1. Sueño

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Esa noche soñé con ella. La noche del veintitrés de junio, el día que ella cumpliría treinta y seis años, si la muerte no se la hubiera llevado de una manera violenta e injusta.

En mi imaginación, ella seguía con vida, correteando por casa, con mis camiseta puesta, que le quedaba grande, acentuando sus curvas. Tan Preciosa como la rosa más pura de un jardín.

Llenaba cada rincón de la casa de felicidad con su carácter espontáneo y risueño.

Me sacaba de quicio cada vez que una ronda de preguntas o unas ganas enormes de leer, aprender y conocer sacudían su mente; fruto de la infinita curiosidad que habitaban en ella.

Pero todo eso había terminado, para siempre. Ya todos los libros han perdido el encanto que derrochaba cada letra escrita en sus páginas, pues no hay ningún alma curiosa que las lea.

Los discos que yacen en una estantería reservada sola y únicamente para su persona, se han convertido en decoración y un recuerdo.

Su olor perdura. En las sábanas, en las habitaciones, en su ropa, en la casa y en mi alma.

Hace unas horas, el teléfono sonó, haciendo que mis pensamientos se esfumasen. Puede que estuviera esperando esa llamada desde hace siete horas.

-Buenas noches, ¿Reginald Minns?- La policía al otro lado del teléfono hablaba con un tono nervioso

-Sí, el mismo- respondí yo con voz temblorosa. Aclare mi garganta para despejarla y aclarar la voz.

-Perdone las molestias y las horas, pero me gustaría preguntar si usted es la actual pareja de la señorita Delia Kahn.

-Sí.

-Lamentó tener que darle esta noticia, pero el cuerpo sin vida de su pareja ha sido encontrado en un callejón pegado al club Scaramouche, en Chelsea hace unas dos horas. Necesitamos que venga a comisaría.

Un nudo en mi garganta se formó y no hubo palabra que pudiera salir de mi boca. El pequeño cigarrillo que sujetaba con mi mano izquierda acabó doblándose, hasta romperse y caer de mi mano al suelo. Era una realidad, Delia ya no estaba.

Cogí las llaves del coche y conduje hasta la comisaría, que estaba llena de coches patrulla y las luces rojas y azules iluminaban los árboles que la rodeaban. Un señor de unos cuarenta años se dirigió a mí. Llevaba una gabardina azul marino y tenía un semblante tenso y los rasgos de la cara desolados.

-Señor Minns.- se dirigió a mi y me estrechó la mano.- soy el detective Charles Kipling, estamos investigando el caso de su mujer.

Dije palabras sin abrir la boca y asentí varias veces, analizando cada gesto que Charles hacía. Sus gestos eran nerviosos y apresurados, como si siempre tuviera prisa, pero a la vez se mostraba sereno y hablaba con cierta parsimonia.

-Vera, Reginald, no lo tenemos muy claro todavía, pero la muerte de Delia da indicios de que ha sido un asesinato. Siento tener que darle esta noticia yo, pero es mi obligación informarle.

-Por supuesto, diga lo que tenga que decir.

-Sabemos que el cuerpo pertenece a Delia Kahn, pero por protocolo tiene que acompañarme para reconocer el cadáver.

Charles me dedicó una sonrisa leve, algo triste, y cedí a acompañarle a una sala donde nada más entrar se sentía un ambiente frío y apagado; nunca entenderé por que la llevaron allí y no al hospital, para intentar salvarle la vida, o por lo menos intentarlo.

-¿No debería estar en el hospital y no en una sala de una comisaría?- le dije a Charles.

-Cuando llegamos ya estaba muerta, alguien llamó a la policía, intentamos reanimarla pero ya era inútil.- al pobre hombre se le entrecortaban las palabras; debe de haber notado cierto aire enfadado en mi tono de voz.- Si lo que le preocupa es la autopsia, se la harán mañana a primera hora. No se preocupe.

Él me dio la espalda, entrando en la pequeña sala, que estaba iluminada con fluorescentes blancos.

Sobre una mesa, envuelto en un saco oscuro, había una figura de unos 175 centímetros. Era ella.

El detective se dirigió a donde estaba y abrió la gran funda que la envolvía, dejando ver su rostro dormido, manchado hasta la mitad de sangre, provocado por una perforación en la sien de una bala.

Su rostro se veía tan hermoso como cuando dormía. Su pelo castaño caía sobre sus hombros, y sobre su pecho descansaban sus dos manos colocadas una encima de otra.

-¿Reginald?- me interrumpió Charles.

-Sí, es ella.- al pronunciar la última letra, una lágrima brotó de mis ojos y la sentí corriendo por mi mejilla, hasta que calló sobre la mano de Delia que había sujetado inconscientemente.

-Lo siento.

Limpié mis lágrimas y solté la mano de Delia. Al soltarla sentí como un vacío enorme habitaba en mí.

Una vez fuera de la habitación, un revuelo de voces y personas apresuradas invadieron mis oídos. Ni si quiera pude escuchar lo que el detective Charles me decía. Tuve que apresurarme a salir al exterior de la comisaría para buscar tranquilidad.

-Yo llevare el caso de Delia, ya que ha sido catalogado como asesinato.- me comentaba él.- ahora tengo que avisar a la familia, váyase a descansar, es muy tarde. O temprano, más bien.

Consulte el reloj de mi muñeca y marcaba las 5:06 de la mañana. Habían pasado siete horas desde su muerte. Cuarenta minutos desde que la llamada de la policía me despertó de mi sueño con ella.

Las horas se hacían eternas si no podía acariciarle su pelo suave y del color de la madera, ni mirarla a esos ojos marrones, llenos de bondad e inocencia. Sí, era inocente.

A pesar de que los últimos meses de nuestra relación no eran considerados los más felices del mundo, mi amor perduraba para siempre, guardado solo para ella.

Mientras conducía a casa, solo podía pensar que al llegar, mi hogar estaba solo, le faltaba algo. Faltaba ella.

Prendí un cigarrillo y le di una calada profunda, que se llevaba en el humo todos los pensamientos.

Quizá mañana me despierte y todo esto se convierta en un recuerdo borroso, un sueño.

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