Entre la espada y la pared

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El cuerpo de Fiorella temblaba un poco más cada vez conforme pasaban los minutos. El creciente desasosiego ante lo que estaba a punto de escuchar por boca de Matías Escalante no le permitía respirar con tranquilidad. Cientos de dudas se agolpaban dentro de su cabeza como una turba escandalosa en plena protesta. Ni siquiera sabía cómo interpretar la confusa marea de sentimientos oscuros que batallaban para deshacerse del cálido fulgor que albergaba su alma.

Aquel caballero cuya mirada destilaba honda preocupación por ella era un huracán de contradicciones. En él convergía una inefable mezcla de salvación y condena, calma y tempestad, luz y oscuridad. El corazón la impulsaba a colmarlo de afecto, pero la razón le gritaba que se alejara de él. Amaba a la persona que le había extendido una mano amiga cuando más la necesitaba, pero odiaba al hombre cruel que había hecho trizas a su propia familia. Un extraño ente repleto de claroscuros se le presentaba como aliado y como adversario al mismo tiempo.

—Acabo de darme cuenta de lo idiota que fui al pedirte que me recibieras acá. No creo que estés en condiciones de hablar o de escucharme. Te ves pálida y no has dejado de temblar desde que llegamos —El varón posó su mano sobre el hombro derecho de ella con suma delicadeza—. Fiorella, por favor, decime si hay algo que pueda hacer por vos. Quiero ayudarte.

—He tenido días mejores —Cerró los ojos durante unos segundos mientras se masajeaba el antebrazo derecho—. Igual no importa cómo esté ahora. Me voy a poner mucho peor si sigo sin saber nada... ¡Necesito saber, por favor!

—Es una historia muy larga y la verdad es que no tengo idea de por dónde debería comenzar —afirmó él, con la cabeza gacha.

—Por donde sea, a mí me da igual —El delgado hilo de su voz irradiaba profunda angustia—. Sin importar qué cosas escuche, todo me va a doler, ¿no es cierto?

Una mueca de tristeza se asentó en las facciones de Matías, quien presionó los labios con fuerza antes de seguir hablando. Aunque trató de frenar el desborde de sus propias emociones, el intento resultó ser en vano. Su campo de visión de pronto quedó empañado por una fina capa de humedad que se enjugó con los puños de la camisa. Un pesado suspiró abandonó su boca de manera lenta. Acto seguido, entrelazó las manos sobre el regazo, mientras luchaba en contra del apretado nudo en mitad de la garganta.

—Me merezco el desprecio, los insultos y los reclamos de Mauricio. Fui una completa desgracia, un fracaso como persona, ¡le arruiné la vida! Ya era demasiado tarde para cualquier cosa cuando por fin dejé de portarme como un pedazo de mierda con él y con sus hermanos —La atormentada mirada masculina se mantuvo fija en el suelo—. Busqué enmendar mis errores a destiempo. A Rocío, la madre de ellos, la hice pasar por un verdadero infierno. Tanto ella como Mauricio fueron los que más daño recibieron por mi culpa...

A medida que el varón describía con detalle el nefasto pasado que se ocultaba detrás de su amable sonrisa, el pecho de Fiorella se iba estrujando un poco más con cada frase dicha. Aquellas revelaciones eran una profusa lluvia de pedradas para el espíritu de la chica. El testimonio del señor Escalante no hacía más que validar, palabra por palabra, las desgarradoras declaraciones de su hijo.

Las acusaciones que el muchacho había lanzado contra ella empezaron a tener todo el sentido del mundo. Al analizar el asunto desde la óptica de Mauricio, no quedaba espacio alguno para reacciones positivas. Aunque existían muchas formas de darle sentido a las cosas que él había presenciado, de seguro los traumas lo habían llevado a crear los más retorcidos escenarios en su mente. No podía culparlo por desconfiar hasta de su propia sombra.

"Cuando me encontró con Matías, seguro pensó que yo ya lo sabía todo y que solo estaba fingiendo. Después del calvario que ha vivido, era casi imposible que pensara algo bueno acerca de su papá. Para colmo, ¡me vio abrazándolo! ¡Ay, por Dios! Debe creer que soy una traidora de lo peor", se decía ella, afligida. El tamaño del malentendido entre ellos había alcanzado proporciones colosales a raíz de una visita inesperada e inoportuna. Aquel encuentro se había convertido la gota que derramó el vaso de la ira reprimida del joven Escalante.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora