Bajé de nuevo al primer piso y comprobé tanto el excusado como las demás habitaciones: Todas estaban tan finamente amuebladas como en la que me desperté. Lo mismo que en el piso inferior, donde me encontré con una cocina más que digna de los años treinta después de comprobar desde el límpido y reorganizado hall que el jardín lucía las mismas flores que en mi sueño.

Cuando estaba por abandonar la casa al pensar que me había metido en un lío al estar en casa ajena, vi un papelito sobre la gran mesa de la cocina. De no ser por el llamativo dibujito que lucía, habría salido de inmediato.

Desplegué el papel que lucía una mariposa roja posada sobre un narciso trompetero de color negro y leí su corto mensaje:

"El primero que lea esto es dueño de esta casa y de todo lo que ella contenga.

Atentamente, SLLB"

¿Esto era una broma de cámara oculta? Porque, si lo era, se la habían currado bien. Dejé el papel en su sitio y me encaminé hacia el exterior. Pero noté que faltaba algo: Eché mi mano al bolsillo y vi que no estaba mi pequeña linterna, la que usaba para guiarme en mi camino de vuelta a casa cuando la noche me alcanzaba.

Así pues, volví a subir y, como pensé, estaba entre las mantas de la cama en la que había dormido. Rehíce la cama y salí de la habitación. Pero no para salir de la casa...

...allí pasaba algo raro. Pero no era el restaurado estado de la casa lo que me llamaba la atención.

De nuevo, fui hacia la sala de estar y miré en su interior: Allí no había nadie. Aún así, fui hacia un sillón, me senté y saludé:

—Mis saludos, seas quien seas.

—Así que me has visto... — una voz femenina sin cuerpo respondió a mi saludo, una voz que ni siquiera me asustó por su incorporeidad—. En fin, habrá que corresponder: Muy buenas noches, Helena Moca —su tono hizo que me pusiera a la defensiva: Estaba segura de sí misma lo mismo que sentía como podría hacerme cualquier cosa si osaba interrumpirla—. ¿Qué te parece la casa?

—¿Y tú eres? —hiciera lo que me hiciera no pensaba ser la única que tuviera nombre en esa sala.

—Dijuana Luciferi Lupus Anomen para servirte —curiosos apellidos. ¿Lobo de Lucifer sin nombre? La posibilidad de que una cámara estuviera apuntando a mi inmutable cara había aumentado varios enteros en mi cabeza—. ¿No te gusta el regalo que te han dejado?

—Bonita choza, sí —por más que tuviera un aura amenazadora y que no fuese capaz de verla en absoluto, no iba a imponerse a mí—. ¿De qué va esto?

—Cuando te sentaste en ese sillón, ya deberías haberlo sabido: Lograste encontrarme a pesar de que ni siquiera mis muchos y habilidosos siervos son capaces ni de medio sentirme —llevaba razón: Aún pensando que esa voz podía proceder de algún altavoz bien escondido, la que le dirigió la palabra en primer lugar fui yo. Y lo hice porque "sabía" que había alguien allí dentro.

Lo medité un rato y, al cabo de un rato, me di cuenta de dónde se estaba escondiendo:

—¿Estás justo en la frontera entre sueño y realidad? —yo hablando como el personaje listillo de un cómic raro, lo que me faltaba por hacer... aún así era cierto: Cuando relajaba mi mente, era capaz de ver una gran mancha negra y borrosa delante de mí. Si llegaba a medio dormirme, esa mancha sentada en el sillón desocupado crecía en nitidez.

—Has acertado —la mancha que a duras penas era capaz de distinguir se volvió nítida de golpe y lo que pude ver fue a una mujer joven vestida con una camisa ribeteada, pantalones de terciopelo negro como el tizón y grandes y vetustas botas de cuero. Y su cara era gris. Gris recorrido de grandes y floridos trazos dorados que formaban símbolos aquí y allá en su cara con unos enormes labios coloreados del áureo color—. Ya veo que tu fama de imperturbable te viene merecida —comentó al tiempo que me observaba con sus brillantes ojos verdes.

Las sombras del lagoWhere stories live. Discover now