Capítulo 13: El ejército de Iluminación

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Elianne parecía haberse recompuesto tras los fatales hechos de la noche del ritual, sus cabellos volvían a lucir brillantes y trenzados tras su espalda, en su rostro ya no había signo alguno de insomnio. Bernoz merodeaba por la zona, su oscura figura se adivinaba entre los árboles.

—¿Es mortal?¿Sangraría su carne si alguien lo dañara?— susurró Elianne cerca de Felfalas. El elfo parecía inmerso más que nunca en sus pensamientos. El aprendiz de Xiafang que los acompañó desde el primer templo y que aún no había revelado su nombre fijó su mirada en Felfalas, sus ojos denotaban interés por la pregunta que la muchacha acababa de formular.

—Es más que un espíritu, más que un hombre, su complejidad vital se eleva sobre la nuestra.— Las palabras se emitieron desde sus labios con desgana, no intercambió contacto visual con Elianne, su mirada estaba perdida.

El Maestro se había dignado a atravesar las puertas del Templo de la Luz. Todos sus discípulos estaban expectantes y temerosos al mismo tiempo. Desde el interior del templo Felfalas contemplaba como el Maestro de maestros se mantenía en calma, sentado sobre el suelo con las piernas cruzadas mientras pronunciaba algunas palabras entre susurros. Conforme pasaba más tiempo entre sus aprendices, sus rasgos se humanizaban más, su piel se tornaba más rosada y el brillo de sus ojos adquiría la calidez adecuada para transmitir la quietud que sus seguidores necesitaban en momentos tan aciagos.

—¿Es que no les piensa decir nada?— dijo Elianne entre susurros.

El eco de la voz de la muchacha pareció ser escuchado por algunos adeptos que volvieron su rostro asustado hacia donde se encontraba Elianne. La joven al principio se incomodó cuando tomó consciencia de que no solo ella y el elfo habían oído sus palabras; instantes después continuó sosteniendo las miradas que los monjes dirigían hacia ella. No le importaba. Lo que estuvieron a punto de hacer estaba mal y casi se cobraron la vida de Bernoz. Elianne no pensaba tolerarlo.

—Sí, he sido yo.— Elianne se levantó, puso sus pies descalzos sobre la suave alfombra del interior de la sala principal del Templo de la Luz y respiró profundamente—. Y no me arrepiento, ¿O es que nadie aquí va  a tomar responsabilidades de que casi me sacrificarais a la luz de la luna?

Elianne posó sus manos sobre los cuchillos de desollar que reposaban sobre sus caderas. Las monjes intercambiaban miradas entre ellos, incapaces de responder  a la pregunta que la muchacha acababa de lanzar al aire. El Maestro seguía sin pronunciarse.

—Si no se hace justicia, pienso tomármela por mi mano.— Esta vez Elianne avanzó hacia donde se encontraba el Maestro y se mantuvo frente él a la espera de obtener una contestación—. A no ser que alguien me explique qué está pasando aquí.

El guirigay estaba servido. Los susurros dieron paso a las voces y las voces a los gritos. Los monjes se movían de un sitio para otro intercambiando opiniones con los demás, sus rostros mostraban indecisión e incertidumbre. Felfalas tomó a Elianne de la armadura y la arrastró a sentarse de nuevo.

—No sabes lo que estás haciendo.— El elfo se llevó una mano al rostro presa del estrés—. ¡Ellos no saben lo que hicieron Elianne!

—¡¿Quién dice eso?!— vociferó la joven a pleno pulmón mientras se volvía a levantar.

Las blancas velas que iluminaban el gran salón bailaban sobre la cera de días que derretida decoraba la estancia. El aroma a incienso parecía favorecer a la reflexión. Las columnas blancas que sostenían el techo de la habitación habían quedado apresadas por la figura de dorados dragones que llevaban hasta el techo donde se fundían con multitud de ornamentos que hacían referencia al cielo. Fue automático, hasta el baile de las llamas que iluminaban la estancia parecieron detenerse; el Maestro había abierto de nuevo los ojos. Sus labios se movilizaron para tranquilizar a los presentes.

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