El Beso de los Lobos

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Capítulo I

Día Ocho

Hace ya mucho tiempo que la humanidad ha elegido dejar a un lado la lenta y frustrante evolución natural, para fusionar cuerpo y mente con los prodigios tecnológicos que ella misma es capaz de concebir, despreciando así a la naturaleza y a Dios.

Por la sangre de todos los hombres que son parte activa del mundo corren “nobots”: el más fino resultado de la bioingeniería, células artificiales que cumplen y superan todos los requisitos de las vivas permitiendo a cada individuo regular y programar las funciones de su organismo como sí de una máquina se tratase.

Los nobots también dan acceso al World_Room; un macrosistema descentralizado de comunicación que substituyó a la obsoleta internet, donde cada individuo es en sí mismo un “host”.

Fabián Doe forma parte activa del mundo, por lo tanto, ya no es del todo humano. 

…………………

Como todos los días, unas horas antes que el sol asomase sus rayos, Fabián despertó con suavidad a la hora señalada.

Deseando no abrir los ojos restregó la cara contra la almohada pensando en programar unas horas más de sueño, pero la rutinaria necesidad de ganar dinero le obligó a dejar sus sábanas sudadas.

El invierno amenazaba con su presencia desde hacía tiempo sin llegar a ser pleno. Las noches eran frías, pero no lo suficiente como para dormir cobijado por gruesos edredones que, de a ratos, se volvían insoportables, obligándole a despertar abrumado por el calor y la humedad de su propio sudor. Rendido, optaba por destaparse un poco y asomar una pierna por debajo de las mantas volviendo a dormirse en cuestión de segundos gracias al regulador de sueño de sus nobots, para despertar poco después entumecido por el frío en un círculo vicioso de duermevela. Había pequeños males que ni la tecnología conseguía palear.

Malhumorado con su simple existencia, Fabián caminó tambaleante hacia el baño sin encender la luz. Tras lavarse la cara perdió un instante contemplando su cansado rostro en el espejo. -“Me están naciendo las primeras arrugas”-, pensó siguiendo con el dedo el tenue dibujo de los pliegues en su piel.

Algunas mañanas, al verse, sentía una extraña sensación en la garganta al no reconocer su reflejo. Había cambiado tanto… No era viejo, pero la juventud lo estaba abandonando. Su cabello negro flaqueaba ante las primeras canas que brillaban como la plata, y sus ojos, que tanto le gustaba ver retratados en las fotos digitales de su infancia, se habían oscurecido sin remedio pasando de ser glaucos como el jade a un tono marrón verdoso como el de un alga podrida. Preocupado, comentó el cambio de color con su médico, pero este minimizó el fenómeno hasta el extremo de hacerlo sentir estúpido por preguntar.

Tras asearse se vistió con el uniforme del trabajo mirándose en el estrecho espejo de las puertas del armario. Odiaba esa ropa, era impersonal y de una calidad tosca que le irritaba la piel, además la combinación de colores era un crimen contra la estética. Un compañero le comentó que el vestuario lo había diseñado el sobrino del dueño de la empresa quien aspiraba a modisto a pesar de su daltonismo… Quizás fuese verdad.

Pasó al pequeño comedor de su departamento esquivando el enorme y arcaico televisor de tubo y caja de madera que tenía junto a la puerta. Haría al menos ochenta años que nadie lo encendía y, aunque algún día llegase a estar tan aburrido como para averiguar si todavía funcionaba, no habría nada que contemplar en su profunda pantalla gris. La televisión como la entendían sus bisabuelos, con canales y programación a horas concretas, hacía mucho que había dejado de existir. Algunas veces sentía el impulso de tirar aquel trasto a la calle o vendérselo a un coleccionista pero una extraña nostalgia se lo impedía; ¡llevaba tantas generaciones en su familia!

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