Capítulo 13 / El galeno contraataca

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Un rato después en la Zona Norte de la ciudad por la noche...

— Bien, ya llegamos, esta es la posible zona del delito. El lugar donde tienen a su hermano—dijo Abel en lo que iba bajando del auto.

— ¿Se refiere a esta zona llena de árboles, detective? —decía el galeno al mismo tiempo que también iba bajando del auto.

— Tanto mi amigo como yo sospechamos que este es el lugar donde tienen raptado a su hermano. Pero tenemos que actuar con cautela, es posible que esté vigilado.

— Ah, ya entiendo.

— Por lo visto hay un camino de acceso. Habrá que seguirlo a oscuras.

— ¿A oscuras?

— No querrá que nos descubran apenas prendamos una linterna e incluso un fósforo, ¿verdad?

— No.

— Entonces, iremos a oscuras. Espero que sus zapatos sean todoterreno.

— ¿Por qué? ¿Los suyos lo son?

— Siempre hay que estar preparado para todo, doctor.

Y mientras iban atravesando el frondoso bosque a través de un caminito que yacía por allí, descubrieron que, en efecto, el lugar estaba siendo vigilado. Empezando por el acceso que da lugar a un terreno al parecer baldío y cuyo enrejado se hallaba cerrado con llave. A lo lejos, habían unas personas vigilando. No podían entrar por allí sin ser descubiertos así nada más. Así que buscaron la forma de poder acceder a esa zona vigilada, pero sin ser descubiertos.

Y luego de un rato planeando cómo entrar por allí sigilosamente, consiguieron atravesar dicha zona. Algo no tan sencillo como irse por la parte más remota del lugar, a oscuras y con posibilidades muy altas de ser descubierto o de ser picado o lastimado por algún animal salvaje que se hallase por allí; para luego, desde una barda que no estaba siendo vigilada, brincarse el muro que separaba dicho terreno baldío del resto del bosque.

Luego de haber caminado varios metros más, lograron ver a lo lejos lo que parecía ser una casa, al parecer ya abandonada, pero que ahora se encontraba invadida por aquellas féminas compinches de Ámbar de la Rouge, quienes la mantenían vigilada todo el día.

— No conseguiremos entrar por esa casucha— dijo el doctor Basurto.

— Claro que sí, doctor. Eso déjemelo a mi— le responde el detective Burguers.

— ¿Le está dando su ataque de ansiedad, detective? —le preguntó al momento de notar la respiración algo agitada del detective.

— No es nada que no haya tenido antes, doctor. No se preocupe por mí. Aquí lo que importa es su hermano, ¿no? Además, traje aquí mis flores de Bach. No pasa nada—respira hondo, como preparándose para hacer algo arriesgado—. Voy a entrar a esa casucha.

— Sólo tenga cuidado. No le vaya a dar algo más que un ataque de ansiedad.

Y a continuación, una vez reunido el valor suficiente, el detective fue compenetrando el lugar, pero no sin antes crear una distracción para que las féminas que vigilaban por allí se fueran y dejaran de vigilar aquella propiedad. Empezó por aventar a lo lejos algo pesado que encontró cerca. Dicho ruido atrajo la atención de las vigilantes, quienes de inmediato se fueron a ver qué había pasado. Y aprovechando el momento en que la puerta principal estaba accesible, el detective Burguers pudo entrar y, acto seguido, lo que vio lo dejó completamente boquiabierto.

Una vez dentro, vio el lugar con algunos cuantos muebles alrededor. El único detalle estaba en que, aparentemente no había nadie. Ni una sola alma deambulando por allí, ni siquiera la de Abel, quien se supone debería de estar por allí, tirado en alguna parte, cuando menos.

La pasión de Ania (Versión Corta)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora