Boda: Lo elemental del amor (Johnlock)

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La risa baja de la señora Hudson lo hizo voltear a verla. Ella estaba en el umbral de la puerta con la mano en la boca intentando no reír fuerte.

—Bien, ahora usted también, señora Hudson, piensa que soy un idiota —era una afirmación que John hizo a regañadientes y que solo logró sacarle la carcajada que ella estaba intentando contener.

—Oh, Sherlock, no seas malo. Dáselo de una vez ¿no te das cuenta de que no tiene ni idea? Vamos, no seas tonto, cariño.

Cuando iba a protestar para que ya no lo trataran como estúpido, Sherlock puso en sus ojos dos argollas, las depositó en sus manos y él sin saber bien qué hacer o qué decir, escuchó la voz sonriente de Sherlock al oído.

— ¿Será posible que el doctor John H. Watson me ceda el honor de ser mi esposo?

Sin palabras, John estaba literalmente sin palabras y con el corazón retumbando en los oídos dejándolo casi sordo. John no estaba seguro de cómo reaccionar, peor aún tenía la terrorífica idea que bien podía ser todo una cruel broma del famoso detective consultor. Como al parecer, Sherlock notó sus inseguridades, lo jaló para que estuviera frente a él y le dio un beso lento, con dulzura e incluso timidez.

Cuando terminaron el beso, John ahora también estaba sin aire y la cabeza le daba vueltas.

—Por favor, John, responde o pensaré que no me aceptas.

—Yo, te acepto, Sherlock —respondió con la voz entrecortada por la emoción.

Un fuerte aplauso y sollozos de parte de la señora Hudson lo trajo a la realidad. Sonrió al verla mientras hacía un puño y lo llevaba a su pecho, agitado por la emoción, la mujer mayor fue a abrazarlos a ambos y besarlos con lágrimas en los ojos.

Sus felicitaciones eran sinceras y llenas de emoción maternal.

—Voy por el champán y después de brindar, los dejaré solo para que festejes como dos tórtolos el nuevo acontecimiento.

John sonreía sin parar y miraba a Sherlock que se veía algo nervioso.

—Debo estar mostrando la sonrisa más estúpida, ¿verdad? —Preguntó a su ahora prometido, mientras la señora Hudson, quien debía ya tener todo preparado en el otro ambiente, llegaba con una bandeja y tres copas.

—John, siempre pones esa cara de estúpido cuando estás frente a mí —respondió Sherlock derrochando esa sinceridad que en muchas ocasiones le traía tantos problemas y que ahora, él lo encontraba tierno.

—Deja de importunar, Sherlock —respondió cariñosamente la señora, mientras servía y repartía las copas y la alzaban para brindar.

—Por una felicidad eterna y un amor duradero —dijo la señora Hudson.

—Salud —brindaron y chocaron sus copas.

Después de una conversación ligera y breve, ella los dejó solos y John no dejaba de ver las argollas. Eran de plata y tenían un brillo peculiar que le parecía hermoso. Quería colocarse la suya, pero tenía que esperar, sabía que Sherlock era un gran observador y que el anillo le quedaría perfecto.

—Bueno, tenemos que fijar la fecha...

—Ya está todo organizado —fue la simple y segura respuesta de Sherlock.

— ¿Qué? —No sabía bien el por qué se asombraba, igual preguntó porque necesitaba hacerlo.

—Ya tengo todo listo. Con ayuda de Mycroft, incluso tenemos organizado hasta la luna de miel.

—Me alegra que no necesitaras de mi ayuda para organizar nuestro día más importante —respondió sarcástico John a lo que Sherlock ni se dio por enterado.

Las curiosas formas del amor - Fictober 2019Donde viven las historias. Descúbrelo ahora