Capítulo 2

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Sangraba en negro. Era una curioso pensar en ello. Estaba sangrando y mi sangre era negra. Bueno, estaba claro que en realidad no era negra, pero yo la veía negra.

-¡Te has cortado! -exclamó Julie a mi lado-. Pero corre, ¡mete el dedo bajo el agua en el fregadero!

Me quedé mirando un instante mi dedo sangrante antes de hacerle caso. Estaba cortando unos tomates para la ensalada que íbamos a comer. Julie se encargaba de cortar las cebollas, nunca le habían hecho llorar. Yo, sinceramente, odiaba cortar cebollas. Todo era diferente en blanco y negro. No me parecía real. Parecía demasiado real, tal vez. Es difícil explicarlo. Estaba cortando unos tomates grises y me hice un corte en el dedo y sangré negro. Podrían escribirse muchas teorías acerca del color, pero era mejor escribirlas sobre la escala de grises. Por el momento, pensaba que iba a costarme acostumbrarme. Ya me lo había dicho el doctor esa mañana. Era todo muy raro, como cuando estás mareado y todo lo que sucede a tu alrededor te parece que va a cámara lenta. Solo que no se trataba de velocidad.

Julie vino con una tirita gris y me ayudó a curarme el corte. No era muy profundo, pero no sé qué tienen los dedos, que sangran tanto. Son como fuentes eternas de sangre. La verdad es que no me dolía mucho. No, no había sido nada grave, aunque sangrara tanto. Julie me echó un poco de alcohol y he de admitir que eso sí que dolió, aunque luego ella sopló suavemente hacia la herida y eso alivió el dolor por completo. Cuando tuve la tirita protegiendo la herida, seguí cortando tomates como si nada. La ensalada estaba tan rica como siempre, a pesar de ser gris. Porque la lechuga no sabe verde y el tomate no sabe rojo. Porque el sabor es un sentido del que nos podemos fiar. No es como la vista, a la que los colores engañan.

El primer plato fue la ensalada, sin colores pero llena de sabor. De segundo plato tomamos unos pimientos verdes y unos espárragos trigueros a la plancha. Sí, era todo verde, pero todo gris. Todo lleno de sabor. De postre, dos kiwis. Sí, Julie y yo somos vegetarianos, así que no comemos carne. Ni carne roja ni carne blanca. Ni carne en blanco y negro. Yo sí tomo huevos y leche, aunque Julie es vegana, no los toma. Hay quien piensa que no es sano alimentarse sin carne, pero la verdad es que tanto Julie como yo gozamos de una salud estupenda. Y ninguno de los dos echamos de menos la carne. Olvidarnos de ella fue una decisión que hicimos juntos y de la que nos sentimos muy orgullosos. Sentimos que con este pequeño gesto ayudamos a hacer de este mundo un lugar mejor, un lugar en el que no hace falta quitarle la vida a otro para alimentarse.

-Vamos a jugar a un juego -dijo Julie.

Ya habíamos terminado de comer y estábamos sentados en el sofá del salón. Me miró con un gesto sonriente, con esa sonrisa suya que tanto me enamora.

-Tu dirás.

-Está bien. Te voy a ir señalando cosas y me tienes que decir de qué color son, ¿vale?

-Está bien -dije-. Adelante.

Se señaló la camiseta que llevaba puesta.

-A ver, esta camiseta. ¿De qué color es?

-Verde -dije sin dudarlo.

Ella pareció decepcionada.

-No vale, ya sabías que era verde -dijo, forzando la voz como si fuera una niña enfadada.

-Es que esa camiseta te gusta mucho. Prueba con algo que no sepa de qué color es.

-Mmm... vale -dijo, y se levantó para salir del salón.

Un momento después apareció con cuatro zapatillas. Eran unas Converse All Star, unas zapatillas que nos gustan bastante a los dos. Entre los dos tenemos unos quince pares distintos. Esas cuatro zapatillas eran suyas, según podía deducir por el tamaño. Aunque los colores no los tenía nada claros. Para mí eran todos grises, aunque una era de un gris bastante más claro que las otras tres. Colocó las zapatillas en el suelo y me dio una.

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