue armado de bolígrafo rojo. Miguel, siempre tan concentrado en su trabajo, siempre tan perfecto. Luego se vio a sí mismo reflejado en el espejo del salón y estuvo a punto de echarse a llorar. Llevaba una camisa blanca que, sentado como estaba, le marcaba los michelines. Había visto a Brad Pitt con una similar en un ejemplar de las revistas de famosos que leía su madre y se la compró. ¿En qué momento se le ocurrió pensar que él y Brad Pitt tenían algo en común? Además, desde que lo echaran del trabajo, había engordado.

Tenía mucho que ver su actitud. Antes, cuando trabajaba como periodista para Vogue, cuidaba su alimentación y una de las cosas que le encantaba hacer con Miguel los fines de semana era acercarse al mercado de San Mateo y pasearse por el lugar como si estuviera en una tienda de lujo de productos de diseñador a mitad de precio. Probaba las ostras, olisqueaba los quesos, acariciaba los paquetes de pasta con trufa y llenaba una cesta de verduras frescas y aceite de oliva virgen en botellas de cristal verdoso que se llevaban a casa para las cenas. Ahora pasaba de todo. Solo le pedía a la comida que le llenara aquel vacío en la boca del estómago.

Pasaba también de arrastrarse para mendigar uno de esos estúpidos trabajos en los que no le pagaban más que a un becario después de tantos años en la cresta de la ola. Pasaba de presentarse a una ridícula entrevista y perder media hora hablando con un extraño que lo juzgara. Él solo quería volver a trabajar en moda; era lo que siempre había querido hacer y, mientras contó con la seguridad de que Vogue ingresaba dinero en su cuenta todos los meses, se sintió el hombre más especial del mundo. Llegó a convencerse de que lo era y de que Miguel tenía suerte por estar con él. Pero ahora se había quedado sin trabajo y sin un céntimo y su pareja corría desde hacía meses con los gastos. Sintió un ramalazo de rencor por ello, para Miguel las cosas eran más fáciles. Se apretó con los dedos el puente de la nariz. «No eres especial». Durante su infancia había escuchado hasta la saciedad expresiones en ese sentido: «Quién te has creído que eres, maricona», «Que no se te suban a la cabeza las notas, niño mierda, que no vales nada». Lo había aguantado hasta los dieciocho años. Entonces, hizo las maletas y se largó a Madrid; escapó del pueblucho mediocre que lo vio nacer y dejó atrás su vida pequeña, vulgar y miserable para ser periodista. Hasta que la vida pequeña, vulgar y miserable lo había alcanzado de nuevo.

Con la mierda del confinamiento, las oportunidades de conseguir un nuevo trabajo se habían reducido a cenizas. Además, como si el tiempo hubiera decidido adaptarse a su humor, estaba diluviando a mares.

—Quique —la voz de Miguel le llegó como si estuviera a años luz de allí— ¡Quique!

— ¿Sí? ¿Qué pasa?

—¿Estás bien? Llevas un rato con la mirada perdida en el infinito.

— Estoy perfectamente.

Miguel suspiró y se pasó la mano por la cara.

—No, no es verdad. Sé que no estás bien. Tal vez si habláramos...

—¿De qué quieres hablar, Miguel? Yo no tengo la culpa de que las cosas hayan salido así y tengas que cargar con todas las facturas tú solo.

—¿Qué dices? ¿Es eso lo que te preocupa? Lo mío es tuyo, cariño, ya lo sabes.

Enrique asintió a la defensiva.

—¡Perfecto! Entonces tengo tiempo de sobra de conseguir un trabajo y solucionar mi vida. Tanto da que ahora no se busquen periodistas de moda porque el mundo está parado por un virus.

Miguel frunció el entrecejo.

—Hace semanas que te digo que deberías espabilar, desde mucho antes de que esto pasara. Podías haber salido a hacer entrevistas, tocar todos tus contactos que son muchos, pero en vez de eso hiciste lo de siempre.

—¿Lo de siempre?

—Meter la cabeza en la arena y lamerte las heridas.

—Sí, claro, señor editor, para ti es muy fácil. Tu puesto en la editorial es fijo, no tienes que preocuparte. Pero, ¿qué tengo yo? Nada. Estoy perdiendo incluso el cuerpo. Y cuando te canses de mí y te líes con un pelirrojo cualquiera, ¿qué será de mí?

Miguel soltó una carcajada.

—Nunca te dejaré por ningún pelirrojo, por muy bueno que esté. No sabes de lo que eres capaz porque no lo intentas, amor. No crees en ti lo suficiente. Tuviste suerte al terminar la carrera y conseguir tu empleo soñado, pero ahora tienes que descubrir qué otras cosas puedes hacer en la vida.

—Crees que soy un fracaso.

—No, Quique, no creo que seas un fracaso. Creo que eres una persona muy valiosa. Ojalá lo creyeras tú también.

Miguel se levantó, le dio un beso y salió de la habitación. Enrique se quedó unos segundos como si le hubieran dado un golpe en vez de besarlo. Entonces, agarró el periódico que aún tenía en la mano y lo tiró contra la puerta del balcón. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora