Relato único

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Todo estaba listo para la batalla definitiva. A un lado, dispuestos en un irregular svinfylking, la típica formación nórdica en hocico de verraco, estaba Ull con sus hombres. Todos ellos eran hersir experimentados de los diferentes aëtts[1] que apoyaban las aspiraciones del que ya llamaban el Gen Jarl, el Gran Jarl[2]. Al otro lado, formando un férreo skjaldborg, se encontraban quienes se negaban a vivir subyugados a él, hombres y mujeres de diferentes estamentos sociales que luchaban por su libertad y que intentaban formar un firme muro de escudos. Después de varios meses en constante conflicto, con escaramuzas, saqueos y alguna que otra batalla, los dos ejércitos al fin se habían citado para decidir, de una vez por todas, cuál sería el destino de aquella tierra en la que sus ancestros se habían asentado tiempo atrás. Era la batalla definitiva de una guerra que ya duraba demasiado. Era la batalla que decidiría el destino de todo un pueblo.

Harald, uno de los jarls que se oponían al gobierno unificado de Ull, aguardaba con sus hombres a que el momento decisivo llegara. Vivir bajo el yugo de un desconocido del que nadie sabía nada no era una opción para él. Podía aceptar que un jarl de gran poder se impusiera al resto, pero un hombre del que no se sabía nada era del todo inadmisible. Daba igual que hubiera matado a un dragón, si de verdad eso era cierto. Los nórdicos siempre habían sido un pueblo libre que vivía en aquellas tierras desde tiempos inmemoriales. Guerreando, invadiendo, atacando las costas de otras regiones del continente, trabajando su tierra, comerciando... Aquella era la vida del nórdico, una vida sencilla pero plena que llegaría a su fin si Ull, alguien que podría incluso no ser uno de ellos, se imponía ese día. Ni si quiera se sabía de dónde venía ni cuál era su aëtt. Si de verdad era nórdico, se avergonzaba de sus raíces. Si no lo era, jamás podría gobernarlos. En cualquier caso, Ull no era una opción.

Al mirar a su alrededor, Harald vio a las centenas de hombres y mujeres que lo acompañaban esa mañana primaveral. Se habían congregado en la amplia llanura del Viljnia, un río sinuoso que no muy lejos de allí desembocaba en el Godhin. A su lado, los otros cuatro jarls que se negaban a aceptar a Ull esperaban al momento, con rostros serios y encabezando a los hersir[3] y bondi[4] que habían reunido para la lucha. Ese día había demasiado en juego y los aëtts al completo se encontraban dispuestos a luchar. Solo los más ancianos y los más jóvenes, también algunas mujeres en periodo de lactancia o embarazas, se habían quedado en las aldeas para cuidarse mutuamente. Permanecían a salvo, a la espera del desenlace de aquella importante y decisiva batalla.

Frente a ellos, miles de nórdicos hacían lo propio bajo el estandarte del dragón plateado. Esa era otra de las cosas que no le gustaban del embustero Gen Jarl. Porque el uso de emblemas como aquel no era propio del pueblo nórdico, orgulloso de sus ancestros y del aëtt al que pertenecían, que mostraban con los colores y dibujos de su escudo de tilo tachonado. Su estandarte era otra rareza más de Ull, otra introducción procedente de los reinos de meridión que le hacía dudar de que el embustero del Gen Jarl fuera en realidad uno de ellos. Ull no era nórdico, de eso estaba seguro. Incluso usaba un extraño escudo con remates metálicos que no se asemejaba en nada a los tradicionales de su pueblo. No. Ull no era de ellos, aunque sí sabía luchar como uno de ellos. Había organizado a sus numerosas tropas en la típica formación de hocico de verraco, con algunos jarls que le apoyaban encabezando cada una de las puntas que pretendían romper su muro de escudos. Incluso él mismo se encontraba en la vanguardia de una de ellas. Al menos lideraba sus hombres. Eso, tenía que admitírselo.

—¡¡Sundvärd!! —empezó a decir Harald a los hombres y mujeres de su aëtt, que ese día lucharían no por él sino por ellos mismos— ¡Hoy es el día en el que se sellará nuestro destino para siempre! ¡Pero en nuestras espadas y escudos, en nuestras hachas y jabalinas, está la última palabra!

La libertad de un puebloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora