Capítulo 21

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—No creo que el rector lo permita.

—Por favor —imploré y puse mi mejor cara de perrito abandonado—. Se lo ruego. Solo le dejaré la comida en la puerta y me iré, eso es todo.

La encargada de llevarle las raciones de comida a Damian a la cámara frunció los labios, sopesando mis palabras.

—Solo quiero comprobar que está bien —agregué.

—Lo está.

—Eso es lo que todos me dicen.

La mueca de sus labios se acentuó. Hice un puchero y ella finalmente dejó escapar un suspiro resignado.

—Bien —accedió y casi le salté encima, agradecida—. Pero si el rector se llega a enterar de esto...

—No lo hará —dije con seguridad—. Y si llega a suceder, te juro que no te mencionaré. Diré que me escabullí por mis propios medios. —Levanté una mano a la altura de mi hombro como si estuviera diciendo un juramento.

La encargada me observó un instante con los ojos entrecerrados y luego me tendió la bandeja con la comida de Damian.

—Tendré que darte la tarjeta de pase. Debes devolvérmela apenas regreses, ¿entendido? Y ten mucho cuidado, si alguien te llegase a ver...

—Nadie me verá. Están muy ocupados tratando de no lastimarse por su propia cuenta como para prestarle atención a una chica escuálida que lleva comida en una bandeja.

Puso los ojos en blanco y me pasó la tarjeta por debajo de la tira del sujetador. Quedé un poco sorprendida por la confianza al invadir mi espacio personal, pero no le tomé importancia.

—No te conozco, ni a ti ni al demonio ese, pero los he visto lo suficiente como para saber que tienen una especie de conexión. Así que lo que tengas que decirle, díselo allí. He escuchado a Sharick decir que John está en estado crítico y no reacciona a las medicinas. Si él no llegase a despertar...

—Lo sé —la corté con un nudo en la garganta—. Amos me lo dejó muy claro hace tres días.

La encargada asintió.

—Bien, entonces ve.

Empecé a caminar fuera de la cocina, pero me detuve y di media vuelta.

—Gracias ...

—Cindy.

Sonreí.

—Gracias, Cindy. En serio, gracias.

Cindy rodó los ojos y me empujó fuera.

—Ve rápido. El Centinela debe de estar preguntándose cuanto más voy a tardar en ir. Ah, y ponte esto. —Sacó una pañoleta de algún lugar y me enfundó la cabeza con ella—. Así no te reconocerá tan fácil.

—¿Quién es el Centinela que custodia la entrada? —pregunté.

—Dotch —dijo y me sacó al pasillo de un solo empujón.

—Dotch —dijo y me sacó al pasillo de un solo empujón

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