Lunes

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Un largo bostezo nubló mi vista durante unos segundos. Aún así, no tropecé por mucho que el camino fuese de lo más irregular. Tenía prisa por llegar al antiguo Espinho do lago para poder descansar todo lo que no pude en esa larguísima noche.

Aún me dolía la cabeza por el sueño que tuve. ¡Y encima no recordaba nada! ¿Tantos dolores sólo para que pudiera recordar una niebla confusa? Como fuera, el camino se me estaba haciendo corto, tal vez por mis ganas de agarrar una esquina sucia en el abandonado bar del pueblo, de echarme en uno de los bancos podridos de la vieja iglesia o, tal vez, sólo tal vez, dormir en la siempre seca casona del promontorio.

Mas, cuando llegué, vi algo que alteró mi plan original: Un hilo de humo surgía de una de las casas.

Eso era raro: En esa desvencijada aldea no había más habitante que yo. Las calles, llenas de polvo y de casas abandonadas a su suerte no llamaban a que nadie viviera allí. Sin embargo, allí estaba: Cuando llegué a la altura de esa casa, me encontré movimiento más allá de las cortinas de la casa. Quien fuera, parecía estar divirtiéndose mucho con lo que parecía un cachorro...

Traté de ver mejor quién podría ser ese nuevo habitante del vetusto pueblo pero, cuando me di cuenta, el joven ya había abierto la puerta. Y me encontré a Alfonso, un viejo conocido, con un bebé en brazos, una niña de más de nueve meses, ya bastante desarrollada y ágil como un monito. Que tenía alas. Dos sendas alas en su espalda que movía con naturalidad mientras quien la sostenía se quedaba mirándome con cara de susto al verle con la niña en brazos...

—Ah, eres tú... — visto eso, ya dudaba de que estuviera despierta, aunque no fuese capaz de recordar cuándo me había quedado dormida. Lo más probable es que, en esos momentos, me encontrara sobando en plena clase.

Le saludé con la mano y continué mi camino hacia la casona ignorando al chaval. Si me quedaba dormida allá arriba, seguro que acababa despertándome de verdad en el mundo real...

Subí la cuesta hacia el promontorio, entré en el reluciente jardín de la casa cuyas flores en realidad deberían estar pobladas de malas hierbas; abrí la ahora fuerte puerta de roble y me dirigí hacia las escaleras que no tenían ni rastro de sus grietas. Cuando llegué arriba, me di cuenta de que esa no era mi normal manera de proceder... aunque, visto lo visto, imaginé lo que me encontraría una vez mirara en una de las desastradas habitaciones. Y acerté: Una enorme cama con dosel y mantas limpias, acogedoras, suaves y cómodas... raro encontrarme un cambio en el mundo onírico del antiguo Espinho do lago pero, tal cosa, no me importaba ya: Sólo quería despertarme y, a ser posible, descansada.

Y así fue: Cuando el sol ya se ponía, volví a abrir los ojos tras un largo sueño reparador. Mas, la sorpresa de verme en la misma cama con dosel que aparecía en mis sueños me paralizó un par de segundos. Me levanté y me calcé para ir a echar un vistazo por la casa.

No me creí que esa fuese la misma casa en ruinas en la que dormía mis siestas día tras día. Ahora que hasta el último ladrillo estaba reparado, costaba creer que fuese el mismo lugar.

La sala de estar lucía bellos tapices y alfombras; amplias librerías atestadas de libros y dos grandes sillones donde poder disfrutarlos. Las cortinas dejaban pasar la poca luz que el lado oriental de la casa permitía a esa sala. Sentí tentaciones de quedarme allí dentro un rato pero pensé que ya tenía bastante descanso por ese día así que continué con mi visita.

Subí al desván pero estaba vacío... salvo por la presencia de una gran caja de madera vacía. Miré en su interior y vi que no estaba tan vacía: Dentro de ella había restos de lo que parecía cáscara de huevo. Pero, aparte de eso y la ventana que lograba captar los últimos rayos de luz del día, en toda esa gran estancia no había una miserable mota de polvo.

Las sombras del lagoWhere stories live. Discover now