—Déjame a mí —sugerí mientras la otra trataba de evitar, por todos los medios, que su cara continuara cayendo en el desayuno. Una vez dejé las cosas calentando, me senté junto a Sofiriena y vi su cada vez menos oculta cara: Lo que antes sólo era cosa de los alrededores de su ojo derecho ahora era cosa de todo ese lado de su cara. No pude resistir la tentación de alargar un dedo hacia su cara y de arrancarle una pequeña pieza endurecida de su piel. Cuando tuve la esquirla entre mis dedos, se convirtió en polvo sin necesidad siquiera de apretarla. En su cara era casi dura, aunque flexible pero, una vez abandonaba su lugar, esa segunda piel era simple polvo y arena.

—Ya no sirve de nada que lo contenga... — Sofiriena parecía entristecida—. Con el trabajo que le dio a la jefa crearme este disfraz y que acabe así por un simple golpecillo...

—¿Qué te pasó? —pregunté al tiempo que, impulsada por la curiosidad de conocer su verdadero rostro, seguía retirando esa capa rosada que ya no podía ocultar la profunda negrura que había debajo.

—...me dieron un portazo en la cara... —tal como lo decía, tal despiste le suponía una vergüenza terrible—. Fue un accidente aunque también un despiste terrible por mi parte —vi que, mientras que el lado derecho de su cara mostraba el dibujo de una mariposa formada a partir de vetas rojas sobre negro, la parte izquierda era algo diferente—. Cuando vi que había arena en la puerta, ya me di cuenta de que no iba a poder volver al día siguiente —creía que estaba descubriendo el dibujo de una clase de planta en su mejilla izquierda—. Pero, cuando alguien me comentó las grietas en mi piel, tuve que huir de inmediato.

—Os resulta traumático mostrar la cara, ¿verdad? —era un narciso trompetero, si no me equivocaba— Aunque, la verdad, la tuya me resulta extrañamente bonita.

¿Para qué mentir? Dejando a un lado la impresión que me daba una cara de colores tan extraños y puros, los dibujos formados a partir de esas líneas difusas me resultaban atractivas a mi vista, como si estuviera observando no una suerte de retorcido tatuaje sino una linda obra pictórica o una fastuosa fotografía.

—Pensaba que eso sólo me lo decían mis compañeros — comentó ella moviendo sus labios negros como el azabache cuyos contornos estaban marcados por finísimas líneas escarlata.

—Tampoco es que muestres mucho tu cara a gente normal —me levanté para apartar el cazo del fuego mientras Sofiriena se iba sacudiendo el pelo, movimiento que, aparte de levantar una nube de polvo marronáceo, reveló el verdadero color de sus: Tan negro como su cara. Una cara tan oscura con unos cabellos tan tenebrosos y unos ojos tan claros... no, no me interesaba cruzarme con ella en medio de un pasillo a oscuras—. ¿Tu cara no te permite cumplir con tu trabajo?

—Ahora mismo, no — le serví su desayuno y me senté a comer delante de ella—. Mi plan era encontrar al chaval, encontrarme con él como quien no quiere la cosa y darle lo que es suyo antes de que me hiciera preguntas incómodas. Ahora voy a tener que dárselo tal cual estoy, cosa que no termina de hacerme gracia. ¡Se supone que nadie debería vernos tal como somos!

—Pues hazlo antes de que cambies de idea.

—Eso me gustaría —su suspiro de resignación me pilló por sorpresa—. La persona a la que busco, definitivamente, no se trata de ese bibliotecario amargado que me indicaste. Es Alfonso a quien debería entregarle el paquete pero, por desgracia, hace ya cuatro días que ha desaparecido de la faz de la tierra.

—¿Has comprobado...?

—He comprobado todo lo comprobable: No se encuentra en Espinho do Lago ni en ninguna población cercana. No está en ningún hospital ni viviendo en ninguna casa ajena. Dudo mucho que haya sido secuestrado así que sólo queda la posibilidad de que se esté escondiendo.

Las sombras del lagoWhere stories live. Discover now