2.- Javi

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Javi sonrió por la ironía de la situación. Había planeado pedir unos días de vacaciones en el curro y pasar un tiempo en casa para terminar las ilustraciones del libro infantil. Ahora no hacía falta que pidiera nada porque su empresa iba a acogerse a un ERTE y él se iba al paro, pero la editorial del libro también había cerrado y Javi no tenía a quién enviar el trabajo concluido. Se reclinó en el asiento frente al ordenador y se dio cuenta, no sin cierta desesperanza, de que ya no tenía nada que hacer.

Pensó en la posibilidad de llamar a algún amigo, pero decidió no hacerlo. La mayoría teletrabajaba y seguro que les interrumpiría en plena jornada laboral. Había dormido mal aquella noche, así que su habitual estado de melancolía le daba la mano al cansancio y la soledad lo asaltó como un ladrón. La vecina de enfrente —esa chica morenita que se había mudado hacía poco— hablaba animadamente con alguien por teléfono gesticulando mucho con la mano libre y soltando de vez en cuando una carcajada. Escuchaba los sonidos de sus vecinos de arriba que debían estar preparando la cena y tenían puesta esa música indie que le gustaba tanto a Enrique. Todo el mundo parecía tener a alguien con quien compartir el encierro, salvo él. Un ser gris que seguía atrapado en un trabajo que no le gustaba pero que le permitía pagar las facturas (por lo menos por el momento. No sabía qué pasaría después del ERTE), continuaba dibujando solo por las noches porque no tenía tiempo de hacerlo a lo largo del día y se mantenía sin ser conocido por las editoriales infantiles porque apenas podía terminar trabajos de ilustración y mucho menos dedicarse a crear una marca personal en redes o un portfolio decente.

En su teléfono, había un wasap de su padre preguntándole si estaba bien, al que había contestado con un escueto «sin problemas». Cuando lo recibió, se dio cuenta de que llevaban sin hablarse más de tres meses porque, en el fondo, no tenían nada que decirse. Trató mentalmente de recordar la cara de su progenitor y de superponerla a la imagen que le devolvía la pantalla en negro del ordenador; tan distintos que jamás se diría que eran padre e hijo.

Estaba convencido que, de vez en cuando, en la vorágine de su nueva vida con su nueva familia, su padre recordaba que tenía un hijo de la relación anterior y era entonces cuando le enviaba esos mensajes para acallar su conciencia. «¿Estás bien?». Nunca nada más. No parecía plantearse si su hijo era feliz, si habría conseguido su sueño de ser ilustrador de libros infantiles, si habría sentado la cabeza con una chica o si seguiría siendo el mismo fracaso andante que siempre había sido.

A través de la pared del salón, el televisor de las vecinas se apoderó del silencio de la estancia. Carolina y Esther habían regresado a casa del curro. «Antes de lo habitual», pensó mirando el reloj. Tal vez estuvieran ya contratando personal en los hospitales y sus vecinas, que eran enfermeras, pudieran librar algunos días.

La chica de enfrente había terminado de hablar y estaba apoyada en la barandilla del balcón. Javi la observó curioso y se dio cuenta de que no le había prestado demasiada atención hasta aquel momento. ¿Quién se fija en sus vecinos? Era muy bonita, aunque no su tipo. A él le gustaban las mujeres muy delgadas, con gesto arrogante, rubias, con el pelo muy largo, como Esther, su vecina. El problema era que a las rubias así no les gustaban los tipos como Javi. Normalmente, cuando intentaba hablar con ellas— cada vez que intentaba hablar con Esther—, la mirada de la muchacha decía que ojalá él fuera más alto, más guapo, más elegante o más divertido. En definitiva, que ojalá fuera otra persona.

La chica nueva era morena y menuda. Al sentirse observada, levantó la mirada y sonrió. Javi escrutó la calle a izquierda y derecha antes de confirmar, con un agradable hormigueo en el estómago, que aquella sonrisa era para él. Y la devolvió. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora