Capitulo 10

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Durante algunos instantes, en Lobby, Harry había estado seguro de que Tomas se acordaba de el. Pero no habían sido más que eso: instantes fugaces y etéreos que habían desaparecido como telarañas arrastradas por el viento. Y el, que era una persona muy honesta, empezó a dudar de todo.

Tal vez su primer encuentro con Tomas no había sido más que un sueño. Tal vez se había enamorado de su fotografía y se había imaginado los acontecimientos que siguieron a la partida de Luna y Rolf. Tal vez se había quedado dormido solo en el huerto de manzanos y todo había sido la ilusión solitaria y desesperada de un jovencito de un hogar desestructurado que nunca se había sentido amado.

Era posible.

Cuando todo el mundo cree una cosa y tú eres el único que piensa de otro modo, la tentación de integrarte en el grupo es enorme. Lo único que Harry tenía que hacer era olvidar, negar, suprimir. Y volvería a ser una persona como las demás.

Pero el era demasiado fuerte para rendirse. No había querido montar un número en el club cuando Tomas le había echado en cara su virginidad, porque habría sido llamar la atención sobre un hecho del que se sentía un poco avergonzado. Y tampoco había querido obligarlo a reconocerlo ni a reconocer que habían pasado una noche juntos, ya que tenía un corazón puro y no le gustaba forzar a nadie a nada.

Cuando vio la confusión en la cara de Tomas mientras estaban bailando y se dio cuenta de que su mente no le permitía recordar, Harry lo dejó correr. Le preocupaba lo que un súbito reconocimiento podía provocar en él y el temor a que su cerebro estallara como la taza de café de Narcisa lo decidió a no decir nada.

Harry era una buena persona. Y a veces la bondad no cuenta todo lo que sabe. A veces, la bondad espera el momento adecuado y aguanta como puede hasta entonces.

El profesor Riddle no era el hombre del que se había enamorado en el huerto de manzanos. Era fácil darse cuenta de que a El Profesor le pasaba algo. No era sólo que fuera una persona sombría o deprimida; era un ser perturbado. A Harry, familiarizado con el alcoholismo de su madre, lo preocupaba que tuviera problemas con la bebida. Pero su bondad le impedía hacerle daño, obligándolo a mirar algo que él no quería ver.

Habría hecho cualquier cosa por Tomas, el hombre con el que había pasado una noche en el bosque, si él le hubiera dado el más mínimo indicio de que lo quería. Habría descendido a los Infiernos y lo habría buscado por todos sus círculos hasta encontrarlo. Habría atravesado con él las puertas y lo habría traído de vuelta, arrastrándolo. Si Tomas hubiera sido Frodo, Harry habría sido su Sam y lo habría seguido hasta las entrañas del Monte del Destino.

Pero El Profesor ya no era su Tomas. Éste estaba muerto. Había desaparecido dejando tras de sí sólo vestigios en el cuerpo de un clon torturado y cruel. Tomas había estado a punto de romperle el corazón una vez y Harry no iba a permitir que volviera a hacerlo.

Antes de irse de Toronto y regresar con Rolf y con ese grupo perturbado que tenía por familia, Luna insistió en visitar el apartamento de Harry. Ésta había ido dándole largas y Luna le había aconsejado a su hermana que no se presentase sin avisar. Sabía que en cuanto Luna viera dónde vivía, se encargaría de hacer sus maletas personalmente y lo obligaría a mudarse a un sitio más confortable, a ser posible a la habitación de invitados de Tomas.

(Sólo cabía imaginar cuál sería la respuesta de Tomas a esa idea, pero sería algo parecido a «¡Ni de puta broma!».)

Y así, el domingo por la tarde, Luna llegó a casa de Harry para tomar el té y despedirse de el antes de que Tomas la acompañara al aeropuerto.

El Infierno de TomasWhere stories live. Discover now