Maldición II. La amenaza de las sombras

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La amenaza de las sombras

Libro 

II

Introducción

El tiempo se ha hecho eterno desde que descendí a las entrañas de Aine con un propósito: demostrar mi cordura a los que me tachaban de loco.  

En mi precipitada vuelta a mi mundo, escalo las rocas con mi amada Sarah aferrada a mi espalda. Fue por ella por quien empecé este viaje, por desentrañar los secretos que mis visiones nocturnas insinuaban. Por descubrir si en verdad estaba trastornado y mis teorías sobre un mundo existente bajo el nuestro eran solo un producto de mi desvarío.  

Estaba en lo cierto. He encontrado un lugar que desearía no haber conocido. Pero en ese inhóspito mundo también he encontrado a mi querida Sarah, a la que creía muerta. Se sujeta con fuerza a mi espalda. Su respiración es normal y eso me tranquiliza. La encontré mal herida, con múltiples quemaduras causadas, según ella me ha explicado, por la luna azul del dios Remiel, señor de este mundo maldito... 

De hecho, los últimos acontecimientos han sucedido con tal rapidez que aún no he conseguido asimilarlos. De sentirme a salvo en la torre del dios, he pasado poco después a huir sin respiro, perseguido y acosado por horrorosos engendros. 

Asustado miro hacia abajo y en ocasiones creo apreciar movimientos. Deben de seguirnos, por lo que acelero mucho más mi ascensión. Aún no llego a ver la cúpula que me dará paso a mi mundo cuando el sol y la luna hagan su diario intercambio. Pero eso no frena mi subida, sino que la apresura. 

Mis manos se aferran a una roca, después a otra. No me detengo en ningún momento, espoleado por la premura de sacar a Sarah de aquí, aunque pensar en ella me provoca una continua desazón. ¡Es tan extraño lo que me cuenta! Ella dice que la secuestraron, que las estirges la llevaron bajo tierra, pero yo creí ver su cuerpo despedazado...  

Quizá si no sintiera tan familiar la presión de su cuerpo contra mi espalda, si no me hubiera comentado nuestros detalles más íntimos, pensaría que no es ella. Hay algo en su aspecto r diferente: sus ojos.  

Nunca tuvo una mirada expresiva ni atrayente. Sus ojos eran negros como el carbón, de un negro apagado que le daba cierto aire de misterio. En cambio ahora son de un intenso azul cobalto y cada vez que los miro me siento como engullido por ellos; todo cuanto hay a mí alrededor desaparece. Pero este cambio tal vez ha sido provocado por su estancia de meses bajo tierra... 

De repente mis pensamientos son interrumpidos por un fuerte zumbido. Cuando miro hacia abajo observo un enjambre de seres negros que viene a por nosotros. Con una mano aferrada a la roca, intento inútilmente espantarlos agitando la otra. Sus aguijones atraviesan mis ropas y sus picaduras paralizan mi cuerpo. Voy a caer, voy a morir ahora que he vuelto a encontrar una razón para vivir. Me suelto de la roca y mi visión se hace borrosa. Soy consciente de que caigo. Entonces Sarah se suelta de mí. Dos extrañas alas azules han brotado de su espalda; sus pies, trasformados en garras, se cierran alrededor de mis brazos e impiden que caiga. 

Con esa extraña imagen de mi amada me desvanezco. Cuando recobro el sentido, descanso en un saliente y sobre mi cabeza observo la gran cúpula desde donde inicié mi viaje y veo que no estoy solo. 

-¿Qué ha pasado? -le pregunto una vez me reincorporo. Su apariencia vuelve a ser la de siempre: ni grotescas alas ni afiladas garras, pero juraría que la vi trasformada en un monstruo-. Sarah, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Estabas herida... 

-Pero si yo no he hecho nada. Es cierto que caímos, pero a este saliente. Ya habías llegado a lo más alto. 

-Te vi..., te trasformaste en un engendro parecido a los que nos persiguieron. 

Maldición II. La amenaza de las sombrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora