Sábado

1 0 0
                                                  

...me encontré con la cara que había tratado de evitar toda la noche.

No supe reaccionar ante eso. ¿Quién hubiera podido? Impresionada por el gris de sus ojos que taladraba los míos, no pude mover ni un párpado, a la espera de que ella hiciera algo.

Sofiriena estaba tumbada justo a mi lado, con los ojos abiertos fijos en mi paralizado rostro. Observaba algo de mí, algo que le llamaba poderosamente la atención, algo que la hizo sonreír.

—Sólo por esto ha merecido la pena quitarme el parche —me dijo al tiempo que una amplia sonrisa iluminaba su cara.

—¿...ayer por la noche sabías que no llevabas el parche? —imaginaba la respuesta pero mis pulmones no dieron para más cuando quise hablar.

—Me di cuenta cuando ya era demasiado tarde —rio Sofiriena con un deje de amargor—. Cuando vi que te dabas prisa en ir hacia el bar del pueblo, tú, que no te metes prisa por nada ni por nadie, supe que algo iba mal. Cuando me di cuenta de que podía ver por mi ojo derecho, me di cuenta de qué te pasaba... tú ahora me pones esa cara, pero imagina cuánto chillé yo hacia dentro cuando supe que habías visto mi verdadero aspecto.

—No llego a entender el por qué de que ocultes tu verdadera cara más allá de que no quieras llamar la atención —intenté racionalizar un poco la situación, sacarle alguna respuesta a su pequeño misterio.

—Tú no eres una Loba —aseveró con sequedad—. Dudo que seas capaz de entenderlo aunque, por tu actitud ayer, sé que puedes comprender que me molesta mostrar abiertamente mi cara.

—Y ahora esperarás que te pregunte "¿a qué te refieres con una Loba?" y me dirás: "No puedo decírtelo" —pasada la sorpresa inicial que aún me golpeaba el pecho, volví a ser la máquina racional de siempre.

—¿Siempre eres así de sosa? Nunca he dicho que no te lo vaya a decir.

—Entonces dime qué es una Loba.

—Pero lo digo ahora: "No puedo decírtelo" —si lo que esperaba es que torciera mi casi inmutable expresión, lo había logrado por segunda vez. Su cara jocosa reflejaba victoria y alegría como si hubiera vencido a un oponente invencible—. Por mí te lo decía ahora mismo, en serio, pero mi jefa ha dejado muy claro a toda la orden que ni pensemos en decir lo que somos realmente.

—¿Sois una sociedad secreta?

—Tú especula lo que quieras: Yo no te confirmaré ni te desmentiré nada. Nos quedaremos como al principio, así que no te molestes.

Bufé cansada y pensé en quedarme un rato más en la cama. Sin embargo, ahora que era sábado era casi preceptivo que volviera a casa a dar señales de vida, cosa que me daba una pereza terrible.

—Llevo preguntándomelo un tiempo —estaba segura de que Sofiriena iba a comentar justo lo que estaba pensando en ese momento—. ¿No te pasas demasiado tiempo por aquí? ¿No te dicen nada tus padres? —no fallaba; aunque también era extraño que no lo hubiera preguntado antes.

—Ya se han rendido conmigo —respondí al tiempo que me incorporaba—. Digamos que ya están acostumbrados a que me venga a este pueblo. Como siempre acabo por volver, no les importa demasiado que me pase incluso una semana por aquí. A clase sigo yendo, mis notas son más que decentes, no soy gastiza, no tomo drogas ni me meto en follones, no molesto a nadie y me mantengo con vida. Siendo objetivos, soy la hija perfecta. Digo yo que no pueden quejarse —Sofiriena me dirigió una larga mirada, tratando de captar algún segundo sentido a lo que había dicho. Pero no captó nada, no ahora que ya estaba calmada.

Me vestí con mi propia ropa mientras bajaba. Cuando llegué a las escaleras, escuché cómo Sofiriena estaba en la cocina, probablemente preparando algo. No pude evitar percibir cómo juraba y perjuraba algo a los cuatro vientos. Su problema, que su falsa cara se estaba "desconchando", como si fuese una capa de burda pintura que, una vez caía, se convertía en polvo y arena que se mezclaba con la leche.

Las sombras del lagoWhere stories live. Discover now