1.- Marina

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Marina salió al balcón y aspiró el aire húmedo. Las antiguas casas de la zona exhibían toda su elegancia bajo un cielo que empezaba a enturbiarse de retazos de noche. El edificio construido en los ochenta estaba situado entre dos moles de reciente construcción, como la gordita de la clase entre dos animadoras, y sus cinco alturas pintadas en un color ocre no contribuían a hacerlo más atractivo. El piso de Marina era el tercero. O mejor dicho, el que Marina había alquilado hacía dos semanas, antes de que el mundo se volviera loco. Le había enamorado el balcón de hierro que abrazaba cada una de las viviendas. Nada más verlo, se imaginó sentada en él disfrutando de las noches madrileñas con una botella de vino y dos copas mientras la brisa agitaba las ramas de los árboles que, como centinelas, se disponían a ambos extremos de la calle. La imaginación no le daba aún para percibir al que tomaba la otra copa, pero todo se andaría.

A consecuencia de las restricciones, apenas pasaba gente y la que se veía por las aceras iba deprisa, azuzada por el frío. Las temperaturas se habían desplomado en los últimos días para desespero de las autoridades sanitarias que veían cómo el virus campaba a sus anchas disfrutando del invierno. En el edificio de enfrente, las ventanas empezaban a iluminarse. Marina llevaba, desde el día en el que el Gobierno había decretado el estado de alarma y la reclusión obligatoria en los domicilios, observando la vida del otro lado de la calle como el que estudia a los microbios de una placa de Petri. No había cruzado una sola palabra con aquella gente, ni siquiera una sonrisa o un gesto amable. Pero era curiosa y le gustaba elucubrar sobre sus vidas, quién era quién y cómo iban llevando aquel confinamiento.

En el primero derecha, la chica del pelo rizado que hacía yoga por las mañanas había dejado abierto el balcón para que su gato —un gatazo negro al que solo se escuchaba maullar a las seis, porque era su hora de comer— pudiera salir, pero el gato asomó el morro, se dio cuenta de que hacía frío y de que el niño de sus vecinos estaba en el balcón y entró a tumbarse en un extremo del sofá que se veía por la ventana. El pequeño extendió la manita como si pudiera tocarlo, pero al ver cómo se alejaba hizo un gesto de fastidio. Su madre —una mujer de unos treinta y tantos, rubia, con el pelo recogido en un moño y un rictus de tristeza permanente en la boca— salió al balcón, lo cogió en brazos y lo metió para dentro, cerrando la puerta y corriendo las cortinas.

En el segundo derecha, el chico flacucho de la barba se sentó, como cada noche, frente a la ventana. Encendió el ordenador y la pantalla iluminó su rostro y su expresión de concentración extrema. Marina no le veía las manos, pero se las imaginaba tecleando furiosamente. ¿Qué escribiría? Tenía pinta de poeta, con aquella barba. A veces, levantaba la cabeza y dejaba la mirada vagar más allá de la ventana. En esas ocasiones, Marina apartaba la vista. Le gustaba especular sobre sus vecinos, pero también entendía que todo el mundo necesita guardar su privacidad y no quería que su vecino pensara que era una cotilla.

Una de las chicas del segundo izquierda abrió el balcón y encendió un cigarrillo. Se atusó la melena rubia en un extremo del cuello y sacó del bolsillo del vaquero el teléfono móvil. La pantalla iluminó una sonrisa que le arrancó lo que estuviera mirando. Era guapa. Marina la veía salir cada mañana a trabajar, junto con su ¿amiga? ¿compañera de piso? ¿pareja?, al ritmo de los tacones en los que iban subidas. El piso parecía vacío todo el día. Solo por la noche, el balcón se abría alguna vez y una u otra salía a fumar.

En el tercero derecha vivía una pareja con una rutina inquebrantable. A las ocho de la mañana, Miguel —Marina sabía su nombre porque su pareja lo llamaba a voz en grito— abría el balcón, se tomaba el café (o el té) en una taza gris con lunares mientras revisaba su teléfono. Luego, se despedía de su pareja —Enrique— con un beso y tardaba unos tres minutos en bajar al portal. Se abrochaba bien la chaqueta y se encaminaba a la parada de metro que había al final de la calle. Enrique, en pijama, cerraba el balcón con un suspiro y desaparecía en el interior de la vivienda para reaparecer por la noche cuando Miguel regresaba. Cenaban en una mesita frente a la ventana y se tumbaban a ver algo de televisión en el sofá. Miguel siempre con un fajo de papeles a su lado. Desde que se decretara el encierro, no salía, pero la rutina del café y la taza no se habían alterado.

La vivienda del tercero izquierda parecía vacía. La ausencia de movimiento tras las cortinas de encaje y la falta total de luz eléctrica por la noche así lo atestiguaban.

El timbre del teléfono en el salón la obligó a entrar de nuevo en el piso. Antes de hacerlo, dejó que el aire del atardecer la envolviera como si fuera una manta. Sabía con certeza que todo estaba a punto de cambiar.

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora