Maldición III. En las garras del pasado

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En las garras del pasado

Libro 

III

Introducción

Las entrañas de Aine -una tierra bella y terrorífica a la vez- aún curaba sus heridas a pesar de haber trascurrido dos meses del duelo entre Shaina y Arima. El reinado de Remiel y Arima comenzó por entonces y los habitantes de las entrañas intuían que pronto volverían a conocer la paz más absoluta; una que se les arrebató con el imperio de Eremus. 

La pareja, separada tras un largo periodo, recuperó el tiempo perdido alimentando su amor. Su felicidad era plena, mas no olvidaban su misión: mantener el equilibro entre las entrañas y Aine y por supuesto, vigilar a Almos. 

El tercero de los Dioses -que nació con ellos durante la creación de Aine- yacía en un nivel inferior gracias a la fuerza de Remiel. Pero Almos era rencoroso, fuerte; anhelaba su liberación y para ello utilizaba todo su poder con tal de verse libre. Por el momento, Remiel y Arima lograban mantenerlo a raya; unidos eran muy poderosos. Sin embargo, olvidaban a Shaina y Eremus, que desheredados por Remiel, buscaban venganza.

Desde que los hermanos Mallister informaran a Remiel de todo cuanto hizo Shaina en Aine, esta vivía recluida en una habitación de la torre. La misma estructura donde su padre coexistió confinado por la tristeza que le causó la pérdida de su amada. Mas no era el único; Eremus se había ganado la desconfianza de su progenitor al trasformar las entrañas en todo cuanto él detestaba y encerrando a sus bellas criaturas en jaulas. Sin embargo, su hijo varón no recibió un castigo tan duro como el de su hermana. La Diosa lucía grilletes que inutilizaban su poder; no era la única prohibición, ya que era vigilada constantemente por los siervos de la divinidad. 

El daño provocado por Shaina era irreparable a ojos de Remiel. No estaba dispuesto a perdonarla. Temía que lograse escapar, volviera a la superficie, se alimentara de humanos y los trasformara; tal como sucedió con los hermanos Mallister. 

Al contrario que su hermana, Eremus únicamente era vigilado. Aún poseía poderes y también algo que ignoraba el Dios: la confianza de algunas criaturas que hasta no hacía mucho fueron sus más fervientes siervos. 

Los meses de encierro estrecharon los lazos de amistad entre Shaina y Eremus e incluso se dieron una oportunidad para conocerse mejor, descubriendo de esa manera pasiones en común. Sus ansias por ver Aine eran compartidas, en especial en Eremus, que aún no había pisado la superficie. La pareja deseaba vivir rodeada de humanos vitales a los que absorber energía y un lugar donde utilizar sus poderes sin ninguna prohibición. 

Pero para llevar a cabo su plan, necesitaban ayuda y el único que podía liberarlos era: ¡Almos!

Esa mañana -como todas desde su encierro- Shaina deslizó sus manos por un espejo de cuerpo entero, colocado en un rincón de su amplia habitación. Lucía un aspecto esbelto, bello, a pesar de la reclusión. Su figura seguía siendo de admirar; curvas voluptuosas, largas piernas y grandes senos que casi quedaban a traslucir debido al delicado vestido azul que lucía. En su cabello negro y rizado destacaban algunas vetas en tonos violáceos. Sus rasgos eran duros, llamativos, aunque mucho más sus ojos: azul cobalto, símbolo de su condición como Diosa. 

Cuando las largas uñas de la divinidad rozaron la superficie de cristal, este abandonó su rigidez y comenzó a agitarse como si de aguas revueltas se tratara. Mientras lo hacía, Shaina se acomodó en un montón de cojines colocados frente al mismo. El extraño efecto en el espejo continuaba, pero ahora distintos colores se diferenciaban en él: rojo, dorado, tonos azulados, verdosos que tras unos segundos adquirieron forma. Tyrel y Dairine aparecieron en el vidrio. 

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