Capitulo 4

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El profesor Riddle se había equivocado al girar. Podría decirse que su vida estaba llena de giros equivocados, pero ése había sido totalmente accidental. Estaba leyendo en su iPhone un correo electrónico de su hermano, que seguía enfadado, mientras iba conduciendo su Jaguar en mitad de una tormenta en plena hora punta por el centro de Toronto. Por todo eso, había girado a la izquierda en vez de hacerlo a la derecha en la calle Bloor, dejando atrás el parque Queen. Y eso quería decir que iba en dirección contraria a la de su casa.

No podía cambiar de sentido en la calle Bloor en plena hora punta. De hecho, hasta le costó meterse en el carril derecho para poder dar la vuelta. Y así fue como vio a un señorito Potter con aspecto patético y muy mojado, que caminaba desanimado por la calle, como si fuera una persona sin hogar, y, en un ataque de culpabilidad, se encontró invitándolo a subir al coche, un coche que era su orgullo y su capricho.

—Siento estropear la tapicería —se disculpó el, inseguro.

El profesor Riddle sujetó el volante con más fuerza.

—Tengo a alguien que lo limpia cuando se ensucia.

Harry agachó la cabeza, tratando de ocultar el daño que le habían causado sus palabras. Acababa de compararlo con basura. Aunque no sabía de qué se extrañaba. Era consciente de que, para él, no valía más que la suciedad del suelo.

—¿Dónde vive? —le preguntó Riddle, tratando de iniciar una conversación sobre un tema seguro y educado que llenara lo que esperaba que fuera un trayecto breve.

—En la avenida Madison. Está ahí al lado, a la derecha —respondió Harry, señalando con el dedo.

—Sé dónde está Madison —replicó él con su impaciencia habitual.

El lo miró con el rabillo del ojo y se encogió en el asiento. Despacio, se volvió hacia la ventanilla y se mordió el labio inferior.

Tomas Riddle maldijo para sus adentros. Incluso bajo aquella maraña de pelo mojado era bonito. Un ángel de pelo castaño vestido con vaqueros y zapatillas deportivas. Su mente se detuvo ante esa descripción. El término «ángel de pelo castaño» le resultaba

extrañamente familiar, pero no logró recordar de qué le sonaba.

—¿En qué número de Madison? —preguntó en voz tan baja que a Harry le costó entenderlo.

—En el cuarenta y cinco.

Él asintió y aparcó frente al edificio de tres plantas. Era una casa de ladrillo rojo convertida en apartamentos.

—Gracias —murmuró el y se apresuró a abrir la puerta para escapar.

—¡Espere! —le ordenó Riddle, alargando el brazo para coger un gran paraguas negro del asiento trasero.

Harry aguardó asombrada a que El Profesor diera la vuelta al coche y le abriera la puerta con el paraguas listo, esperando mientras su abominación y el salían del Jaguar, para acompañarlo luego hasta la puerta del edificio.

—Gracias —repitió Harry, mientras trataba de desabrochar la medio atascada cremallera de la mochila para sacar las llaves.

Él intentó disimular el disgusto que le provocaba la visión de aquella bolsa y permaneció en silencio mientras el luchaba con la cremallera, viendo cómo se ruborizaba al no conseguirlo. Recordó la expresión de su cara en su despacho, arrodillado en la alfombra persa, y se le ocurrió que tal vez el problema actual fuera culpa suya.

Sin decir nada, le quitó la mochila de las manos y le dio el paraguas. Tras acabar de romper la cremallera, la sostuvo delante de el para que buscara las llaves.

El Infierno de TomasWhere stories live. Discover now