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En el salón estábamos mi hermano y yo. Mientras él hacía los trabajos de la universidad yo me mantenía ocupada limpiando una figura metálica de mi hermano. Era un águila imperial sujetando un tridente entre sus garras, y como fondo tenía un ancla dorada. Era la insignia de un grupo de élite que mi hermano admiraba mucho.

Levanté un momento la mirada para observarle mientras él mordisqueaba un lapicero intentando averiguar el resultado de un ejercicio.

Yo nunca había ido al colegio. Mis padres no me lo permitían. Sin embargo, mi necesidad de saber y aprender me llevó a hacerlo por mí misma.

—Ciento veinticinco mil con trescientos dos. —Dije, indiferente.

Marcos me miró con el ceño fruncido.

— ¿Cómo has podido hacer la multiplicación más rápido que yo?

Me encogí de hombros.

—Vale, no contestes. —Me respondió mi hermano con una sonrisa.

Marcos tenía quince años más que yo. Con veintitrés años no tuvo más remedio que velar por mí ya que nadie más lo hacía. Se pasaba horas planificando fugas para marcharnos de aquel infierno que nos había tocado vivir. Su valentía y preparación física eran su baza más importante cuando tenía que pelearse con mi padre. Aunque no siempre conseguía ganar.

Mi hermano tenía el pelo negro azabache como yo, suave y fino. Sus ojos eran marrón oscuro que heredó de Joseph. Siempre envidió la falta de color en los míos. Decía que la extraña transparencia de mis ojos reflejaba mi corazón.

Marcos me acercó el cuaderno de forma cómica para que le ayudara con los ejercicios. Pero no pude hacerlo. Me quedé petrificada cuando Joseph apareció en el salón con un gesto frío en el rostro.

Marcos siguió mi movimiento y miró a Joseph. Mi hermano apretó los puños hasta coger un tono blanquecino. Los dos sabíamos que cuando Joseph tenía ese gesto significaba que nos debíamos preparar para una posible pelea.

— ¿Qué quieres ahora? —preguntó mi hermano con un gesto de enfado.

— ¿Quién ha tocado mis armas?

Durante unos segundos Marcos le miró con el rostro contraído.

— ¿Para qué íbamos a querer tocar tus armas?

El tono con el que habló mi hermano inició la discusión que yo no quería que diera a lugar. Me mantuve callada y esperé que mi hermano hiciese lo mismo.

—Yo no he sido. Y ella tampoco porque lleva toda la tarde conmigo —su rostro se relajó relativamente y bajó la mirada hacia sus ejercicios—. Así que ve a buscar otro culpable y déjanos en paz.

Su semblante pasivo no me engañó. Delataba unas ganas enormes de provocarle. No obstante, él sabía que debía callar porque normalmente era Joseph quien ganaba las contiendas. Sin embargo, su carácter orgulloso le pudo y continuó incitándole.

— ¿Por qué no usas tu tiempo en cosas más productivas que en inventar historias? Como por ejemplo… buscar un trabajo legal.

—Marcos, por favor… —tuve que meterme para pedirle que parase de provocar a nuestro padre.

— ¡Cállate! —Gritó Joseph—. Estoy hablando con tu hermano.

Me quedé paralizada al escuchar su grito. Me mostré obediente y continué limpiando la insignia.

—Marcos, sé que intentas proteger a Jeriel pero te aseguro que no servirá de nada. —Cogió una postura que le dio mayor envergadura y se dispuso a dar un paso hacia mí—. ¡Jeriel, ven aquí!

Mi hermano Marcos barrió todos los libros de la mesa con el brazo y cayeron al suelo desparramados. Se levantó enérgicamente, pisándolos y preparándose para otra pelea.

— ¡Ni se te ocurra tocarla!

Lo que más le molestaba a mi hermano era el hecho de que a Joseph no le importaba quien había tocado sus armas. Solo quería pegarme porque esa era su rutina. Supuse que Marcos ya estaba cansado de que ambos recibiéramos golpes.

Apretó los puños con fuerza y se preparó para recibir el primer impacto.

Los dos se contemplaban mientras yo pedía en silencio que ambos se calmaran. Eso no iba a ocurrir pero era lo único que podía hacer. Dos lágrimas serpentearon por mis mejillas. Mi rostro estaba marcado por el terror.

Mis ojos vieron como Joseph se abalanzaba sobre mi hermano con el puño en alto. Marcos permitió que lo golpeara para que cogiera confianza y el impacto sonó grotesco sobre su mejilla. Joseph volvió a levantar el puño para atizarle de nuevo pero esta vez Marcos le bloqueó, sujetándole con una mano del cuello y con la otra agarró fuerte su puño amenazante. Ambos cuerpos se zarandeaban en medio del salón cochambroso, a esperas de que uno de los dos ganase.

Deje caer la insignia sobre la mesa y corrí hacia un rincón para sentirme protegida. No perdí de vista un solo momento a mi hermano, sobre todo cuando pude ver cómo golpeaba a Joseph en la boca del estómago, obligándole a doblarse por el dolor.

 Cuando se recuperó del golpe, Joseph le propinó un puntapié en la espinilla y sorteó otro golpe de Marcos mientras recuperaba el aliento.

Yo permanecí abrazada a mis piernas, respirando con nerviosismo y asustada por no saber qué hacer. Un movimiento ajeno a la pelea llamó mi atención obligándome a torcer el cuello y perder de vista a mi hermano. Bajo el umbral de la puerta pude ver a mi madre, Angélica, apoyada sobre el marco, contemplando la pelea sin expresión alguna en su rostro. No sé si fue la postura, el semblante carente de expresión o la frialdad con la que observaba todo la que me motivó a hacer lo que hice. Sea como fuere, me levanté con ímpetu del suelo y salí corriendo hacia la puerta de la calle. No pensé lo que hacía ni las repercusiones que traerían mi acción. Tan solo me dejé llevar por mi instinto y salí corriendo en dirección a la arboleda.

La Cámara Oscura (Vol.1)¡Lee esta historia GRATIS!