Capitulo 9

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Lobby era una coctelería exclusiva de la calle Bloor. Tomas, siempre fiel a la obra de Dante, se refería al local como El Vestíbulo y se imaginaba que los parroquianos eran como los paganos virtuosos que pasaban la eternidad en la versión de Dante del Limbo. Aunque, en realidad, muchos de los clientes de Lobby tenían más en común con los habitantes de varios de los círculos del Infierno.

A Tomas no le apetecía ir allí con Hadrian, y mucho menos con Luna, ya que Lobby era su terreno de caza. El lugar adonde iba a satisfacer sus apetitos. En ese sitio lo conocía demasiada gente, o al menos conocía su fama. Tenía miedo de lo que pudieran decir unos labios rojos liberados por el alcohol.

Pero al menos en Lobby estaría en su terreno, podría tratar de controlar el entorno. De ninguna manera se arriesgaría a llevar a Luna y a Hadrian a un local que no pudiera controlar. Por una noche cambiaría de papel. Dejaría de ser Dante y se convertiría en Beowulf; sería un guerrero en vez de un poeta. Llevaría la espada en la mano y mataría al monstruoso Grendel y a todos sus parientes si se atrevían siquiera a mirar a cualquiera de las dos jóvenes a su cargo. Sabía que era muy hipócrita por su parte, pero no le importaba. Esa noche sería una tortura, pero haría cualquier cosa para que Luna estuviera contenta.

Cuando ésta y Harry salieron del taxi tras él, los tres se dirigieron a la entrada del club, donde había una larga fila de gente que quería entrar. Ignorando la fila, Tomas se acercó al guardia de seguridad, un enorme gorila calvo afrocanadiense, con diamantes en las orejas. El hombre lo saludó estrechándole la mano formalmente.

—Señor Riddle.

—Ethan, quiero presentarte a mi hermana Luna y a su amigo, Hadrian —dijo señalándoles.

El vigilante las saludó con una inclinación de cabeza y se apartó para dejarlos pasar.

—¿Cómo ha hecho eso? —susurró Harry al oído de Luna, mientras entraban en un espacio moderno y elegante, decorado en blanco y negro.

—Al parecer, Tomas está en la lista de los vip. No preguntes —respondió su amiga, arrugando la nariz.

Tomas les guió hacia la parte trasera del club, una área exclusiva donde había reservado sitio, llamado «El salón blanco», que debía su nombre a su decoración monocromática. Los amigos se sentaron en un banco largo acolchado y se acomodaron entre los cojines forrados de armiño. Desde su mirador privilegiado se veía la pista de baile, situada en el centro, con acceso privado a todos los reservados. En ese momento todavía no había nadie bailando.

Luna dedicó una mirada de admiración a su protégée.

— Harry está precioso, ¿no crees, Tomas? Espectacular.

El se ruborizó mucho más de lo habitual y acabó de un color parecido al carmesí.

—Luna, por favor —susurró, jugando con el dobladillo del vestido.

—¿Qué pasa? —insistió su amiga, fulminando con la mirada a su hermano, que le estaba lanzando a su vez una mirada de advertencia—. ¿Está guapo o no está guapo?

—Los dos estáis muy bien —dijo él, no admitiendo nada y cambiando de postura como si le doliera algo.

Harry negó con la cabeza discretamente, reprendiéndose. Se preguntó por qué seguía importándole su opinión y por qué le costaba tanto a aquel hombre ser agradable.

A su lado, Luna se encogió de hombros. Era el dinero de Tomas. Si a él no le importaba gastarse casi dos mil dólares para que Harry estuviera guapo, ¿quién era ella para objetar nada? El problema era que le daba rabia ser incapaz de conseguir que su hermano reaccionara, así que decidió provocarlo un poco.

El Infierno de TomasWhere stories live. Discover now