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Aquel día había salido tarde del estudio y todavía tenía una cita con un cliente más. Iba apurada hacia el coche, buscando las llaves casi con desesperación. ¡No podían empaquetarle a ella tantísimo trabajo! Pero era la becaria y aparte de llevar cafés también le encomendaban muchos trabajos más. Por un lado no estaba mal, le encantaba su trabajo y estaba muy ilusionada con la oportunidad que le habían dado pero era demasiado, solo tenía dos manos y un cerebro y no daban abasto con todo lo que tenía.

Seguía revolviendo el bolso –casi maleta- donde llevaba la cámara digital, otra cámara analógica y un par de carretes. Después de haberse pasado toda la tarde haciéndole fotos a una niña de comunión ahora tenía una sesión de fotos con... ¿cómo se llamaba el tipo? El encargo había sido un poco raro, al parecer se había empeñado en que tenía que ser ella la que le hiciese un par de fotos a su… ¿mansión había dicho? Raro, muy raro todo.

Eran las ocho y veinte y tenía que estar en la dirección del ricachón a las ocho. Sí, a las ocho. Gruñó enfurecida cuando por fin encontró la pequeña llave de su viejo coche suspiró aliviada cuando encendió a la primera. Aquello tampoco era algo que pasase todos los días. Condujo hacia la dirección que le habían dado escrita en un post-it amarillo que ya estaba un poco arrugado, todavía con el pensamiento rondando su cabeza de que aquello era todo demasiado extraño; pero era viernes por la tarde y tenía ganas de acabar con aquello y darse un buen y merecido fin de semana de descanso. Estuvo tentada de llamar por teléfono al señor –del que todavía no recordaba su nombre ¿se lo habrían dicho en realidad?- y decirle que no podía hacer hoy el trabajo pero por alguna extraña razón no encontró el coraje y marcar el número.

La suerte parecía estar un poco de su parte y pilló todos los semáforos en verde que se encontraba en su camino y no tardó más de quince minutos en llegar a su destino. Se quedó asombrada de lo que veía mientras subía por el camino empedrado que llevaba a la casa. La verja de la casa estaba abierta, por lo que pudo subir con el coche por la serpenteante calzada, rodeada de cuidados setos cortados con diferentes formas, como en las películas. Se sintió un poco acongojada, débil y hasta un poco inferior al ver todo aquello y más todavía al versesubida en aquel viejo coche de segunda mano. Al parecer el hombre quería vender la casa y quería un pequeño reportaje fotográfico sobre el interior y los exteriores de la casa. Que bien se lo montaban estos ricachones.

Finalmente, llegó hasta la entrada de la casa, donde unas enormes columnas blancas flanqueaban la entrada de la misma, como las casas coloniales americanas. Aparcó justo delante y se bajó con rapidez del coche, cogiendo su bolso en un abrir y cerrar de ojos y subiendo la escalinata que llevaba a la puerta de dos en dos escalones. Llegaba 45 minutos tarde y eso no estaba nada bien y tampoco podía echarle la culpa a sus jefes, así que, estaba un poco jodida. Tocó el timbre con una mano temblorosa y escucho un profundo din-don que parecía extenderse por toda la casa, vibrando entre las paredes. La puerta no tardó en abrirse más de diez segundos y tomo aire con fuerza, esperando enfrentarse a una bronca y a una posible pérdida del trabajo debido a su tardanza.

La puerta se abrió dejando ver bajo el umbral de ésta a un chico de mediana edad, poco más mayor que ella, con una altura que debía rondar el metro noventa y con un traje que se ceñía demasiado a su cuerpo, como si no fuese de su talla, haciendo que los músculos se marcasen bajo la camisa blanca. También le sorprendió el hecho de ver asomar un par de tatuajes por debajo del cuello de aquella prenda y algo en su mente le dijo que aquello no encajaba, que aquello no era de fiar y que era una mala idea haber ido se iba amoldando entre sus pensamientos. El chico la miraba con una sonrisa dulce, con la cabeza un poco ladeada y mirándola directamente a los ojos y fue en aquel momento cuando aquellos ojos azules claros como una mañana despejada la atravesaron por primera vez. Se quedó un poco prendida –un poco bastante- manteniendo también la mirada sin saber muy bien como lo estaba consiguiendo. Fue entonces cuando el chico se rio con suavidad y al hacerlo un par de pelos que llevaba echados hacia atrás, a modo de un despeinado tupé le cayeron sobre los ojos y solo entonces fue capaz de desviar la mirada. Pero no muy lejos, porque se quedó mirándolo, a él entero, alucinada. ¿De dónde había salido aquel tío y por qué estaba tan tremendamente bueno? Por todos los dioses. ¿Y había querido que ella y solo  ella realizase las fotos de su casa? Hubiese estado mucho mejor que hubiese querido una sesión de todos en lencería –pensó la chica y se le escapó una pequeña sonrisa.

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