De corazones elásticos y almas sincronizadas (Parte II)

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A medida que el auto se iba acercando al edificio residencial, el rostro de Fiorella parecía adquirir un matiz rojizo cada vez más intenso. Aunque era capaz de sostener la conversación con Mauricio de manera bastante normal, todo en su interior se había convertido en un auténtico mar de caos. Sin importar cuánto se esforzaba por detener las travesuras de la mente, su imaginación se había disparado desde el instante en que propuso el regreso a casa.

Las neuronas más rebeldes seguían conspirando para crear sensuales escenas protagonizadas por ella junto al muchacho. Vívidas imágenes en donde la tela escaseaba y la piel abundaba se reproducían dentro de su cabeza cual si fuesen largometrajes. El corazón de la chica palpitaba a un ritmo frenético, justo como le había sucedido la noche en que vio al joven Escalante por primera vez. Casi podía jurar que el golpeteo de los latidos en su pecho era audible.

"¿Qué irá a pensar él de mí después de hoy? ¡Ay, Diosito, por favor decime que esto va a salir bien! ¡Estoy que ya me cago de los nervios! ¡Espero no meter la pata!" La artista anhelaba dejar atrás cualquier rastro de sus viejos miedos y, para lograrlo, tendría que arriesgarse un poco. Quizás la decisión que había tomado resultara desastrosa, pero no por eso se abstendría de hacer el intento. Estaba resuelta a derribar todas las barreras restantes entre Mauricio y ella.

Tras abandonar el vehículo, el varón tomó a la chica de la mano con ternura. A pesar de que habían hecho aquello muchas veces, Fiorella sintió que las piernas le fallaban cuando él la tocó. El encuentro entre los dedos le produjo un fuerte cosquilleo similar a una pequeña descarga eléctrica. La temperatura de su cuerpo aumentó de un pronto a otro, acentuando así la furia del arrebol en sus mejillas. Le costó un mundo no abalanzarse sobre el varón en cuanto las puertas del ascensor se cerraron. Sin que pudiera hacer nada para contenerlo, un fuerte suspiro escapó de sus labios.

—Fiore, a vos te pasa algo, ¿verdad? —Al salir del elevador, el muchacho se detuvo en seco y la liberó de su agarre para observarla de frente—. Has estado sonrojándote de la nada desde que salimos del teatro. ¿Está todo bien?

—Sí, todo está bien —Pese al terrible sofoco que le produjo verlo a los ojos, le sostuvo la mirada—. Quedate tranquilo.

—Aunque hoy ando medio distraído, no soy tonto ni ciego. Vos te sentís nerviosa, ¿cierto? —Se inclinó hacia delante para acercar el rostro al de ella—. Estás temblando y ni siquiera podés respirar despacio. Si me decís que no te pasa nada, no podría creértelo.

Fiorella se mordió el labio inferior mientras la saliva hacia un lento recorrido por la garganta seca. El rápido movimiento de su torso evidenciaba las dificultades que tenía para llevar aire a los pulmones. Tuvo que desviar la vista para no sucumbir a sus impulsos alocados en pleno pasillo. La clara respuesta de su cuerpo era mil veces más elocuente que cualquier palabra pronunciada. Ante tal reacción, el muchacho no logró evitar el nacimiento de una amplia sonrisa. Levantó la mano para acariciarle la mejilla derecha con mucha delicadeza.

El hecho de que Fiorella todavía pudiera ruborizarse como una colegiala cuando estaba junto a él lo asombraba gratamente. Si bien el chico no solía demostrar las emociones de la misma manera en que ella lo hacía, no podía negar que muchas veces se sentía así de nervioso cuando se encontraban cerca. El magnetismo que la morena ejercía sobre él no había perdido ni un ápice de la intensidad inicial. A medida que iba conociendo mejor a la muchacha, nuevas formas de atracción brotaban en el alma de Mauricio.

—Pedí lo que más te guste para comer y escogé una película o alguna serie mientras me doy una ducha rápida, ¿te parece? —propuso él, al tiempo que se giraba para encaminarse hacia el apartamento.

El joven sabía de sobra que la inquietud de la artista no había disminuido, pero no quería presionarla para que hablara sobre ello. Aunque le divertía mucho decir cosas atrevidas para provocarla, en esa ocasión prefirió contenerse y cambiar de tema. Después de haberla expuesto a uno de sus episodios de celos absurdos, consideraba que no tenía derecho a dejar salir su lado seductor.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora