Capítulo 11: En camino (parte IV)

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Cada paso que daban parecía más desesperante. La oscuridad era abrumadora, y la inexistencia de vida a los alrededores se volvía atemorizante. El joven tenía la sensación de estar caminando hacía el vacío. Apenas podía distinguir a sus compañeros y ya había perdido las esperanzas en la aparición del sol.

Con el pasar del tiempo, comenzaron a escucharse el ruido de martillazos, cadenas, poleas, vapor y algunos otros que no se alcanzaban a distinguir. Fuertes estallidos metálicos generaban ecos y atrapaban la atención de los caminantes, que inútilmente buscaban a sus alrededores sin poder vislumbrar movimiento alguno.
Bori se preguntaba si Germanus, quien los dirigía, sabía realmente como atravesar Hor; no era desconfianza, solo que el clima y la oscuridad cubría de miedo hasta al alma más combativa.
A medida que continuaban caminando y el sonido se acrecentaba, empezaban a aparecer, dispersas, estructuras de metal de no más de dos metros de altura, que contenían llamas. Este fuego, lejos de servir para apaciguar el frío, tenía la función de guiar, a quien se atreva, al castillo.

—Por eso, nosotros iremos en la dirección opuesta —decía Germanus luego de la explicación.

«La única zona iluminada es a la que no podemos ir...» pensaba el joven mientras apretaba con sus manos al animal que llevaba aúpa. El peso del mismo le resultaba cansador; pero tenía que hacer el esfuerzo ya que el gaper debía descansar.
El suelo algunas veces hacía ruidos parecidos al resquebrajamiento del hielo; es que en gran parte se encontraba escarchado. El soplido del viento a veces los impulsaba hacía adelante y otras hacía atrás; no tenía una dirección fija y arrastraba pequeños resabios de nieve.
Ya se dejaban distinguir algunas enormes torres, como faros. Suponían que su función era la vigilancia; aunque en verdad nadie podía asegurarlo.

—Una vez que atravesemos el poblado... —la voz de Oriana se perdía por grandes olas de viento.

—¿Qué? —gritaba Bori expresando que no había escuchado; pero no recibía respuestas. Recordaba muy bien que unos días atrás habían hablado de lo difícil que sería este viaje, específicamente Oriana había expresado que sería un viaje en soledad pero acompañado. Ahora sí podía entender la metáfora.
Fhender también quería saber de qué hablaba la guerrera; pero sabía que tenía que guardar sus fuerzas para cuando sean necesarias. En Hor, un movimiento en falso podía traerles la muerte; y si en algún momento el joven había creído que las leyendas exageraban, ahora no le quedaba ninguna duda. En ese momento, pensando en que debía reservar su energía para evitar la muerte, se coló una pregunta que jamás se había hecho. «¿Qué tal si muero hoy?». A continuación le siguieron: «¿Habré cumplido mi destino? ¿Cuál era mi destino? ¿Hay un destino?». Exhalando y sacudiendo su cabeza decidió dejar esos pensamientos atrás. Como bien Rigal le había explicado:

—Las preguntas que están por fuera de nosotros, no tendrán respuesta alguna, porque están fuera de nosotros.

—¿Eso no es... esquivar los problemas? —sonreía el joven intentando seguir el razonamiento de su maestro.

—Sí el problema es exterior... ¿Creés que tendrá solución? ¿Creés que podrás encontrar la solución? —haciendo énfasis en las últimas palabras.

—Entonces... —cambiando su tono—. ¿Entonces?

—Lidiar con nuestra finitud.

Sonreía mientras recordaba la conversación. Admitía que en ese momento no había estado de acuerdo; en verdad no había llegado a comprender sus palabras, y creía que quizá todavía seguía sin comprender completamente.
Al encontrar estos recuerdos, se sentía grande, maduro; y no estaba equivocado. No tan equivocado.

 No tan equivocado

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Fhender ©¡Lee esta historia GRATIS!