Un paso más hacia la libertad

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Después de terminar con la jornada laboral del día, Mauricio se despidió de sus compañeros para encaminarse hacia el gimnasio. Aunque tenía pesas y algunos aparatos para hacer ejercicios en su propia casa, a veces requería de ciertas máquinas para complementar la rutina diaria de actividad física. Además del fuerte efecto vigorizante producido por los entrenamientos, el chico necesitaba moverse para transformar los efectos nocivos de la angustia en energía positiva.

Desde el día en que se enteró de la llegada de Matías a los Estados Unidos, el equilibrio mental del muchacho se había trastocado. Los deseos de gritar e insultar, de estrellar objetos contra la pared, así como de aislarse por completo, buscaban ser los protagonistas de su personalidad de nuevo. De no haber contado con el apoyo de su terapeuta, de su madre, de Pablo y, sobre todo, de Fiorella, él probablemente se habría hundido en el fango del dolor una vez más.

Unos cuantos minutos después de entrar al local, el joven Escalante ya se había puesto una camiseta sin mangas, unos pantalones de chándal y un par de guantes deportivos. Tras estirarse y calentar, fue en busca de un saco de boxeo. Ese tipo de ejercicios le agradaban porque le permitían mejorar la resistencia al tiempo que desarrollaba agilidad y fuerza en todo el cuerpo. Aunado a ello, era el método más eficaz para desfogar la ira contenida sin dañarse a sí mismo o perjudicar a otras personas.

Cuando la sesión de entrenamiento llegó a su fin, el varón terminó jadeante, algo adolorido y empapado en sudor, pero muy satisfecho. Después de darse una duchar, decidió sentarse sobre una banca de madera para tomar una bebida isotónica y revisar el teléfono. De entre las numerosas notificaciones de las redes sociales que utilizaba, una en particular le sacó una sonrisa enseguida. Su corazón palpitaba más a prisa cada vez que recibía mensajes de voz de Fiorella. La alegría con la que ella le hablaba le recordaba cuán afortunado era de seguir formando parte de su mundo.

—Comida tailandesa, sofá, pijamas, The Witcher, tú y yo. No lo sé, piénsalo —proponía la muchacha, entusiasmada.

Unas palabras tan sencillas como esas bastaban para hacerlo sentirse amado. Además de mostrarle que siempre lo tenía presente con textos, audios y vídeos, la chica se esforzaba por crear oportunidades para acompañarse y realizar actividades de las que ambos disfrutaban. Aun cuando los dos tuviesen una montaña de deberes pendientes, ella siempre encontraba tiempo para compartir. Lejos de fastidiarse por la atención prodigada, Mauricio más bien se pellizcaba de vez en cuando para convencerse de que no estaba soñando.

—Geralt de Rivia y yo aprobamos la moción. Nos vemos en un rato, mi amor —contestó él, animado.

Mientras toda su atención seguía enfocada en la pantalla del móvil, el toque de un dedo sobre su hombro rompió la concentración que tenía. Un leve susto le sobrevino, pues ni siquiera se había percatado del momento en que una mujer se acomodó en la banca. El significado de respetar el espacio personal parecía no existir para ella, pues su pierna descubierta casi rozaba la del joven Escalante. Además, había colocado el generoso escote del sujetador deportivo de manera tal que los ojos masculinos pudiesen contemplarlo en todo su esplendor.

—¡Hola! Me llamo Scarlett. ¿Cuál es tu nombre, guapo? —preguntó ella, con voz aniñada.

A juzgar por la manera en que la chica le sonreía y por los innecesarios ajustes que le hacía al sostén cada pocos segundos, a Mauricio no le resultó nada difícil adivinar cuáles eran sus intenciones. Algún tiempo atrás, tal desparpajo en el comportamiento femenino no le hubiese incomodado en lo más mínimo. La mayoría de las veces, eran las mujeres quienes acudían a buscarlo y no a la inversa. Si lo que él veía le agradaba, iba por ello sin remordimiento alguno. No obstante, los días de encuentros efímeros con cuerpos atractivos sin nombre y sin rostro se habían convertido en sombras difusas del pasado.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora