De vuelta a la Tierra - Introducción

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El sonido de mi teléfono móvil me saco del aburrimiento, era mi “jefe”, su tono era urgente así que se me acabo el fin de semana…

Y así, con una simple llamada de móvil empieza la aventura que voy a contaros…

Cogí las llaves de mi Mustang y me puse en camino hacía la oficina. La empresa estaba situada en uno de esos modernos y enormes edificios acristalados de arriba a bajo, muy modernista y frío, donde el gris y el negro eran los colores predominantes junto al metal, no pille retención alguna así que llegué pronto al polígono, salude al vigilante y entre en el aparcamiento exterior. Baje del coche y comprobé que por fin habían arreglado la orientación de los aspersores que rociaban monótona y puntualmente el césped, dando la única nota de color entre tantos colosos amasijados. 

Entré en el ascensor, las puertas metálicas se cerraron mecánicamente con el típico pitido de rigor, me sabía perfectamente lo que venía después, la voz robotizada me saludaría y me pediría amablemente el piso al que quería dirigirme. Piso siete para ser exactos y a continuación tendría que introducir mi tarjeta acreditativa por la ranura y entonces empezaría a ascender lentamente en pleno silencio.

Las oficinas estaban más tranquilas que de costumbre, y me resultaba muy extraño no oír el timbre incesante de los teléfonos sonando junto a la teleoperadora de turno que soltaba la frase memorizada y aborrecida que era una cancioncilla odiosa y asqueante. Después estaba el sonido de los faxes e impresoras láser ultima tecnología “generosidad” de cierta empresa junto al incesante tecleo de los ordenadores y sus ventiladores como no! cada vez mas silenciosos pero la verdad todo eso tan cotidiano se echa en falta cuando no esta por pura rutina y es que al cabo de casi doce horas de trabajo acabas con esos ruiditos metidos en la cabeza y son como el riguroso café de las mañanas, por no hablar de los cotilleos constantes y el parloteo de la gente y los mosqueos de otros.  Sinceramente, eso era una verdadera jungla repleta de fieras hambrientas, las puertas se abrieron y volvió a sonar el timbre de parada. 

Ablace me esperaba junto a la puerta de su despacho apoyado contra el marco con la camisa azul desabrochada, se podría decir que aquel despacho era como su casa, no faltaba de nada, ¿dormiría allí?, le salude y miré alrededor, todo el edificio estaba desierto, completamente vació, y no es que fuera la primera vez que me encontraba el edificio en esas condiciones pero me extrañaba que habiendo tanto jaleo por medio ese fin de semana no hubiera absolutamente nadie.

Gracias por venir tan rápido Urd

Tranquilo, no tengo vida propia que atender – sonreí traviesa.

Ablace me hizo un gesto para que tomará asiento con una media sonrisa, y la verdad es que preferí sentarme en aquel frío sofá de cuero negro que en la butaca, me tendió un vaso de ron y se sentó sobre la mesita de cristal frente a mi, y ahora que me fijaba estaba demasiado atractivo con aquel traje negro medio desaliñado, sin corbata la cual colgaba a un lado de la mesita. Llevaba el pelo revuelto y sujetando aquel baso de brandy y aquella media perilla sin afeitar de dos días que llevaba estaba no se... irresistible. No era mucho mayor que yo, en realidad nos llevábamos tres años, éramos las jóvenes y brillantes promesas del imperio, los niños de papá como dirían algunas de las secretarias, pero la verdad, de niña pija tenía bien poco, sí, éramos niños bien, pero Ablace había tenido que ganarse a pulso su posición, había trabajado duro no menos que yo, pues por ser quienes éramos nos exigían más que a nadie.  Pero para ser exactos debería decir que más que mi jefe era mi colega. Pues yo poseía más acciones que él y rechacé su puesto por que vi más justo que lo obtuviera él y evitar así mal entendidos de que yo era la directora general por que era la sobrina de tal y cual y la hija del fundador, de todas formas aquello era tan mío como ajeno a mí como de él pese a que algunos pensarán que había cometido la tontería más grande de mi vida.

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