Capitulo 8

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Luna estaba sentada a la barra de la cocina de Tomas, tomándose un café con leche y hojeando el Vogue, edición francesa. No era su lectura habitual. Su mesita de noche en Filadelfia estaba siempre llena de libros de política, relaciones públicas, economía y sociología, con la esperanza de que algún día sus superiores le pidieran su opinión en vez de pedirle que fotocopiara la opinión de alguna otra persona. Ahora que estaba de baja, tenía tiempo de leer otras cosas aparte de política municipal.

Esa mañana se encontraba mejor. Mucho mejor. La conversación con Rolf de la noche anterior había ido bien. Aunque seguía disgustado por la cancelación de la boda, no había dejado de repetirle que prefería mil veces tenerla a ella que una boda.

«No hace falta que nos casemos ahora mismo. Podemos aplazarlo hasta que hayas superado el duelo. Pero te quiero a mi lado, Luna. Siempre te querré a mi lado. Como mi esposa, como mi amante... Aceptaré tus condiciones porque te amo. Vuelve conmigo.»

Sus palabras atravesaron la nebulosa de dolor y depresión que se había apoderado de la mente de ella y, de pronto, lo vio todo claro. Había creído que huía de Draco, de su padre y del fantasma de su madre, pero tal vez también hubiese estado huyendo de Rolf. Al oírlo decir esas palabras se dio cuenta de que no podría abandonarlo nunca. No podría vivir lejos de él.

Su declaración había roto sus defensas y le había hecho darse cuenta de que realmente deseaba ser su esposa. Fue consciente de que no quería esperar mucho para que Rolf se convirtiera en su marido. La vida era demasiado corta para desperdiciarla siendo infeliz. Su madre así se lo había enseñado.

Tomas entró en la cocina. Llevaba puestas las gafas. Tras besarla en la cabeza, le puso delante un fajo de billetes. Luna se los quedó mirando con desconfianza. Tras comprobar de cuánto dinero se trataba, abrió mucho los ojos.

—¿Para qué es esto?

Él se sentó a su lado, aclarándose la garganta.

—¿No ibas a ir de compras con Hadrian?

Su hermana puso los ojos en blanco.

—Se llama Harry, Tomas. Y no. Está ocupado. Pasará todo el día

haciendo un trabajo con un tipo llamado Ron. Y cuando acaben, irán a cenar.

«Follaángeles», pensó Tomas. El insulto apareció en su mente sin pensar. Se tensó y gruñó para sus adentros.

Luna empujó el dinero en su dirección y siguió leyendo la revista.

Él volvió a ponérselo delante.

—Quédatelo.

—¿Para qué?

—Cómprale algo a tu amigo.

Su hermana entornó los ojos.

—¿Por qué? Es mucho dinero.

—Lo sé —murmuró.

—Aquí hay quinientos dólares. Sé que los dólares canadienses no valen tanto, pero igualmente es demasiado, Tomas.

—¿Has estado en su apartamento?

—No. ¿Tú sí?

Él se revolvió incómodo en el taburete alto.

—Sólo un momento. Estaba lloviendo y lo acompañé a su casa en coche. Y...

—¿Y...? —Luna le pasó un brazo por el hombro y se le acercó con una sonrisa cómplice—. Cuenta, cuenta.

Tomas se liberó de su brazo con un movimiento de hombros y la fulminó con la mirada.

El Infierno de TomasWhere stories live. Discover now