Capítulo 11: La ofrenda

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Para cuando Bernoz abrió los ojos, la completa comprensión sobre el mundo que le otorgaba aquella mujer de cabellos plateados se había esfumado. Sintió su cuerpo seco, vacío y pesado sobre el suelo blanco de mosaico. El intenso olor a incienso aún era más potente que cuando perdió momentáneamente el conocimiento. Frente a él observó un  impoluto altar blanco iluminado con velas del mismo color y adornado con rojas flores de la montaña.

Alrededor del altar se habían situado ordenadamente una multitud de extraños que cubrían su rostro con máscaras de cerámica. Sus hábitos eran los de unos monjes, pero  cubiertos por las máscaras a la luz de las velas ofrecían una imagen fantasmagórica. Cada máscara de cerámica era única y a cada cual más tétrica, resaltaban los rasgos humanos convirtiéndolos en negros fantasmas o diablos pálidos de aspecto desfigurado. A través de las máscaras podían verse sus ojos; algunos oscuros, otros eran claros, ocultos tras el disfraz de la noche.

Cerca del altar una gran esfera de cristal era guardada por el monje cuya máscara resultaba la más inquietante de todas, representaba la testa de un zorro blanco cuyo hocico parecía impregnado en roja sangre. La gran esfera adornada con finas filigranas de plata contenía un líquido denso de color rojo el cual el oficiante de la extraña ceremonia se disponía a verter. El zorro blanco se dio la vuelta para hacer girar la esfera, su cabello blanco le caía sobre su espalda. La esfera giró hacia abajo dejando un orificio en la parte inferior desde donde se vertió el rojo fluido. A primera vista parecía sangre, el fluido cayó lentamente sobre una estela de piedra cuyas formas espirales comenzaron a distribuir lentamente el líquido hasta que fue cayendo sobre las manos esculpidas que se disponían  a nivel del suelo y alededor del templo, aquellas manos parecían anhelar el rojo producto. Posiblemente su finalidadad solo fuera decorativa, sin embargo, con la sangre impregnada en cada pálido dedo hacía pensar que había sido diseñado para aquel extraño espectáculo.

Los presentes se inclinaron venerantes ante aquel acto; Bernoz apenas podía levantar su pesado cuerpo del suelo. Era una gran multitud la que se congregaba allí aquella noche. Bernoz giró lentamente sobre sí mismo, a su lado se encontraba el elfo y unos pasos más allá Elianne reposaba sobre el suelo junto con el aprendiz que los guió hasta allí, todos seguían inconscientes. Seguía atado de pies y manos al igual que sus compañeros, lo que sea que tramasen aquellos monjes, no podía ser nada bueno. El dulce sonido de un flautín y unos crótalos marcaron el inicio de aquella siniestra ceremonia, el oficiante volvió a colocar la esfera tal y como estaba originariamente y colocó en el altar un gran bol dorado. El bol se apoyaba sobre el altar gracias a cuatro patas reptilianas, de los laterales emergían dos alas anguladas que no parecían imitar las de un ave común. Aquel recipiente parecía contemplar a Bernoz con dos ojos que eran esmeraldas engarzadas los cuales vigilaban la ceremonia. Orientados hacia los cuatro puntos cardinales se encontraban recipientes con carbón los cuales encendieron con fuego mientras los monjes se arrodillaban.

La música comenzó a tomar un matiz más enérgico en cuanto el oficiante levantó una de sus manos hacia el cielo. Bernoz distinguió una máscara que se aproximaba hacia él, era un rostro burlesco dorado y provisto de dos cuernos diminutos. Pasó de largo, Bernoz trató de incorporarse cuando contempló cómo dos de aquellos diablos ataviados de blanco sostenían a Elianne. La joven no reaccionó, y Bernoz apenas tenía fuerzas para deshacerse de sus ataduras. El humo comenzó a nublar la escena, el cuerpo de Elianne yacía ahora laxo en el aire, sostenido por las manos de aquellos sacerdotes que la exhibían como un trofeo. Casi podía olerla. Los monjes arrojaron sobre ella flores rojas y coronas fabricadas a mano en su tránsito hacia el altar. Las huesudas manos de Bernoz temblaban de furia ¿Qué demonios iban a hacerle a su amiga?

El director de la ceremonia fue retirando despacio las vestiduras de la chica, el bronceado cuerpo de la joven estaba quedando a la vista de aquellos espectros que no se dignaban a mostrar su verdadero rostro. Como estatuas, los espectadores de aquel ritual se mantenían arrodillados a la espera de que algo ocurriera. En cuanto el busto de Elianne quedó a la vista, Bernoz  experimentó verdadera furia, una furia animal que contaminó su cuerpo. Casi sin darse cuenta los huesos que componían sus brazos se habían desprendido de sus ataduras que raídas habían caído al suelo. Sin esfuerzo desató las que vedaban sus extremidades inferiores.

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