Capítulo 14

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Conexión ancestral.

Piotet, Alemania.

18 de Noviembre, 1999.

Ina Blue

La lluvia golpeaba los cristales con más fuerza, si tan sólo  hubiéramos hecho caso a los pronósticos del clima, todo marcharía distinto, sin ninguna complicacion en las carreteras casi a plena noche.
Las luces del auto estallaron a mitad de esa canción que tanto me fastidiaba oír, se estaba convirtiendo en una rutina odiosa en mi vida, y demasiado problemática. Juré volverme loca cuando noté que los bombillos del auto nos dejaron casi sin rumbo.

Ver entre las sombras es la imagen que menos deseas en Piotet.

—¡Te lo dije Hagen! — le reclamé enfadada, la visita fue su idea, por lo tanto toda la culpa debía caer sobre sus fuertes hombros —. Fue por el estéreo, estoy segura.

— Cuando pasamos cerca de la playa ibas sonriendo mientras te cantaba mi parte favorita de la canción— el tipo se daba sus propios halagos, reía con victoria y saboreaba lo que era una segura derrota —. Así que no quiero dramas, despertarás a nuestro pequeño.

Su vista estaba al frente, como debía ser. Yo moría de miedo, temía por la seguridad de los tres, nuestro pequeño dormilón descansaba en su asiento, la tormenta lo arrullaba, todo lo contrario a lo que creíamos con Hagen. Cuando pasamos por la playa en Jelsin, su padre le compró algunos recuerdos, ambos se veían adorables con ropa olor a verano.

—Miserable — reí junto con él.

—Estás en deuda conmigo — el tono seductor en su voz me hizo cosquillas en el estómago.

—¿Quieres otro bebé? — le pregunté divertida.

—Terminamos nuestra carrera universitaria con un lindo bebé de regalo, ambos tenemos trabajos que amamos, nuestra posición económica es muy buena, mis padres te odian — soltó una risa tonta, noté que su postura perdía algo de rigidez —. Pero te amo Ina Blue, y podríamos llenar nuestra casa de muchos seres destructores hasta soportarnos más de lo que deberíamos.

— ¿Seres destructores? — intentaba convencerme a mi misma de su definición.

—Imagina a nuestro pequeño Haiol dentro de unos meses rayando los muebles de la casa — me pareció oírlo ansioso porque eso sucediera.

—Te estás olvidando de las paredes — comencé a preocuparme con el simple hecho de imaginar.

—Y tú olvidas la parte en la que come tu lapiz labial, y crea dibujos en el piso con ayuda de tus cosméticos.

—Ohhh — una chispa desafiante se apoderó de mi voz—. No omitas ese momento no tan lejano en el que Haiol hace un dibujo familiar en el auto.

—¡Cielos! — me miró de reojo, tenía una sonrisa en su rostro que me descontrolaba —. ¡Eso sería brutalmente lindo!

—¿No te enojarías?

—Tomaría el sharpie color negro y te dibujaría tomando la mano de nuestro pequeño Haiol.

Nuestro pequeño.

Haiol era igual de hermoso que su padre. Yo amé los genes de ese hombre, nuestro bebé heredó el color de sus ojos, verdes claros, unos lindos abismos encantadores. Mi instinto maternal me decía que algún día mi chico destruiría muchos muros, lo veía fuerte, capaz de todo. Hagen y Haiol tenían unas miradas tristes en particular, cuando alguno de los dos sonreía o reía, veías el giro inesperado, era demasiado arte para apreciar.

Estación Holbein ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora