Historias de Eilidh

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-¡Mira Corín, que preciosidad!-exclamó Miranda, con la vista al frente. 

Corín dedicó una sonrisa a su tía y observó. Los bosques se explayaban hasta donde la vista alcanzaba y a través de la arboleda podía ver especies de animales hasta el momento únicamente vistas en libros. Divertida bajó la ventanilla unos centímetros, disfrutando de la brisa de la naturaleza haciendo que sus cabellos rubios se agitaran con gracia.  

Permaneció asomada durante un instante, hasta que la claridad de sus ojos grises comenzó a ensombrecerse debido a las lágrimas, y volvió a su asiento. Su risa inundó el interior del coche y su tía le acompañó. 

Corín era una chica de doce años, alta y delgada; normal podría decirse, aunque ella siempre había pensado que no era así. Quizá fuera por esas extrañas fantasías pobladas de plantas que no existían y criaturas jamás imaginadas. 

-¡Este lugar será genial! -añadió dirigiéndose a su tía, quien le dedicó una sonrisa-. ¿Cómo dices que se llama nuestro nuevo hogar? 

-¡Aldea de los Almendros! 

-Extraña manera de llamar a una urbanización. 

-Lo sé, pero te gustará. Es una pequeña urbanización rodeada de Almendros, de ahí que haya sido bautizada con un nombre tan peculiar -explicó sin apartar la vista de la carretera-. Ahora estamos en verano, pero con la primavera florecerán y estoy segura de que disfrutarás de sus flores. Son rosas, pequeñas, muy bonitas, y hacen que el paraje sea más alegre. 

-¡Hay más urbanizaciones! -exclamó sorprendida al pasar por delante de otra y después una más. 

-Estamos llegando. Al norte de nuestra nueva casa hay otra urbanización que recibe el nombre de Aldea de los Sauces. A diferencia de a la que nos dirigimos nosotras, está rodeada de sauces debido a la cercanía de un lago. Y por último Aldea de los Robles. Es la más alejada de todas. 

Corín volvió a reír y ansiosa fijó la mirada al norte, donde tras una curva ya veía la zona en la que vivirían por no sabía cuánto tiempo, aunque deseaba que fuera para siempre. Estaba más que cansada de viajar continuamente, cambiar de un lado para otro e intentar hacer amigos a cada ciudad donde llegaba, para cuando por fin entablar amistar, acabar mudándose a otra ciudad. Es cierto que hoy en día las redes sociales y los correos hacían más fácil la comunicación de personas que vivían alejada, pero Corín había comprobado que al principio si mantenía el contacto con las personas conocidas y poco a poco las conversaciones duraban menos, había menos correos, hasta que todo contacto terminada. Y esperaba que eso cambiase. En las últimas ciudades donde había vivido ni siquiera se había molestado en entablar amistad con nadie. 

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando su tía giró bruscamente, después otra vez y algo impactó con el coche. 

-¿Estás bien? -preguntó Miranda.  

Corín asintió, encogida en su asiento y cuando alzó la vista vio la luna estallada por un extraño ser. Era un ave de plumaje negro con betas grisáceas. Su cabeza era parecida a la de un búho con grandes ojos en color ámbar. Podría ser un extraño pájaro que poblase esa zona, a pesar de que Corín nunca había visto nada parecido pues en su cabeza irrumpían dos pequeños cuernos y su pico, además de rojo, estaba lleno de pequeños colmillos.  

Ambas se desabrocharon los cinturones y al bajar comprobaron el aspecto del ave. 

-¿Qué le habrá pasado? -preguntó inquieta-. ¿Qué es? Nunca he visto nada como esto... 

-Nada bueno-murmuró Miranda, buscando entre las brumas y fue tras un árbol donde visualizó una sombra negra que se agitaba como si fuera humo, para al instante desaparecer-.Cuernusvus -susurró la mujer sin dejar de mirar el ave. Recibía ese nombre y poblaba un lugar muy lejano, del que creía que nunca más vería sus espantosas criaturas-. Vamos Corín, sigamos caminando, llamaré a alguien para que venga a por el coche. Estoy segura de que no somos las únicas que nos hemos topado con... -se interrumpió al mirar el animal, ya que no sabía cómo llamarlo-. Esta cosa... 

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