Sentencia.

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Dispuestos de mayor a menor rango, los dioses se encontraban de pie en sus lugares. Frente a cada uno de ellos un mesón se ubicaba, así como una silla de respaldo acolchonado tras cada uno. Al otro lado del inmenso salón, mismo lugar donde habían sido testigos de la hazaña de su compañero, se encontraban los pecados, encabezados por la guardiana del NIM, mientras que a los dioses los encabezaba el dios guardián del tiempo.

Eran raras las ocasiones en que la sala principal de la torre más alta se dividía de tal manera. Era raro el simple hecho de estar allí y no en el Salón Baroco. La última vez que varios de ellos habían estado allí fue durante las primeras presentaciones al resto, luego de sus creaciones. Incluso, únicamente los primeros veinte dioses habían sido presentados al resto en dicho lugar, dígase solo Vida en un principio, el resto se iba conociendo a medida que llegaban al Fabren Bastion. Ni siquiera cuando Guerra fue detenido y encerrado habían tenido la oportunidad de estar allí.

Hundidos en sus cavilaciones o en cortas charlas silenciosas, el silencio de pronto fue roto, llamando la atención de todos en la habitación.

Pasando por la inmensa entrada, la razón de que se encontraran allí se abría paso por el amplio corredor conformado por los presentes.

Algunos dioses lo vieron incrédulos, otros con sorpresa, unos pocos con indignación. Los pecados, por su parte, permanecieron tranquilos, demasiado tranquilos. Sin embargo, sus ojos no podían compartir la calma de sus cuerpos.

En esos ojos siniestros relucía el hambre, la codicia, el orgullo. La burla a los dioses jamás fue tan clara como en ese momento, e iba creciendo a cada paso del juez hacia delante, aunque también parecía que el odio iba de a poco tomando posesión de ellos. Sobre todo a medida de que el sonido metálico de los grilletes, que mantenían pies y manos apresados, se volvía más claro, amplificado en un eco molesto que recorría la habitación. Aun así, ni el enojo ni la indignación presente podía evitar que aquellos ojos ardieran en la más profunda satisfacción.

Los pecados habían ganado.

Los dioses no podrían decir con exactitud qué, pero lo habían hecho. O al menos así se sentía, y eso provocaba que, sin razón aparente, un peso y fuerte nudo se colocara sobre sus hombros y en sus estómagos.

Miradas intensas, enfermas y que  debías admirar de frente para notarlas. Esos malditos sabían disimular demasiado bien, pues solo sus irises dejaban en evidencia su verdadero sentir.

Los recientes del Fabren no sospechaban que esa pelea perdida no era entre ellos.

De pronto el ruido paró, llamando nuevamente la atención de la sala.

Sus sirvientes se ubicaron a unos pasos detrás de él, con una rodilla pegada al suelo, Muerte, por otro lado, se hallaba hincado frente al asiento que ocuparía el creador.  Esperando, al igual que el resto, su llegada, para que éste diera validez a su, ya aceptada, sentencia y penitencia.

No obstante, algo inesperado ocurrió.

―Las cadenas te sientan maravillosamente ―susurró una gruesa voz, causando que la habitación entera se estremeciera y por un instante todos voltearan sus vistas hacia el estrado.

El horror tomó posesión de los dioses al divisar al destructor sentado en el trono de su señor, viéndolos divertido con sus malignos ojos brillando maliciosos.

―Debido a que este incidente recae en mi reino, es mi deber y mi obligación prescindir esta sesión ¿No es así, Ithis?

A un lado del trono un reflejo de luz brilló antes de tomar la forma del gran creador. Éste, completamente serio, vio a su opuesto con tanta profundidad que la tensión no tardo en embargar tanto a Tiempo como a Venganza.

Una Juguetona MuerteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora