Parte 22

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Di vueltas sobre mí misma desesperada, buscando a Héctor en todas direcciones, tratando de averiguar por dónde se había marchado. Había demasiadas calles que daban al parque. Demasiadas posibilidades de equivocarme y alejarme más de él.

Jacobo tiró de mi brazo y yo me revolví para que me soltara. No estaba para juegos. Segundos después fue Elena la que lo hizo y a ella también la aparté. No me dejaban pensar con claridad así que cuando insistió me alejé. Me gritó algo, pero no llegué a entender lo que decía.

No volvieron a intentar arrastrarme. De hecho, les perdí de vista. Me dio la impresión de que había quedado sola en el parque.

Una figura alta se interpuso entre la luz de la farola que me alumbraba y yo.

—¿Son tuyas estas botellas? —dijo con voz carrasposa.

Di un paso atrás, asustada, y le miré por fin. En ese momento entendí por qué Jacobo y Elena tiraban de mí. Era un policía municipal. Recordé que El Imbécil nos contó que en Madrid podían ponerte una multa de seiscientos euros por beber alcohol en la calle. Había perdido a Héctor y me iban a multar. Seiscientos euros... en mi vida había visto tanto dinero. Mi tía iba a matarme.

—Documentación, por favor —se cruzó de brazos frente a mí.

Por si no estaba lo suficientemente asustada, al llevarme las manos a los bolsillos noté que el jersey resbalaba sobre mi piel. Eso solo podía significar una cosa: mis brazos se habían cubierto de escamas. La multa dejó de importarme cuando caí en la cuenta de que no tenía forma de explicar las serpientes que iban a aparecer sobre mi cabeza. Tenía que salir de allí y solo se me ocurrió una manera. Me concentré e hice que la basura de una de las papeleras del otro lado del parque cayera al suelo haciendo bastante ruido. Otro policía se acercó a examinar la papelera que había vaciado. Me pregunté cuánta basura tenía que tirar para poder salir huyendo de allí. Cuando el policía se dio la vuelta, di otro paso hacia atrás y alguien apareció por mi espalda rodeándome los hombros.

—Buenas noches, agente —reconocí la voz de Tatiana. Era ella quien me retenía—. Mi hermana no ha hecho nada. No hemos hecho nada. Las botellas esas no son nuestras. A ver, de verdad, se lo juro. No hemos bebido nada más que una cerveza en casa de una amiga antes de venir, pero nada más. Luego...

—¿Cuántos años tenéis?

—Diecisiete. Pero de verdad, por favor —Tatiana empezó a sollozar—, que las botellas no son nuestras. Joder, mi padre nos va a matar. Es que es súper injusto. Las botellas son de unos chicos que había antes. Por favor, no ponga la multa. De verdad que no hemos sido nosotras. Es que si nos multa... —cada vez se la entendía menos— Nunca nos dejan salir y es que es una putada. Para un día que salimos... De verdad, que no hemos hecho nada malo.

Hundió su cara en mi pelo y me susurró "consuélame".

Yo lo hice mientras ella lloraba escandalosamente. Le acaricié el pelo y traté de decirle que no pasaba nada. Ella aullaba frases ininteligibles. De vez en cuando podía entender que decía "no son nuestras", "por favor" o "no nos multe". El policía trató de interrumpirla, de hablar con ella, pero no había forma, ella estaba histérica. Vi como se volvía hacia su compañero que le hizo una señal para que nos dejara ir.

—Venga, iros a casa —dijo por fin el agente.

Sin dejar de llorar, Tatiana me agarró del chubasquero, tiró de mí y echamos a andar hacia la calle más cercana. En cuanto perdimos de vista a los policías se apartó, recuperó la compostura, cruzó los brazos y me juzgó con la mirada. Yo me quedé paralizada cuando algo frío y escamoso rozó mi nuca.

—¿Tú estás tonta? —me reprendió Tatiana enfadada—. ¿Ibas a echar a correr? Eso es desobediencia. Desobediencia a un agente y puede que resistencia a la autoridad ¿Sabes en el lío en el que te puedes meter por...? ¿A dónde vas?

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