Maldición I. Las criaturas de la noche

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Las criaturas de la noche

Libro 

I

Introducción

Todo empezó durante las noches, cuando contemplé las criaturas voladoras. En un principio pensé que eran imaginaciones mías: fantasías del profesor William Asghor, decano en la Facultad de Letras de Zoira que, antes de obsesionarse con esas cosas, impartía clases de Literatura. Sin embargo, con el tiempo descubrí algo más. 

Siempre me interesó la historia sobre la creación de nuestro mundo, nuestra prehistoria y los que para muchos no eran más que cuentos. 

La ciencia nos decía que Aine había sido creada por un big bang y yo, como otros, siempre lo creí, ¿por qué no? La ciencia había reproducido en ocasiones pequeños big bang y demostrado cómo la explosión de éstos formaba, a partir de la energía desatada, partículas que se combinaban con la apariencia de un pequeño planeta que con el tiempo evolucionaría hasta ser como el nuestro. Sin embargo, preferíamos la historia mágica en la que muchos creíamos o al menos nos gustaba hacerlo. Ella hablaba sobre los Dioses que un día ocuparon nuestro mundo, los primeros habitantes que pisaron la tierra, creados también a partir de potente energía; seres poderosos, dotados de poderes mágicos, además de inmortalidad. 

La historia decía que tres Dioses nacieron de la explosión que creó nuestro mundo: Almos, Remiel y Aislin. 

Dos Dioses y una Diosa de quienes, además, nacieron los sentimientos de la amistad, amor y odio. La pasión entre Remiel y Aislin fue compartida desde un principio, se enamoraron, y fruto de su amor nació su hija.  

Almos no tenía suficiente con la amistad. No soportaba la felicidad de la pareja; deseaba a la Diosa para él, pues a pesar de que la vida siguió, al igual que la vida humana y muchas jóvenes se decantaban por el atractivo Dios, él no deseaba a ninguna, tan solo a Aislin.  

Con los años, el sentimiento de Almos creció convirtiéndose en rabia, e intentó hacer suya a Aislin por la fuerza; en el forcejeo, la Diosa resultó herida de gravedad y finalmente murió. 

Los Dioses se enfrentaron; su contienda fue descomunal y de terribles consecuencias, causando un gran daño a humanos inocentes, devastando el paisaje, y asolando la tierra.  

Solo hubo un ganador: Remiel. 

La poderosa divinidad vio saciado su sentimiento de ira e intentó seguir adelante educando a su hija, pero desde que su poder fuera revelado ante los simples humanos, todos le temieron. Estaban aterrados, murmuraban a su espalda y eso provocaba continuos conflictos. Su hija se peleaba con todo aquel que osara insultarla o hacerle algún gesto de desdén. Por ello, Remiel tomó una decisión. 

Gracias a manuscritos antiguos he encontrado testimonios sobre lo que en verdad ocurrió a Remiel y su hija, cuyo nombre desconozco. Muchos de mis compañeros se reían de mí cuando en la facultad dedicaba mi tiempo a buscar en la red textos antiguos. Ellos me decían que simplemente eran cuentos, leyendas sin ninguna autenticidad; pero finalmente encontré explicaciones a lo acontecido que ahora, unidas a lo que vi en la noche, pienso esconden una realidad que aún perdura, y que algo grave puede ocurrir si no desentraño lo que está sucediendo... 

Para el Dios la situación se volvió caótica; los humanos le temían, como también a las criaturas que dominaba y creaba, y una gran tristeza se apoderó de él. Todo le recordaba a su amada y, aunque había hecho mucho bien por la humanidad, también era el culpable de la primera guerra... y de sus consecuencias. 

Sobre su desaparición hay muchas versiones. La que más veces he llegado a leer es que Remiel, con sus súbditos y criaturas, se evaporó en un haz de luz azul y que a partir de ese día todas las noches -privadas de luna hasta aquel acontecimiento-, eran ocupadas por el astro azul. Se decía que en realidad era Remiel, que vigilaba el mundo donde conoció el amor, esperando, quizá, que Aislin volviera reencarnada. 

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