Capítulo 20

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Eberhad.

Ubicación desconocida.
Dagna Zweig

Qué pesada era mi vida.

La chica divertida que sólo se preocupaba por los tramas de sus series favoritas en Netflix, desparecía con el pasar de los días. Sólo quedaban los buenos, increíbles y locos momentos que Admes se encargó de darme. Es de humanos equivocarse, esa tonta frase me golpeaba el pecho con un estilo bien masoquista, yo era una experta en tomar rutas equivocadas, y aunque mi santo juicio cambiara, convirtiéndome en un ser más sensato, no podía volver atrás, estaba viviendo la tercera ley de Newton.

Mis acciones tuvieron pésimas reacciones.

La noche en la que encontré a Haiol en la estación, debí esperar las respuestas de la policía, como lo haría cualquier chica asustadiza. Pero no, tuve que ayudar al chico mugroso y herido, que además de sucio era atractivo, no omitiendo el papel de muerto andante que fingió muy bien. Era demasiado tarde para darme cuenta que el problema no comenzó con los Holbein, ellos ni siquiera me perseguían, yo me involucré en sus vidas para confirmar esa mala fama de la que Haiol y Admes hablaban. Aunque, quizá Heng disfrutó de mi carencia de neuronas para reaccionar, después de todo él era otro mentiroso que intentaba tomarme como reemplazo.

Kerstin, Heine, la chica hermosa de ojos grises que resultó ser más que una mala amiga, mi media hermana, la única razón que me dio importancia ante un trío de sujetos atractivos: Heng, Admes y Bress.

Haiol nunca se enamoró de ella, mucho menos esperaba que sintiera algo por mí. Únicamente le fui útil en su momento, hasta el día anterior para ser exacta. Y las cosas no terminaron muy bien para todos, él estaba colapsando, yo me enteré que el señor Holbein ordenó que mataran a su propio hijo, me sedaron, nos llevaron lejos y decidieron abandonarnos casi en medio de la nada. Un lugar desconocido donde desperté gracias al cantar de las aves y el olor a tierra mojada.

Al principio, entre mi exquisito sueño creí que descansaba cómodamente en mi recámara, y como de costumbre di vueltas a los lados buscando la mejor comodidad, pero, aquí vienen los segundos inquietantes, porque al estirarme sentí que toqué algo... como un rostro.

¡Y yo no amanezco con alguien que no sea mi sensual soledad!

Abrí mis ojos y pegué un grito que hizo eco en el verdoso ambiente, donde nos encontrábamos acostados Kahler y yo. Miraba los frondosos árboles y después arrugaba mis cejas al ver como un soñoliento Kahler me daba una mirada más extraña que la mía en ese instante.

— Parece que escapamos de un cuento — fue lo primero que dije en relación a nuestro vestir, aún usábamos los absurdos disfraces con vómito compartido.

— Tantos lugares en el país y se les ocurrió dejarnos en éste — me dijo adormitado—. ¿Sabes dónde estamos?

— Iba a preguntarte lo mismo.

— Me alegra haber sido el primero, odio que creas que puedes resolverlo todo cuando no sabes nada realmente — se acomodó en el pasto para sacarse las botas.

Miré mis pies, estaba descalza. ¡Esos infelices me dejaron sin calzado!

— Odio que me odies por creer que puedo resolverlo todo, cuando en realidad no sabes nada de mí.

Él comenzó a reírse mientras buscaba algo dentro de sus botas, tenía el cabello castaño algo desordenado, era la primer vez que lucía despistado, incluso su cabello lacio estaba pagando las consecuencias, sus ojos azules seguían atentos en las botas, parecía que por fin estaba encontrando lo que buscaba y eso lo ponía feliz.

Estación Holbein © [Completa ✔]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora