Turbulentos pensamientos

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Mauricio comenzó a vagar sin rumbo fijo por en medio de las bulliciosas calles de la ciudad. Hacía muchas horas que no comía ni bebía nada, pero no sentía hambre o sed. Su estómago se había convertido en un amasijo de nudos que batallaban por provocarle el vómito. El pecho le dolía un poco más con cada nueva respiración y sus ojos ardían cual si fuesen brasas palpitantes. Restos salados de lágrimas reposaban sobre sus mejillas acartonadas.

Sin importar hacia dónde se dirigiera él, los gélidos espectros de la culpa y del resentimiento estaban esperándolo para taladrarle la conciencia y el alma. Cientos de dudas revoloteaban entre sus neuronas cual si fuesen un agitado enjambre de abejas asesinas. Ya no soportaba ni siquiera el peso de la ropa que le cubría la piel. Hasta el más leve roce de las prendas le producía una desagradable sensación de asfixia.

El muchacho tenía la impresión de que su cabeza muy pronto haría implosión debido a la sobrecarga de información. Ni en las más crueles pesadillas podría haberse imaginado la espantosa escena que acababa de protagonizar. Una de las más retorcidas partes de su nefasto pasado había resucitado justo en frente de sus ojos de la peor manera posible. No estaba preparado para enfrentarse a las fieras embestidas de la tempestad que ahora residía en sus entrañas.

Con cada segundo transcurrido, crecía en él un inexplicable deseo de estrellar los puños contra un muro de concreto una y otra vez hasta arrancárselos. Tal vez si se deshacía de sus manos no volvería a lastimar a nadie con ellas nunca más. A pesar de que sentía los músculos de las piernas en llamas de tanto caminar, se rehusaba a detenerse. Solo frenó cuando el punzante dolor en los pies lo obligó a sentarse. Se dejó caer sobre una de las sillas metálicas del Bryant Park, de cara a un alto edificio acristalado de tono verde esmeralda.

El cese de la actividad física potenció la actividad de sus pensamientos. La atribulada mente del chico de inmediato viajó hacia los minutos previos a cruzar la puerta del complejo residencial. En aquellos momentos de dulce ignorancia, una alegría desbordante le recorría las venas. Su corazón latía a toda marcha por la emoción que le producía saber que esa noche vería a Fiorella durante más tiempo. Entre los estudios y el trabajo de ambos, los espacios para estar juntos se reducían de manera considerable. En vista de eso, incluso una hora adicional le parecía una auténtica maravilla si se trataba de compartirla con ella.

De camino a casa, se le ocurrió conseguir un enorme ramo de rosas rojas, pues ese era el color predilecto de la artista. Nunca antes le había regalado flores a alguien, ni siquiera a su querida madre, pero el instinto le indicaba que aquello le encantaría a la joven Portela. Para desgracia de él, no pudo comprobar si su presentimiento había sido acertado o no. Todo vestigio de felicidad desapareció al igual que el polvo impelido por el viento en cuanto descubrió a la muchacha abrazada a Matías. Ese detestable hombre se había encargado de enturbiar sus días en Argentina y ahora reaparecía para seguir ensombreciéndole la existencia.

Al ver a su novia al lado del señor Escalante, el aire abandonó los pulmones del muchacho con rapidez. Tuvo la sensación de que una gigantesca mano lo había aprisionado entre los dedos para después triturarlo como a una figurilla hecha de plastilina. Por un instante, se imaginó a la chica en el papel de la nueva amante de su padre. Si él había sido capaz de engañar a Rocío durante años con Matilde, quien era su actual esposa, ¿qué lo disuadiría de hacer lo mismo una vez más?

Sin embargo, poco le importaba si el hombre seguía siendo un infiel descarado. Lo más doloroso para el chico había sido pensar en que Fiorella pudiera haberse enrollado con ese tipo y lo estuviese engañando a él en su mismísima cara. Aunque Matías tenía un poco más del doble de la edad de la artista, aún lucía bastante bien. Incluso se veía mejor que muchos varones de menos edad. Además de eso, seguía contando con una fortuna considerable, a pesar de la disolución de varios acuerdos comerciales jugosos. Encontrar a más de una mujer dispuesta a estar con él no le demandaría esfuerzo alguno.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora