De causas y efectos (Parte III)

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Fiorella permitió que la mano de Mauricio la guiara hasta la puerta del elevador, pues ella no tenía energías para regresar por su cuenta. Después del fuerte choque de emociones que acababa de experimentar, la confusión en su cerebro no dejó lugar para acomodar nuevos pensamientos. Más allá de las funciones involuntarias como parpadear, tragar y respirar, la chica solo fue capaz de coordinar los movimientos de las piernas para seguir el camino trazado por el muchacho. De haber estado en condiciones de hablar, le habría dado las gracias por estar ahí para ayudarla a orientarse.

Cuando la caja metálica empezó a funcionar, ella ni siquiera se percató de eso. Solo supo que habían ascendido al piso correspondiente al percibir la calidez de los dedos masculinos tirando de los suyos. Tenía la boca seca, los ojos le ardían y la cabeza le pesaba como si fuese un saco de cemento. Sentía hambre, sed y náuseas, todo a la vez. Tras el ataque de pánico, nada en su frágil organismo estaba funcionando de manera correcta. Aunque anhelaba sumirse en la dulce inconsciencia del mundo de los sueños, al mismo tiempo le aterraba la posibilidad de revivir las pesadillas apenas cerrara los ojos.

La breve caminata cesó en cuanto estuvieron frente a la entrada del apartamento de la artista. Transcurrieron varios segundos y la inquilina del piso diez no daba señal alguna de reconocer el sitio. Su mirada seguía perdida en algún punto indefinido entre el suelo y la pared opuesta a la puerta. A pesar de que no quería presionarla ni incomodarla, la completa ausencia de reacción en ella obligó al varón a intervenir en la situación.

—Fiore, ya llegamos a tu casa. Es hora de irme, entonces —Tuvo que carraspear para disipar el extraño timbre áspero que adquirió su voz—. Si necesitaras algo, cualquier cosa, no importa el día o la hora que sea, por favor llamame. O por lo menos mandame un mensaje de vez en cuando para saber que estás bien.

Aunque preferiría haber caminado sobre brasas antes que alejarse de la joven Portela, sentía mucha vergüenza de permanecer allí. No podía adivinar cuáles eran los pensamientos y los sentimientos de ella tras escuchar su confesión, pero estaba seguro de que la chica necesitaba espacio. Forzarla a soportar su compañía después de haberla lastimado le parecía una absoluta crueldad. Muy a su pesar, el joven se dio media vuelta para luego empezar a caminar despacio hacia las escaleras que lo llevarían al siguiente piso.

Cada paso dado era un pinchazo que se le incrustaba en el corazón como las púas de un alambre oxidado. Poner distancia entre ellos nunca antes había resultado así de doloroso. Había una fuerza intangible fluyendo desde ella hacia él, acariciándole el alma. Sus huesos parecían imanes que eran atraídos por el campo magnético en los de Fiorella. Sin embargo, se obligó a mirar al frente en todo momento. Un solo vistazo hacia atrás lo haría retroceder de inmediato.

Las últimas frases del chico implicaban una separación por tiempo indefinido que podría convertirse en algo permanente. El breve mensaje con regusto amargo a despedida rotunda, sumado a la descorazonadora imagen de su espalda distanciándose cada vez más, se confabularon para crear una potente bomba de adrenalina en el cuerpo de la muchacha. El espectro del letargo que la poseía salió huyendo despavorido cuando tanto la lengua como las cuerdas vocales de ella decidieron unirse para detener al varón.

—¡No!

El repentino sonido de la voz femenina golpeó los tímpanos de Mauricio cual si fuese un grueso látigo. Aquella palabra tan corta como significativa podía representar la salvación o la condena de quien la oyera. ¿Qué clase de destino aguardaba por él? Haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dejarse dominar por el pánico, el chico se giró sobre los talones con lentitud. ¿Qué hallaría en los grandes ojos de la artista? ¿Ardería en sus pupilas la flama de la esperanza o se empañarían estas bajo la nieve de la desconfianza?

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora