Parte 23

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—Me arde la piel —fue lo único que alcancé a decir.

Mi tía se acercó a mí con algo de aprensión, me cogió de la mano y tiró para que me levantara. No recuerdo bien cómo me llevó hasta nuestra pequeña ducha y abrió el grifo de agua fría. Las primeras gotas se evaporaron al entrar en contacto con mis escamas. Sentí un poco de alivio en la piel, pero en mis huesos el dolor era insoportable. Caí sobre el suelo de la ducha. Las serpientes y el pelo me tapaban la cara.

Me dolía tanto que vomité.

—¿Qué sientes? ¿qué notas? —me preguntó tratando de mantener la calma.

—¡Duele! —chillé.

—¿Dónde?

—En todas partes.

—¿Qué tipo de dolor? ¿Tienes frío? ¿Calor? ¿Te mareas?

Entre todo ese dolor, la angustia por Héctor se hizo presente, más clara que nunca.

—Es él. Necesito hablar con él —dije confusa.

Mi tía desapareció unos segundos y volvió con mi móvil. Me lo acercó, pero yo no podía ni cogerlo.

Lo desbloqueó siguiendo mis instrucciones y llamó a Héctor.

—No lo coge —trataba de fingir que estaba tranquila— ¿Le escribo algo?

No supe qué contestar.

—¿Por qué quieres hablar con él? ¿Qué es lo que le tienes que decir? ¿Qué le quieres preguntar?

Mi cabeza era un pandemonio. Por culpa del dolor, las imágenes e ideas iban y venían como si se hubiera desatado un torbellino en mi cerebro. Traté de pararlo, de no pensar y poner la mente en blanco. No tuve éxito.

—¿Alexia?

No sentía solo angustia porque él estuviera en peligro, me atormentaba el hecho de no haber podido salvarle.

—Dile que lo siento. Que lo siento, joder —si hubiese sido físicamente capaz habría llorado—. Siento no haber estado a la altura, siento no haber podido salvarle. La he cagado, la he cagado y él va a...

No pude seguir porque sentí que mi espalda se partía en dos. Sin levantarme apoyé las manos en el suelo de la ducha y no pude evitar aullar de dolor. Algo pesado cayó sobre mi espalda y oí a mi tía ahogar un grito.

Cuando recuperé el control noté que algo raro le sucedía a mis piernas. Con horror descubrí que ya no eran piernas, eran enormes colas de serpiente con escamas negras que ocupaban casi todo el suelo del diminuto baño. Se movían y enredaban como olas en una tormenta. Traté sin éxito de controlarlas. Se retorcían y reptaban por el suelo de forma autónoma. Al enredarse sobre si mismas por todo el suelo no pude comprender su forma. A veces eran dos, otras veces tres, llegué a sentir que solo tenía una. No pude intentar controlarlas de nuevo porque el dolor volvió a hacerme vomitar.

Mi angustiada tía se llevó su teléfono a la oreja, como si llamara a alguien.

Me pregunté a quien estaría llamando y por qué. Traté de incorporarme para escuchar y fue cuando me di cuenta de que el dolor había cesado. No solo eso, miré hacia abajo y la vorágine de enormes colas de serpiente había desaparecido: volvía a tener piernas, piernas sin escamas.

—Está parando —susurré con la respiración entrecortada.

Ella colgó de inmediato su móvil y lo dejó caer sobre el lavabo, como si le quemara.

Nos quedamos en silencio, alerta, a la espera de que algo sucediera. Al cabo de un minuto ella cerró el grifo de agua fría. La angustia desapareció al igual que las serpientes y las escamas, y solo me sentía agotada y dolorida. Ya no era una gorgona, solo era una chica desnuda y mojada que temblaba en el suelo del baño.

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