Capítulo 20

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Rodeé el árbol recién talado y bajé la empinada pendiente de nieve por donde había desaparecido John media hora antes y por donde lo había seguido Elena no hacía mucho. Resbalé sobre el terreno desconocido un par de veces, pero me las apañé para mantenerme en pie estabilizándome con los árboles que sobresalían en la pendiente. Cuando llegué por fin a terreno plano me quedé desorientada, no sabía por dónde habían cogido John y Elena. Creando un altavoz humano con mis manos en torno a mi boca, grité:

—¡ELENA!

Di vueltas en mi lugar recorriendo todo mi alrededor con una mirada frenética hasta que escuché:

—¡BROOKE!

Venía de mi izquierda, así que no perdí más tiempo y corrí en esa dirección. Rodeé un montón de árboles que estorbaban a mitad de camino y salté algunos montones de nieve acumulados hasta que me detuve en un pino que nacía en el borde de un pequeño barranco. No me tomó más de dos segundos avistar a Elena abajo, arrodillada en la orilla de una estrecha quebrada congelada tirando de algo que no lograba ver.

—¿Elena?

La pelinegra giró su cabeza en mi dirección, desde mi posición vi sus ojos anegados en lágrimas, de inmediato supe que algo andaba mal, muy mal. Bajé el barranco de un brinco y aterricé sobre una roca inmensa, plana y resbaladiza. Patiné y caí de rodillas en terreno áspero. Me quejé, pero me levanté y me acerqué a Elena rápidamente.

—¿Qué sucedió? ¿Dónde... —La siguiente pregunta que estaba por articular era: «¿Dónde está John?», pero me detuve cuando estuve lo suficientemente cerca para saber de su paradero.

John estaba regado sobre la nieve con los ojos cerrados, un hilillo de sangre recorría su sien. Me quedé estupefacta, pero lo que me dejó sin aliento fue ver una daga incrustada en la parte inferior de su estómago. El mismo lugar en el que Karina se había acuchillado.

—Dios mío —susurré—. Hay que llevarlo a la enfermería, vamos. —Elena asintió levemente, pero actúo con rapidez y esmero. Entre las dos levantamos a John y nos dispusimos a subir el barranco. Nos costó bastante, pero lo logramos y arriba fue mucho más fácil desplazarnos. Cuando pasamos el pino vi algo que no había avistado al llegar apresurada: en el suelo estaba la bolsa negra que Damian le había dado a John justo antes de salir de los límites; estaba abierta y varias dagas esparcidas alrededor. Fruncí el ceño con recelo, pero no me detuve a recogerla.

Subimos la pendiente con mayor agilidad que con el barranco y cuando estuvimos por fin de regreso a los límites vi a Kian que caminaba hacia nosotras. Al vernos sus ojos se abrieron como platos y echó a correr para alcanzarnos.

—¿Pero qué...?

—No hay tiempo —lo interrumpí cargando con la mitad del peso de John sobre mis hombros—. Quita las salvaguardas.

Asintió con decisión e hizo lo que pedí. Pasamos por fin dentro de los límites y nos apresuramos a la galería. Dando una miradita sobre mi hombro con dificultad, vi a Kian levantando las defensas de nuevo. Había algo distinto en él, pero no fue hasta que llegamos a la enfermería y dejamos a John en manos de Sharick cuando que me di cuenta qué.

No llegaba la gorra puesta.

No llegaba la gorra puesta

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