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Año 2010

Greensay, Canadá

El día se había levantado soleado. Por las calles de Greensay corría una débil brisa de verano, que en cualquier caso, siendo Canadá, resultaría fría para cualquier extranjero. Las carreteras se veían solitarias. Tal vez se debiera a que era domingo y la gente se levantaba un poco más tarde de lo habitual. Desayunarían, lavarían el coche, jugarían al béisbol o al lacrosse  y posiblemente pasarían la tarde en el cine.

Sin embargo, en esa mañana de domingo, una familia se preparaba para soportar uno de los días más duros —y a la vez deseado— de sus vidas.

Maleen se organizaba con fingida tranquilidad, sabiendo que nadie en la urbanización estaba al corriente de lo que les esperaba los próximos dos días a su familia y a ella. Estaba segura de que nadie les vería marchar, pues los vecinos dormían aún.

Después de pensar durante diez minutos, Maleen se levantó del baúl, donde solía sentarse, para dirigirse hacia su amplio vestidor.

Tenía claro que no podía ir vestida con cualquier cosa. Era preciso mantener el gusto, aunque tampoco exagerar la ocasión. Tras buscar y desechar opciones de vestuario, Maleen se decantó por un traje de pantalón. Cuando terminó de vestirse, caminó hasta su espejo de pie y se observó. Pensó que así iba bien. Se acercó un poco más para ver su reflejo y observó las cicatrices que la vida le había causado alrededor de los ojos, reconociendo que por mucho que se arreglara no podía esconder la realidad. Aquellas arrugas le recordaron los acontecimientos que le hicieron envejecer con tanta rapidez.

Todavía frente al espejo, se preguntó si fue una buena madre o de lo contrario no hizo lo suficiente para evitar lo ocurrido en el pasado. Intentó convencerse de que estuvo en todo momento cuando la necesitaron. Incluso dejó en segundo plano su carrera para cuidar de sus hijos. Y aun así, temía haber fallado como madre.

Lo que Maleen no era capaz de ver es que fue una madre increíble, capaz y madura.

No obstante, el interior de Maleen albergaba tal inseguridad ese día, que por mucho que alguien le hubiera destacado lo bien que estuvo a la altura de las circunstancias, ella jamás lo vería.

Con la sensación de haber fracasado, dio la espalda a la imagen que le devolvía el espejo. Cogió el bolso y bajó las escaleras hacia el vestíbulo.

Allí encontró a su hijo Mathew, apoyado sobre el taquillón del siglo XV, con un gesto de derrota absoluta en el rostro. A Maleen le habría gustado poder decirle a su hijo que todo iba a salir bien. Que debía ser fuerte y no dejarse vencer por el abatimiento. Pero bien sabía que había pocas posibilidades de que se sintiese así.

Se acercó a su hijo y se acomodó a su lado. Una mirada y una sonrisa medio forzada consiguieron arrancarle otra a él.

Mathew echó mano a la corbata y la zarandeó con lentitud.

—Odio las corbatas —confesó con voz carente de vida.

—No es necesario que la lleves.

Maleen observó a su hijo. Recordó el momento exacto en el que dejó de ser aquel niño divertido y simpático que tanto quería la gente. Sí, Mathew cambió mucho en los últimos años. No había perdido del todo su humor, pero le costaba sacarlo a menos que se sintiera cómodo entre la gente.

Le encantaba el dibujo y a sus veintiocho años ya tenía una pequeña empresa dedicada al arte.

Siempre tuvo suerte con las chicas, que se maravillaban de su largo pelo castaño, que le llegaba hasta los hombros. Sus ojos almendrados eran la delicia de cualquier muchacha que le miraba. Sus facciones duras le hacían parecer más mayor de lo que realmente era. Su cuerpo musculoso era el resultado de varias horas de gimnasio diarias al terminar su jornada laboral.

—Estoy preocupado —dijo, con la cabeza agachada y mirando su corbata.

—No deberías estarlo —Maleen llevó sus manos hacia el cuello de Mathew con esfuerzo para alcanzarlo y le quitó la corbata con la delicadeza de una madre—. Ella estará bien. Estoy segura.

Ambos levantaron la mirada cuando escucharon pasos que provenían de la escalera.

— ¿Voy adecuado? —Preguntó Sean, el benjamín de la familia.

Sean era diferente a su hermano Mathew. No llegaba a entender el martirio de la familia ni por qué tanto ambiente fúnebre. Por eso, mostró una sonrisa y trató de levantar el ánimo a su hermano y a su madre.

El brillo de su rubio pelo hacía resaltar sus ojos azules. Siempre había sido cariñoso con la gente, pero al entrar en la adolescencia, comenzó a esconder su personalidad para evitar enfrentamientos desagradables con los compañeros de clase. Tenía una cara angelical, pero tras ella había un adolescente travieso y poco aplicado, algo que sus padres trataban de corregir.

Evitó una caricia de su madre para hacerse el mayor y trató de golpear en broma a su hermano Mathew. Éste cazó su mano al vuelo y le atrajo hacia él para que se mantuviera quieto.

— ¿Ya estamos todos?

La voz de Drumb resonó en el hall cuando bajaba las escaleras. Maleen se dio cuenta de que su marido era quien más nervioso estaba de todos.

—Pues vámonos.

Drumb era alto y musculoso. Acababa de cumplir cincuenta y cuatro años y a pesar de su apreciable barriga no mostraba interés alguno en ella.

Sus ojos azules —más intensos que los de su hijo Sean— eran la debilidad de Maleen. Tenía el pelo rubio oscuro, pero en sus patillas se apreciaban unas incipientes canas, dándole un aspecto más mayor y cansado.

Era el Comisario de Policía de Greensay. Y aunque su comisaría no era como las de las grandes ciudades, resultaba eficaz cuando se les pedía ayuda.

En definitiva, Drumb era un buen padre y siempre procuró que sus hijos crecieran con un notable respeto hacia el bien.

Pero con Jeriel no lo consiguió.

La familia salió de la casa y se dirigió al aeropuerto. Allí cogieron un vuelo hacia Los Ángeles. Cuando llegaron, alquilaron un vehículo que les llevó a su destino: al Centro Penitenciario de Máxima Seguridad de Heachville.

La inmensa infraestructura rectangular que se alzaba, estaba rodeada por una barrera de alambre de espino, dándole un aspecto frío y peligroso. El color de la fachada era de un blanco impoluto que, al reflejarse el sol, cegaba los ojos. Las ventanas negras y con cristales tintados parecían ojos sin párpados, siniestros. Vigilando sin piedad cada milímetro de aquel lugar.

— ¿Cuándo sale? —preguntó Sean, angustiado por el sol.

—Tengamos algo más de paciencia. Estoy segura de que pronto sabremos algo.

— ¿Crees que estará bien? —Las palabras de Mathew mostraban su preocupación y en ningún momento apartó la mirada de las compuertas negras.

—Eso espero —contestó su madre con el mismo tono de voz.

Un minuto después, Maleen fijó la vista en el gran edificio y observó cómo se abrían las compuertas, dando fin a la incertidumbre de los Himphenton.

Ese era el gran día. El día en que Jeriel Jorden, su hija, quedaba libre de condena; una penitencia que duró muchos años. Años de ausencia de una hija cuyo posible error fue haber nacido. Un nacimiento que, para bien o para mal de muchos, no dejaría indiferente a nadie.

La Cámara Oscura (Vol.1)¡Lee esta historia GRATIS!