Capítulo 30

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 apítulo 30

La única y predominante razón que había causado la súbita adjudicación del honor de ser maestra a Francine no se trataba sino de su don antinatural, basado en la predicción del futuro y sus profundas y certeras artes en el mundo del combate.

La primera manifestación de su don había sido a través de una sencilla apuesta con su hermano gemelo, Frank. El búlgaro de deslumbrantes ojos verdes había sido el detonante que había incitado la explosión de la pequeña y pelirroja bomba.

Apostemos, Cisne -había dicho el resuelto Frank con una sonrisa de suficiencia, remarcando el apodo de su hermana.

¿Lo qué, Ant?

Mamá y papá han salido para acabar con la masacre de hadas que están atacando la Cúpula. Yo apuesto que van a matar entre cien y ciento cincuenta hadas entre ellos dos solos. ¿Tú?

Francine se había reído del comentario de su gemelo, mas en ese momento no podía augurar qué número exacto de hadas podrían llegar a matar entre ambos. Tenía un ligero presentimiento.

Recordaba que Frank le había dado como tiempo límite hasta la caída del sol, donde recibirían la llegada de sus padres con ilusión. Pero las señales llegaron mucho antes.

Tan pronto estrecharse las manos, Un hombre vestido con corbata y gabardina había pasado corriendo con los nervios a flor de piel. "78 pasos a la izquierda, ¿a quién se le ocurre? Menuda estupidez...", se repetía en voz levemente alta con un matiz enfurecido.

Francine había decidido seguirle el juego al hombre y desde su posición había caminado 78 pasos hacia la izquierda con el súbito interés tiñendo sus facciones. "Uno, dos, tres... Cuarenta, cuarenta y dos... Sesenta y cuatro, sesenta y cinco... Setenta y siete, setenta y ocho", exclamó con la vista fija en el suelo y deteniéndose en el acto.

Alzó la cabeza y se encontró con una puerta envejecida de sinuosos mosaicos adornando el marco con relieve en oro. En la placa lucía un enorme 78 y al lado el nombre de la Srta. Necfy.

Francine sintió el impulso de tocar a la puerta y descubrir la identidad de la señorita Necfy, más una mano en su hombro la retuvo varios minutos.

Cisne, ¿se puede saber qué haces? - la voz de su gemelo le ingirió cierta confianza y antes de explicarle sus propósitos, la envejecida puerta se abrió dejándoles vía libre a su curiosidad.

Entremos -dijo Francine motivada por una emoción extraña y llevadera.

Frank tuvo que seguirla movido por un haz de protección hacia su hermana, así que ambos se tomaron de las manos y se sumergieron en aquella casa propiedad de la señorita Nefcy.

Lo que no sabían es que minutos después, Cisne ya no sería la misma.

El olor a jazmín y lavanda de aquella casa les trajo sumos recuerdos a ambos gemelos. Como el campo de su abuela Amaru, la cual había muerto en un ataque de ángeles hacia años.

Suponía que. Color oscuro de la madera y la caldera que al fondo de la sala principal rezumaba un espeso líquido verde no les dio buenas expectativas, a pesar de los nostálgicos olores de la estancia.

Frank disiumlaba su desagrado con una sonrisa torcida mientras Francine estudiaba lo poco q        que se lograba atisbar con el ceño levemente fruncido.

Cisne distinguió en ese momento una figura de una sirena de oro y plta con las escamas de un sutil tono coral. Se dirigió a ella atraída por la belleza que rezumaba, recordando las palabras de su madre: "Son sueños, ilusiones, y nosotros debemos acabar con ellos".

La sirena se hallaba sentada sobre una piedra cuadrada con una placa dorada fija en ella. 

"Año 78 d.C", con letras plateadas destacaba sobre la pulida placa.

Frank por su contra se había sentido atraído por la caldera humeante y había sumergido un dedo en el líquido dispuesto a probarlo.

-No te aconsejaría hacer eso, chico -una voz de mujer le llegó suave y serena, deteniendo sus actos en el intento- A no ser que tu deseo sea morir envenenado -añadió burlona.

TRas una puerta de madera de haya surgió la figura de una mujer anciana de largo cabello plateado y ojos negros, profundos y terroríficos. Su rostro surcado por numerosas arrugas sonreía cínicamente. Tenía la espalda levemente encorvada y caminaba ayudándose de un gran bastón que producía toqueteos en el suelo al apoyar.

Frank fue a refugiarse junto su hermana gemela con el miedo pintado en el rostro.

-No temas, solo soy una vieja anciana de sueños inalcanzables.

No supo si fue por su sonrisa o su tono sarcástico pero Frank, temió el posible significado del segundo sentido de sus palabras.

Frank pocas veces se sentía realmente expuesto ante un gran peligro, y esa era una de esas veces. La sonrisa amable que la señora le dedicaba a su gemela no hacía más que ponerle nervioso, mientras que Francine permanecía en su sitio inmóvil. Frank quiso despertarla de su ensoñación, y lo habría hecho sino fuera porque de una manera inexplicable vislumbró un hilo de luz que atravesaba el corazón de la mujer  hasta llegar a su hermana, la cual lo sujetaba con dos de sus finos dedos.

-Cisne, ¿qué diablos haces? ¡Suelta eso ya! -le urgió Frank con un efusivo levantamiento de brazos.

La señora clavó su opaca mirada en el angustiado rostro de Frank y le dedicó una de sus peores muecas despreciativas mientras Francine temblaba bajo el agarre del hilo tintineante.

Frank, horroizado, alargó el brazo hasta coger una de las figuritas expuestas en la mesa alargada de madera y la lanzó hasta golpear a la mujer en el brazo, la cual soltó un terrible alarido de dolor.

-Vámonos. Salgamos de aquí.

Francine aceptó la liviana orden de su gemelo y echó a andar hacia la puerta manteniendo ligero contacto visual con la señora. Frank la oligó a apurar el paso hasta que por fin llegaron a la puerta.

Francine se detuvo en seco movida por un resorte y atisbó a ver a la mujer extendiendo la mano con uan sonrisa diabólica. De súbito, un chisporrteo de luz blanca salió disparado de entre sus dedos.

Veloz, certero, preciso, letal.

Francine no pensó en lo que hacía y se colocó frente su hermano protegiéndolo del inminente peligro. La mujer, al ver a Francine como el objetivo de su hechizo, intentó detenerlo pero fue demasiado tarde.

El chorro de luz golpeó a Francine en el pecho y la impulsó hacia atrás hasta chocar cntra la fría y dura pared de piedra. El desastroso grito de Frank ensordeció los oídos de la mujer mientras este se lanzaba al suelo esperando encontrar un atisbo de vida en su gemela.

Sus llantos incontrolados fueron un durgo golpe para la señora mientras escuchaba el tenue latido del corazón de la niña, el cual quedó totalmente mudo en el momento en el que Frank posó su frente sobre la de su hermana.

La muerte de la pequeña pelirroja era ya un hecho.

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