Capítulo 12: Revelaciones

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La rutina diaria en el Templo de la Luz no volvería a ser la misma. El sol ya se alzaba a medio trayecto desde el Este, los monjes habían comenzado sus tareas de adecentamiento del lugar y Felfalas trataba de entablar conversación con Elianne. El elfo nunca había poseído el don de la palabra, ni tampoco el interés por ello, pero se sentía sinceramente apenado por lo que le había tocado presenciar a la muchacha. A fin de cuentas, hace mucho tiempo, él también se había sentido vinculado a alguien; pero de aquello ya solo quedaban los recuerdos. Desde anoche la joven no había articulado palabra alguna, Bernoz no había hecho aparición y el sueño de ninguno de ellos había sido reparador. La joven rubia había descuidado su imagen, a pesar de no ser una chica presumida, siempre adecentaba su trenza y cuidaba de que sus ropajes y su armadura de cuero lucieran decentes. Su cabello caía descuidado sobre su espalda y sus hombros, como siempre llevaba  el cabello recogido, el elfo nunca había reparado en lo largo y ondulado que era. Pequeños y rojos capilares en los celestes ojos de la guerrera daban constancia del llanto que se había prolongado durante toda la noche, la piel del zorro del elfo aún envolvía su robusto cuerpo y aún quedaba algún que otro pétalo de las rojas coronas de flores que anoche le colocaron sobre el cuerpo.

—¿Tienes hambre?— dijo Felfalas situándose al lado de Elianne.

Ella continuó con la mirada perdida, no movió ni un músculo facial. Los instantes se dilataron y la joven no pronunciaba palabra. Tras esperar  un tiempo prudencial, Felfalas decidió dejarla a solas con sus pensamientos. Hay momentos en la vida en los que uno debe curarse a sí mismo, pensó él mismo.

Sus pasos le llevaron al exterior del inmaculado templo, el mosaico plateado brillaba con la luz del sol dándole el aspecto de una piedra preciosa. Desde luego era una arquitectura majestuosa, una verdadera joya terrena. Los monjes perdidos y algo desmotivados trataban de retomar la limpieza del templo, lucía incluso más ordenado y limpio que anteriormente aunque casi no podía apreciarse la diferencia. Felfalas no podía quitarse las sensaciones que había experimentado la noche anterior, ¿cómo era posible  que el flujo de energía quedara bloqueado? Se sintió débil y completamente abandonado por Madre, jamás había experimentado un sentimiento tan desolador. Fuera como fuere aquellos monjes habían encontrado un modo de bloquear la entrada del Maestro a su propio templo, y la peor parte es que parecía que no habían sido conscientes de ello. Fue en el preciso instante en el que aquella urna de sangre fue destruida cuando el zorro blanco de siete colas apareció como de la nada, ¿estarían mintiendo aquellos monjes que parecían tan avergonzados? ¿Por qué el Maestro aún no se había pronunciado al respecto? Desde anoche, el Guardián despierto se había retirado a la reflexión y aún no había entablado conversación con sus adeptos, nadie osaba perturbar  su meditación y los monjes y aprendices parecían temerosos de la decisión que de seguro tomaría con respecto a las actividades que se habían llevado a cabo en la montaña sagrada durante su ausencia.  Felfalas continuó caminando hacia el exterior del templo, al igual que el templo de Xiafang y el resto de templos que perdidos en la región de las mil montañas ofrecían refugio y disciplina en Zharan-Ilah, el Templo de la Luz quedaba sumergido entre la vegetación del monte en el que se había erigido. Una vez el templo quedó atrás, el elfo agradeció perderse entre el follaje del monte, cerró los ojos y dejó que Madre volviera a él como un poderoso torrente. El murmullo de los arroyos despertaron sus ensoñaciones más profundas, volvió a Bestfilien, a su tierra, volvió a ver a los Altos y a su corte, volvió a ver a su padre y al resto de su parentela, ¿cuánto tiempo había pasado desde el Exilio? Ya apenas llevaba la cuenta, en lugar de unirse a una manada y recorrer los bosques bajo el apoyo de otros elfos, decidió emprender su camino en solitario. Porque la existencia sin ella ya no tenía sentido, pensó para sí amargamente. Vagó por el mundo sin objetivo ni causa a la que apoyar, conoció y se mezcló con gentes de todo tipo y condición además de refinar sus capacidades que le fueron dadas al nacer. Él no eligió recibir el "don" de Madre, le fue dado y en consecuencia debía de tomar la responsabilidad de protegerla por encima de sus propios intereses, por ello no se rindió y decidió que su existencia en el mundo aún tenía que desempeñar algún valioso papel. Y ese papel se le había revelado sin percatarse siquiera largo tiempo atrás, en la ciudad más poderosa del antiguo Imperio, a la que ahora llaman Vieja Vrunni.

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