Capítulo 01 - LA ENTREVISTA DE TRABAJO

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–Entonces... ¿cómo dice usted que se llama?

–Me llamo Carlos Abel López Requena.

–Ya, eso ya me lo ha dicho antes. Lo que sucede es que según su currículo y su documento nacional de identidad usted se llama... em, Polla Pesebre ¿Es eso cierto?

–No. Bueno, sí... la verdad es que es una larga historia, créame.

–Le aseguro que tengo curiosidad y aún dispongo de tiempo... ¿De verdad se llama usted Polla Pesebre?

–Sí, verá... la culpa fue del tío del registro. Ya sabe, como de costumbre. José Francisco Campos Heredia, el notario, era vecino de mis padres y digamos que, así a grandes trazos, una noche en la que mi padre y él volvían borrachos a casa pillaron a mi madre en volandas y le echaron un snoop dog. Parece ser que por falta de precaución se lo montaron sin preservativo, ya que de aquellas la gente era muy pudorosa como para entrar en una farmacia a pedir condones y, claro, la mujer quedó encinta. Tras el proceso de gestación, varios meses más tarde, nací yo y todo eso...

– ¿Dice usted que le echaron un snoop dog a su madre?

–Sí.

–Y eso... ¿Qué diablos significa?

–Pues que se la follaron a medias, usted ya me entiende. Primero uno por el coño y el otro dándole por el culo; o uno por la boca y el otro por el culo; o los dos a la vez por el coño y luego le enchufaban las pollas en la boca y le iban soltando la lef...

– ¡Ya hombre, ya! ¡Ya basta! Le aseguro que con eso es mucho más que suficiente para que pueda hacerme una idea.

–Pues eso es lo que significa echar un snoop dog. Por lo visto mis padres se traían un pique a muerte con lo del tema de la paternidad dado que al parecer mi madre estaba tope de buena, y nada, al final cada uno me puso el nombre que buenamente les salió de las pelotas una vez llegó el momento de inscribirme en el libro de familia. Según me contaron las viejas del bar Faro, se especulaba que fue el tío del registro quien de los dos fecundó el óvulo, así que en su privilegio paterno optó por llamarme Polla, pues así se llamaba su fiel perro labrador. Pesebre me lo puso el padre que me crió, porque era el apellido de soltera de su abuela la tuerta a la que guardaba mucho cariño. Mi padre no biológico siempre había sido un mierdas, supongo que por eso mismo compartía a su mujer. Con el tiempo, José Francisco Campos Heredia decidió abandonar la comuna hippie donde vivían los tres, mi madre mi padre y él, para hacerse cabeza de lista en un partido de ultra-derecha. Tras la decepción que supuso la conducta de mi viejo para el resto de los piojosos, mi madre optó por perderle voluntariamente de vista aunque, la verdad sea dicha, estoy seguro que de los dos él era su favorito.

–Y, sólo por curiosidad... ¿Por qué demonios continúa usted manteniendo ese nombre tan ridículo y desagradable?

– ¿Cuál? ¿Carlos Abel?

–No hombre, no. Joder, el de Polla Pesebre digo...

–Ah... ya, es que en realidad casi nadie me llama así. Mis colegas me llaman Talentus.

–Oh, vaya... ¡Talentus!

–Como le decía, mi segundo padre, por llamarle de alguna manera puesto que en realidad tengo entendido que éste jamás llegó a penetrar vaginalmente a mi madre, fue quien me brindó sus apellidos... y Carlos Abel se me ocurrió a mí en una tarde de domingo mientras contemplaba el atardecer en medio de un bosque de abedules; por eso me hago llamar Carlos Abel López Requena, que como comprenderá es menos agresivo para mi autoestima que hacerme llamar en público Polla Pesebre.

MARICONES DEL ESPACIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora