Capitulo 11

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El martes por la tarde, a última hora, Harry y Ron estaban sentados en el Starbucks de la calle Bloor, disfrutando de sus respectivos cafés, acurrucados en un sofá de terciopelo lila y charlando. Estaban cerca, pero no demasiado. Lo bastante cerca como para que Ron pudiera admirar su belleza; lo suficientemente lejos como para que Harry pudiera mirarlo a los ojos —aquellos ojos grandes y amables— y no sentirse inquieto. O apabullado.

—¿Te gustan los Nine Inch Nails? —le preguntó el, que sostenía un vaso grande de café con las dos manos.

A Ron le sorprendió la pregunta.

—Pues no. La verdad es que no —respondió, encogiéndose de hombros—. Trent Reznor me crispa bastante. Menos cuando canta temas de Tori Amos. ¿Por qué? ¿A ti te gustan?

Harry se estremeció.

—No. En absoluto.

Él rebuscó en su maletín y sacó un CD.

—Éste es el tipo de música que me gusta. Música que me permita trabajar mientras la escucho.

—¿Hem? Nunca he oído hablar de ellos —dijo Harry, dándole la vuelta a la funda.

—Tienen una canción que creo que te gustaría. Se llama Half Acre. Salía en un anuncio de seguros de la tele, así que puede que te suene. Es preciosa. Y nadie grita, ni da berridos ni te dice que te va a fo... —Se interrumpió, ruborizándose. Estaba tratando de hablar bien cuando estaba con el, pero no acababa de conseguirlo.

Harry le alargó el CD, pero Ron lo rechazó.

—No, lo compré para ti. El álbum se llama «Rabbit songs». Canciones de conejos para el Conejito.

—Gracias, pero no puedo aceptarlo.

Él pareció ofendido. Y dolido.

—¿Por qué no?

—Porque no. Pero gracias de todos modos.

—Pues has aceptado que alguien te regalara un precioso maletín —protestó Ron, señalándolo—. ¿Un regalo de Navidad adelantado de algún novio?

—No tengo novio —respondió el, incómodo—. La madre de mi

mejor amiga quiso que me lo quedara. Murió hace poco.

—Lo siento, Conejito. No lo sabía.

Le dio unas palmaditas en la mano y dejó el CD en el sofá, entre los dos. Harry no se apartó. De hecho, estuvo rebuscando en el maletín hasta que encontró el CD del profesor Riddle y se lo devolvió, sin apartar la mano que Ron le tenía sujeta en ningún momento.

—¿Qué puedo hacer para convencerte de que aceptes mi regalo? —preguntó él, mientras guardaba el CD de Mozart en su maletín.

—Nada. Ya he recibido demasiados regalos últimamente. Estoy servida.

Ron enderezó la espalda y sonrió.

—Deja que lo intente. Tienes unas manos tan pequeñas... Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas —añadió, moviendo sus manos unidas para verlas desde todos los ángulos. La de Harry se veía diminuta dentro de las de él.

El lo miró con curiosidad.

—Es muy bonito. ¿Se te ha ocurrido ahora?

Ron apoyó la cabeza en el respaldo y se acercó la mano de Harry a los ojos, mientras le trazaba la línea de la vida con el pulgar. Parecía como si le estuviera leyendo la palma de la mano.

El Infierno de TomasWhere stories live. Discover now