- capítulo cuatro

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|Lean la notita del final por favor|

Gilbert Blythe se había quedado huérfano hace unos años. Sin embargo, su amigo Bash junto a Mery le habían devuelto aquel calor familiar. Los sentía como su familia directa, al igual que a la pequeña Delphine, casi como su sobrina.

¿Pero, porqué las ilusiones se acaban tan pronto?

Mery había enfermado, gravemente. Y Bash estaba destruido.
Él seguía yendo a sus prácticas con el doctor de la ciudad, conseguia medicinas y ayuda, aún así, se sentía inútil.

¿Porqué a las mejores personas les pasan aquellas cosas?

Todo iba perfecto.
Tenía alguien que lo recibiera y aconsejara, a Mery que era como una madre, la apreciaba, él sabía que había sacrificado muchas cosas para irse a vivir allí, con ellos.

Y tenía a Isabel, no sabía cómo llamarla, ¿amiga?, él quería que fuera más que eso, pero ella no se veía interesada. Sin embargo, disfrutaba todos los pequeños gestos que la acercaban más a ella, era un imposible. Un amor no correspondido.

Aún así, estaba bien, todo marchaba correctamente.

¿Ahora que haría?

-¡Claro que iré, madre! Necesitan mi ayuda. - Estaba exhausta de volver a decirlo, ¿porqué su madre actuaba de aquella manera? Ella les enseñó a ser bondadosas, y ahora actuaba mezquina y arisca.

-Isabel, no deberías juntarte con esa gente, esa, esa gente d-e... -Dorothea Pye no modulaba sus propias palabras, estaba indignada, ¿en que pensaba su hija?

Y ella, ahí, parada en frente, parecía que los humos se le salían por la cabeza.

-¿Esa gente de qué, madre? - Se acercó a ella, su mirada furibunda parecía traspasar los ojos de la mujer. -¿Es gente de color, eso es lo que quieres decir?

Le parecía el colmo, inaudito, siquiera cabía en su cabeza el pensamiento de su madre. ¡Por dios! ¿cómo se atrevía a negarle visitar a Mery sólo por su tono de piel? Que manera tan despectiva y arrogante era su pensar.

-Escucha, madre. - Dijo lentamente, observando detenida. - Hice todo lo que me pediste tú junto a mi padre, me fui, por seis años. - odiaba que su voz sonara entrecortada, pero un denso nudo se había formado en su garganta. - Y ahora, estoy de vuelta. No me pidas seguir más órdenes absurdas, sobre todo esa que acabas de imponerme. ¿Qué es eso del tono de piel? ¿Crees que nosotros somos de otro planeta burgués blanco, donde no podemos interactuar con la diversidad a nuestro alrededor? Entiende, los tiempos están cambiando.-

Ni ella se creía la seguridad con la que salieron sus palabras, tragó profundo, recuperando el aliento.

Su madre estaba estupefacta, había mandado a Isabel hasta Suiza para corregirla, ¿y sale con esas ideas? Parecía haberse vuelto peor que antes. La miraba con las cejas notablemente fruncidas, los puños apretados y con los labios entre abiertos, tratando de obligar a su lengua a emitir palabra.

Sin embargo, aquello no pasó.

-Iré y volveré después de la escuela. Te guste o no, tú me criaste así. Debíamos ayudar a quienes lo necesitan, y este, es el momento. -

Su madre tragó en seco, y sin más, ella abandonó la casa.

Ya afuera, soltó un gran suspiro, soltando una sonrisa. ¿Había encarado a su madre? Claro que sí, lo había hecho, y con justas razones.

• ✾ •

Eran alrededor de las nueve de la mañana, el rocío en los árboles era inminente, y el petricor se hacía presente mientras caminaba.

 isabel pye | ᵃⁿⁿᵉ ʷⁱᵗʰ ᵃⁿ ᵉ Donde viven las historias. Descúbrelo ahora