Decisiones precipitadas

144 33 106
                                                  

Fiorella no podía esperar a que llegara el final del día para hablar con Mauricio. Necesitaban sentarse a charlar largo y tendido, sin la premura de las mañanas laborales. A pesar de la terrible ansiedad que se había instalado en cada uno de sus músculos desde la noche anterior, la chica guardó silencio. Se abstuvo de mencionarle al varón el más reciente descubrimiento que ella había hecho acerca de su pasado en Argentina. No podía soltarle de golpe todas las preguntas que tenía en mente. Tampoco quería presentarse como una insensible al exigirle explicaciones inmediatas sobre asuntos en los que ella ni siquiera estuvo involucrada.

Sin importar de qué se tratase el secreto que él había mantenido oculto, de seguro le resultaba sumamente difícil hablar acerca del tema. En vista de todo eso, la muchacha había optado por acallar la desesperación en sus entrañas y actuar con tanta naturalidad como le fue posible. Con la llegada de la noche, vendría el anhelado y a la vez temido momento de enfrentarse a la verdad. Solo esperaba tener la claridad mental suficiente para actuar con madurez.

Las horas en la oficina y en la universidad le parecieron la peor de las eternidades. Estar obligada a guardarse las preocupaciones era una de las cosas más difíciles para ella. Había crecido en un entorno de confianza en donde sus pensamientos y sentimientos podían liberarse como una gran nube de mariposas a cualquier hora del día. No estaba acostumbrada a esconder las alegrías ni tampoco las penas. Al contrario, expresar con palabras o gestos todo cuanto habitaba en su interior le parecía tan necesario como respirar o comer.

Desde que tenía uso de razón, el entorno familiar en el cual había crecido le inspiraba confianza. Podía hablar de cualquier tema sin miedo a nada. Los señores Portela se habían esforzado por comunicarse abiertamente con todos sus hijos tan pronto como se convirtieron en padres. Además de tener el incondicional apoyo de ambos progenitores, Fiorella contaba con la amistad de sus tres hermanos, pero el vínculo era aún más estrecho con Lucas.

Su hermano mayor la escuchaba con suma atención y le daba los mejores consejos que podía. Jamás intentaba desacreditar lo que ella sentía, sin importar si a él no le parecía tan grave como ella lo pintaba. No la señalaba ni se molestaba cuando sus puntos de vista no coincidían. Él siempre había sido un faro en medio de los episodios de oscuridad, esa luz que la guiaba hasta el puerto seguro del amor. Con él no existían las barreras ni los filtros, sino un par de manos cariñosas dispuestas a abrazar, secar lágrimas y ayudarla a levantarse.

Por desgracia, no todas las personas tenían la enorme dicha de pertenecer a una familia tan cálida y segura como la suya. Con el paso de los años, la chica empezó a entender que llevar la misma sangre en las venas no garantizaba afecto y protección. Muchas veces, los mayores dolores y traumas en las vidas de cientos de personas provenían de quienes se hacían llamar sus familiares. Tíos, hermanos, primos, abuelos e incluso los padres... No importaba el grado de parentesco que tuviesen con las personas afectadas, cualquiera de ellos era capaz de infligir heridas profundas sin miramiento alguno.

El corazón de Fiorella se encogió al rememorar el desgarrador testimonio de Mauricio con respecto a su familia hecha añicos. ¿Cómo se sentiría si hubiese crecido en medio de una guerra constante entre sus padres? ¿Qué habría hecho si las circunstancias la hubieran forzado a hacerse cargo de Lucas, de Mónica, de Paula y de ella misma, mientras intentaba reconstruir las ruinas de una madre maltrecha a causa de la desidia y del engaño? De solo imaginarse pasando por una situación como esa, le daban ganas de echarse a llorar a lágrima viva.

No era extraño que un ambiente tenso, violento y gris terminara por apagar cualquier atisbo de buenos sentimientos en los seres humanos. Cultivar sonrisas y optimismo resultaba sencillo cuando la vida no te propinaba patadas en la cara todos los días. En vista de las condiciones en las que se había criado el joven Escalante, la chica se sentía incapaz de culparlo del todo por lo que fuera que él hubiese hecho en el pasado. Si bien toda persona tiene la potestad para decidir cómo reaccionar ante los reveses de la vida, no siempre alcanza con la buena voluntad para mantenerse alejado de las tinieblas.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora